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Don Indalecio Gómez, como lo llamaban con respeto y cercanía en los Valles Calchaquíes, nació en Molinos un 14 de septiembre de 1850. Era una Salta todavía atravesada por las heridas de las guerras civiles, donde la Nación se estaba armando a los tumbos y la política solía resolverse más por la fuerza que por la ley. Murió lejos de su tierra, en Buenos Aires, el 17 de agosto de 1920, pero dejó una marca indeleble en la historia institucional argentina. Jurista, político, católico convencido y hombre de ideas firmes, fue uno de los grandes arquitectos de la democracia moderna en el país.
Criado en una Salta rural y profunda, Gómez creció viendo cómo el poder se concentraba en pocas manos y cómo las disputas políticas terminaban, demasiadas veces, en violencia. Esa experiencia temprana, atravesada por el caudillaje y la arbitrariedad, forjó una convicción que lo acompañaría toda su vida: la Argentina no podía seguir atrapada en la lógica de la "revolución consuetudinaria", de los alzamientos armados y del fraude electoral como práctica habitual.
"La política no es la violencia; la política no es el arrebato"
Formado en el derecho y en una sólida tradición humanista y cristiana, Indalecio Gómez comprendió antes que muchos que la estabilidad verdadera no se construye con fusiles, sino con instituciones. "La política no es la violencia; la política no es el arrebato", repetía cuando todavía resonaban los campamentos militares y los pronunciamientos que habían marcado al siglo XIX argentino. Para él, el orden sin justicia era apenas una calma aparente, destinada a romperse una y otra vez.
Su tiempo histórico coincidió con el agotamiento de la llamada "República posible", ese sistema que había logrado cierto orden, pero al costo de excluir a las mayorías de la vida política. Desde distintos espacios -como legislador, diplomático y, finalmente, ministro- Gómez trabajó con paciencia y convicción para construir una transición pacífica hacia una república auténtica, donde el poder no fuera herencia ni concesión, sino resultado de la voluntad popular.
El momento decisivo de esa tarea llegó cuando asumió como ministro del Interior del presidente Roque Sáenz Peña. Desde ese lugar estratégico del Estado, Indalecio Gómez se convirtió en el principal impulsor, coautor y defensor de la Ley Sáenz Peña, sancionada en 1912. La norma estableció el voto universal, secreto y obligatorio, y marcó un antes y un después en la historia política argentina. No fue una reforma más, sino una verdadera revolución institucional hecha sin sangre, sin barricadas y sin cañones.
Para Gómez, el voto era mucho más que un derecho formal, también era un deber cívico. Veía en la abstención electoral una enfermedad profunda de la vida republicana, un síntoma del descreimiento y la exclusión. "El mal que nos aqueja es la abstención", advertía, y rechazaba con firmeza cualquier intento de limitar el sufragio mediante criterios de "calificación". Sabía que sin participación ciudadana no había Constitución que resistiera ni democracia que pudiera consolidarse.
Su mirada crítica no se detenía en el sistema electoral. Denunció con claridad el caciquismo como una forma primitiva y corrosiva del poder, un régimen en el que el Estado se confundía con el patrimonio personal de quienes gobernaban. Para Indalecio Gómez, el fraude falseaba elecciones, socavaba los cimientos del Estado nacional y degradaba a los ciudadanos, transformándolos en súbditos dependientes de la voluntad del patrón político de turno.
Desde su identidad salteña y americana, Gómez también pensó la política exterior, la integración regional y la necesidad de una Sudamérica en paz. Su paso por la diplomacia y su experiencia internacional reforzaron una convicción de que la Argentina debía crecer sin renegar de su historia, sin copiar modelos ajenos de manera acrítica y sin perder de vista su raíz latinoamericana.
Tradición y progreso
Indalecio Gómez supo articular tradición y progreso, fe y república, orden y libertad. No creyó en los atajos ni en las rupturas violentas, sino en la reforma gradual, en la educación como base de la ciudadanía y en la ley como garantía de convivencia. Por eso, cuando se retiró de la vida pública, lo hizo sin estridencias, convencido de haber cumplido su misión.
La democracia que ayudó a parir no era perfecta, pero era un punto de partida irreversible. Con el tiempo, su figura quedó algo relegada, aunque su obra siguió latiendo en cada elección libre, en cada ciudadano que ingresa al cuarto oscuro con el sobre en la mano.
En Molinos, su memoria sigue viva. La casa histórica donde vivió don Indalecio Gómez fue convertida en 2009 en el primer Centro de Interpretación de la provincia. El espacio, organizado en cinco áreas, nació del diálogo con la comunidad local, autoridades municipales, artesanos, pobladores y referentes culturales y religiosos. Cuenta con oficina de turismo, sala de exhibición de artesanías, un área didáctica para niños, salón de usos múltiples y un patio-escenario donde se desarrollan actividades culturales y artísticas.
Recorrer esa vieja casona no es solo una visita turística, es un viaje al tiempo en que la Argentina empezaba a pensarse como una democracia posible. Es también una forma de reencontrarse con el legado de un salteño que ayudó a abrir las puertas del voto y a sentar las bases de una ciudadanía más plena.
Hoy, la figura de Indalecio Gómez sigue en plena vigencia. Fue un constructor paciente de instituciones y esa sigue siendo una lección profundamente actual.