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La pantomima fue uno de los géneros escénicos más destacados del imperio romano. En el anfiteatro, gladiadores emulaban batallas para deleite del pueblo, que disimulaba el espanto de muerte y sangre real con la representación ficcional del evento. El término mutó hasta significar hoy copia deformada de la realidad. El fútbol en Argentina engloba penosamente pasado y presente del concepto.
Lo de la Asociación de Fútbol Argentino es un escándalo con una larga historia. Puede remontarse a la complicidad con la dictadura militar en el 78 y seguir, con tejes y manejes de alcance nacional y mundial: ascensos y descensos amañados con reglas y campeonatos para cuya comprensión se necesita un doctorado, hasta delitos comprobados por investigaciones en Estados Unidos que llegaron hasta la FIFA.
El esquema que lo permite es un entramado de complicidades que aseguran el silencio. Favores y venganzas contra dirigentes y clubes que osan levantar la voz. Incluye jueces de la Nación en tribunales de disciplina internos, que desalientan reclamos en la justicia con la sola ostentación de sus cargos. El enorme logro deportivo de un mundial de fútbol esconde trapisondas tan obvias que avergüenzan: partidos en destinos exóticos, barras bravas avalados en su impunidad (viajes a mundiales y violencia) y campeonatos locales con cartas marcadas.
Vale la pena encuadrar el asunto jurídicamente, para entender mejor lo qué se puede hacer. El deporte es de interés público. Es éste un concepto elástico, que impulsa que toda norma, decisión o autoridad debe orientarse al bien común. El fútbol, como deporte popular por excelencia, lo es. Huelgan las explicaciones: es un eje central en la vida pública, en todos los ámbitos y estratos sociales.
Lo maneja una asociación civil sin fines de lucro. Un puñado de dirigentes que rinden cuentas a unos pocos designados por ellos a dedo, que es lo mismo que rendir cuentas a nadie. El principal vínculo con el orden jurídico estatal en su funcionamiento interno es la Inspección General de Justicia que tiene la facultad de fiscalizarla. No puede intervenirla, pero si requerir al Ministerio de Justicia de la Nación que lo haga cuando sea "necesario en resguardo del interés público".
Además del interés público, se pueden sumar cuanto menos dos causales (públicas y notorias) para justificar la intervención: actos graves que importen violación a la ley e irregularidades no subsanables. Pero hay un obstáculo, que tiene un antecedente: en el 2016, ante un estado de desaguisado interno parecido, el gobierno nacional intervino la AFA. La FIFA reaccionó alegando que las federaciones nacionales deben ser autónomas y libres de injerencia gubernamental, bloqueando la intervención con la designación de un comité de regularización. El antecedente indica que para ser eficaz y no poner en riesgo el normal desarrollo del fútbol argentino, especialmente en competencias internacionales, se requiere cuanto menos una solución armonizada con la FIFA.
Vivimos tiempos de transformación profunda, caracterizada por un hiato entre instituciones y demanda social. Difícil hacerse el distraído ante tanta impunidad sostenida de la AFA, que usa la figura de asociación sin fines de lucro como un refugio al efectivo control estatal, y su filiación a una entidad supranacional (que ya tuvo, por lo demás, escándalos vinculados con Argentina) para reforzar aún más su esquema de funcionamiento perverso. Basta de pantomimas. Oportunidad para la acción y el cambio.