Un peligroso sendero de incertidumbre

La Argentina transita actualmente por un peligroso sendero de incertidumbre. El dólar blue se acerca a los $220, el Riesgo País superó los 1.900 puntos, la inflación de enero no se desaceleró y las negociaciones con el Fondo Monetario parecen hacer entrado en una fase de estancamiento. En todos los casos, la llamativa ausencia de un plan económico integral elaborado por el Gobierno atenta contra la generación de expectativas favorables para el corto plazo.

Si bien es cierto que existen varios factores por los que se disparó el dólar paralelo, entre los que se encuentran la emisión monetaria y la escasez de reservas, el más importante es la sospecha de los empresarios de que en cualquier momento podría producirse una devaluación en el tipo de cambio oficial. De darse, el precio de las importaciones -muchas de ellas frenadas actualmente en la Aduana- se encarecería instantáneamente, con su consecuente impacto en la inflación.

"Vemos muy difícil que se pueda seguir sosteniendo una brecha cambiaria tan extensa como la actual, más aún cuando es inminente una suba de tasas en los Estados Unidos", explicó a El Tribuno de Jujuy un influyente hombre de negocios que solicitó reserva de su identidad. Y agregó: "El Banco Central está interviniendo muy poco en el mercado para contener la disparada del blue, lo que produce que los comerciantes se atajen y aumenten los precios por los eventuales incrementos en los costos de reposición".

Los temores que reinan en los mercados se relacionan también con las exigencias que le está poniendo el FMI a la Argentina para llegar a un entendimiento. ¿Qué piden? Básicamente una reducción importante del déficit fiscal y un ordenamiento en las variables de la macroeconomía. Una de ellas, claro está, es la diversidad de tipos de cambio que conviven en la Argentina y que hacen muy dificultosa la llegada de inversiones, una de las principales formas de generar riqueza y aumentar la capacidad de pago ante los acreedores.

Las internas entre las diversas facciones del Gobierno nacional están trascendiendo peligrosamente la frontera de lo anecdótico y ya son un escollo para minimizar los desajustes que aquejan al país. El problema central de la Argentina es netamente político, cada vez queda más claro.

Mientras Sergio Massa negociaba con Gerardo Morales una reunión entre el ministro Martín Guzmán y la oposición, dos altos funcionarios visitaban a Milagro Sala y criticaban duramente al gobernador jujeño, que es ni más ni menos que el dirigente de Juntos por el Cambio con mejor relación con la Casa Rosada. ¿Ese encuentro con la líder de la Tupac Amaru se hizo para dinamitar los puentes entre Morales y Alberto Fernández? Si se tiene en cuenta que tanto Wado De Pedro como Elisabeth Gómez Alcorta reportan directamente a Cristina Kirchner, esa hipótesis podría llegar a cobrar algo de fuerza. Conclusión, todo volvió a fojas cero: el encuentro para hablar sobre la deuda se postergó sin fecha y el vínculo entre el Gobierno y el mandatario provincial se vio crudamente resquebrajado.

Algo parecido ocurrió mientras el canciller Santiago Cafiero buscaba el apoyo de Estados Unidos para las negociaciones por la deuda, ya que Cristina Kirchner publicó justo ese día una carta en donde aniquilaba al Fondo Monetario Internacional, del cual Washington es su principal accionista. Si a eso se le suma que el Presidente visitará en pocos días a Vladimir Putin en medio de la posible invasión rusa a Ucrania -país que tiene el respaldo incondicional de la Casa Blanca- algún mal pensado podría especular que todo se trata de una estrategia fríamente analizada para generar cortocircuitos con la diplomacia norteamericana.

Esas diferencias entre el kirchnerismo más duro y los albertistas más moderados desconciertan a todos, ya que nadie tiene muy en claro para que lado se inclinará la balanza. ¿Será para el lado de una radicalización de las restricciones en casi todas las áreas de la economía? ¿Será para el lado de una normalización de los vínculos con las potencias occidentales del planeta? ¿El default es una posibilidad real? Nadie lo sabe. La inexplicable demora del Gobierno en presentar un plan económico sostenible en el tiempo no sólo está complejizando las negociaciones por la deuda, sino que le está generando al país perjuicios muy grandes en el frente interno.

La visita del canciller Santiago Cafiero a los Estados Unidos intentó ser presentada por el Gobierno como un apoyo explícito de Washington a las negociaciones con el FMI, pero la versión del Departamento de Estado estuvo lejos de ser esa. Con la diplomacia que se acostumbra, el Gobierno de Joe Biden dijo que desea ver una "Argentina económicamente vibrante" y reclamó puntualmente la necesidad de que haya un programa financiero que reduzca el déficit fiscal.

Cuando Estados Unidos habla de una economía vibrante es obvio que no refiere a la actual, en donde abundan los subsidios, las trabas para importar y exportar, la imposibilidad de enviar libremente divisas al exterior y los precios regulados. El mensaje de Antony Blinken fue claro: para llegar a un acuerdo con el Fondo habrá que achicar sí o sí el tamaño del Estado.

Esa exigencia parece muy difícil de ser aplicada por el Gobierno nacional a sólo un año y medio de las presidenciales.

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