inicia sesión o regístrate.
En una entrevista en el streaming de El Tribuno, la licenciada en Relaciones Internacionales Carolina Romano analizó el escenario global marcado por el avance de un nuevo orden internacional, el debilitamiento del multilateralismo y el resurgimiento de lógicas de poder. Desde el rol de Estados Unidos y la figura de Donald Trump hasta las tensiones en Europa, Medio Oriente y América Latina, Romano advirtió sobre un "mundo sin reglas claras"
El mundo parece estar atravesando un momento de enorme convulsión. Usted habló de una "película de terror" para describir el escenario internacional. ¿Por qué utiliza esa imagen?
Porque lamentablemente estamos asistiendo a la configuración de un nuevo orden internacional que, para quienes creemos en la cooperación internacional, en el multilateralismo y en el derecho internacional, era justamente la peor pesadilla. Después de la Segunda Guerra Mundial se construyó un sistema de reglas, instituciones y consensos para evitar que los conflictos se resolvieran por la fuerza. Hoy vemos cómo muchas de esas reglas están siendo vaciadas de contenido, cómo se relativiza el derecho internacional y cómo vuelven a imponerse lógicas de poder, de imposición del más fuerte, con instituciones muy debilitadas.
¿Ese desorden se expresa en la figura de Donald Trump y en el rol de Estados Unidos?
Claramente. Lo hemos visto en estos meses, en las declaraciones del presidente Trump, en su accionar, en su forma de concebir la política exterior. Hay una utilización muy fuerte del poder, una diplomacia de la provocación, que pone en tensión a todo el sistema internacional y deja en evidencia que muchas de las reglas que se habían establecido después de la Segunda Guerra Mundial hoy están siendo directamente ignoradas.
¿Cómo queda la Unión Europea en ese contexto? ¿Está debilitada?
No diría que está debilitada estructuralmente, pero sí atraviesa un proceso complejo. Hay liderazgos políticos con posiciones muy tibias, con dificultades para dar respuestas firmes en un escenario tan desafiante. Esa falta de decisión es aprovechada por Estados Unidos. De hecho, acuerdos que parecían consolidados hoy están en revisión, incluso aquellos que eran muy favorables para la economía norteamericana.
Un ejemplo de la política de provocación es el caso de Groenlandia.
Exactamente. Cuando Trump habla de Groenlandia como "un pedazo de hielo" parece minimizar su valor, pero al mismo tiempo la coloca en el centro de la escena estratégica. Groenlandia es clave por su ubicación geopolítica, por las rutas marítimas, por los minerales estratégicos, por las llamadas tierras raras. Entonces hay un doble discurso: descalificación simbólica, pero fuerte interés imperial y geoestratégico.
¿Podemos hablar de prácticas del imperialismo?
Sí, sin duda. Incluso dentro de la propia Unión Europea se habla abiertamente de una conducta imperialista de Estados Unidos. Y ahí reaparece con fuerza la doctrina Monroe, la idea de "América para los americanos", que hoy se resignifica como una estrategia de seguridad y de control geopolítico.
¿Cómo evalúa la intervención de Estados Unidos y la detención de Maduro en territorio venezolano?
Desde el punto de vista del derecho internacional, es una situación ilegal e ilegítima. Nadie desconoce el drama que vive el pueblo venezolano: las violaciones a los derechos humanos, la crisis institucional, la pobreza, la corrupción, las migraciones forzadas. Pero nada de eso habilita una intervención de ese tipo. La Carta de las Naciones Unidas es muy clara. Este tipo de acciones profundizan el desorden internacional y colocan a todos los países en una situación de enorme vulnerabilidad.
Usted plantea que el derecho internacional hoy se aplica de manera selectiva.
Exactamente. Se lo utiliza para justificar a algunos actores y condenar a otros, según quién actúe. Cuando el eje deja de ser el "qué" –las normas, los principios, la legalidad– y pasa a ser el "quién", inevitablemente gana el más fuerte. Eso es lo contrario del espíritu con el que se crearon las Naciones Unidas y el sistema multilateral.
En Medio Oriente también se vive una escalada permanente, con Irán como uno de los focos de tensión.
Irán es hoy un verdadero polvorín. Hay conflictos internos, presiones externas, intereses de Estados Unidos, de Israel y de potencias regionales. Todo eso alimenta lo que yo llamo una geopolítica del caos. Ya el año pasado se hablaba de que este escenario podía ser la base de un conflicto de escala mayor. Hoy vemos que ese desorden se profundiza.
A esto se suma la guerra económica y comercial.
Sí. La guerra de aranceles entre Estados Unidos y China es una muestra clara. Los aranceles dejaron de ser solo herramientas comerciales para transformarse en armas políticas. Se utilizan como instrumentos de presión, de disciplinamiento, ligados directamente a intereses geoestratégicos.
Usted mencionó que existen tres posibles escenarios para el sistema internacional.
Así es. Uno sería una profundización de la globalización, aunque hoy parece poco probable. Otro es un quiebre antiglobalización, un mundo fragmentado, con bloques cerrados y disputas permanentes. Y un tercer escenario, que sería el más deseable, es la transformación de las reglas del juego: aceptar que hay nuevas potencias, nuevos equilibrios, y construir una gobernanza más inclusiva y representativa.
En ese tablero aparecen con fuerza China y Rusia.
China es hoy una potencia ineludible en términos económicos, tecnológicos y políticos. Rusia también, como lo vemos en el conflicto con Ucrania, que ya lleva cuatro años y que puso en evidencia la dependencia europea del apoyo estadounidense. Todo ese esquema está siendo revisado y reconfigurado.
La tensión del mundo se reflejó en el Foro de Davos...
Del Foro de Davos destacó las palabras del primer ministro de Canadá (Mark Carney), me pareció un discurso muy lúcido. Él habló justamente de que estamos entrando en un mundo sin reglas claras, en un escenario donde el orden internacional está en crisis. Y planteó que, frente a eso, es fundamental que las potencias medias y los países emergentes construyan autonomía. Autonomía para no quedar atrapados entre los intereses de las grandes potencias y para poder incidir en la gobernanza de los grandes temas de la agenda internacional: la inteligencia artificial, el desarrollo tecnológico, el comercio, la seguridad, el cambio climático. Dijo algo clave: que los países no pueden resignarse a posiciones sumisas, que deben decir, hacer, proponer, porque si no este desorden se consolida como la nueva normalidad y lo único que prima es la ley del más fuerte.
En ese escenario, ¿qué lugar ocupan los bloques regionales, como el Mercosur y la Unión Europea?
Paradójicamente, en este contexto tan conflictivo, la integración debería ser la salida. La Unión Europea nació como respuesta a la devastación de la Segunda Guerra Mundial, para evitar que la lógica de la fuerza volviera a imponerse. El acuerdo Mercosur–Unión Europea, con todas sus dificultades, va en esa línea. Los bloques y la cooperación siguen siendo las herramientas más racionales para enfrentar problemas globales como las migraciones, el crimen transnacional, el desarrollo tecnológico o el cambio climático.
¿Qué rol deberían asumir los países emergentes y las potencias medias?
Un rol central. Países como Brasil, India, Indonesia y otros deben construir autonomía, no quedar atrapados en una lógica de subordinación. Necesitamos fortalecer la gobernanza global y volver a poner en el centro el "qué" –las agendas, los problemas comunes– y no el "quién" impone su voluntad.
¿Y Naciones Unidas?
Con todas sus falencias, Naciones Unidas representa el mayor esfuerzo histórico por construir un orden basado en reglas, en cooperación, en derechos humanos. La Agenda 2030, por ejemplo, planteaba un mundo donde nadie quedara atrás. Hoy ese ideal parece muy lejano, y como internacionalista me duele ver cómo se desacredita y se vacía de contenido a una institución que ha sido fundamental para la paz y el desarrollo.
Para cerrar, en este contexto tan incierto, ¿qué cree que debería primar?
La defensa del multilateralismo, de la cooperación y del derecho internacional. Y, sobre todo, la capacidad de los países de no adoptar posiciones sumisas. La ley del más fuerte no puede ser el principio organizador del mundo. Si volvemos a eso, estaremos retrocediendo décadas en términos de civilización política y de construcción de paz.