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La acción militar de Estados Unidos en territorio venezolano y la captura y extracción del dictador Nicolás Maduro de Venezuela, marca un punto de inflexión para la política estadounidense en todo el "hemisferio occidental".
Pero sería un error confundir espectacularidad con resolución. Las imágenes de Maduro bajo custodia crean una sensación de desenlace; nada más lejos de la realidad. En mayo de 2003, el presidente George W. Bush se paró bajo un cartel que decía "Misión cumplida"; declarando la victoria en Irak. Lo que siguió fue fragmentación; insurgencia; crisis de legitimidad y años de caos político y social.
La administración Trump está tratando la extracción de Maduro como un éxito táctico que habla por sí mismo. La realidad es que los verdaderos desafíos y riesgos para la política de Estados Unidos, recién están por venir. Marco Rubio anunció un plan en tres etapas: "estabilización", "recuperación económica"; y luego, "transición política". Pero, al mismo tiempo, Trump dice que Estados Unidos -y él en persona- "dirigirá Venezuela durante un tiempo"; que ese tiempo "será largo"; y usa la palabra "transición" con una vaguedad pasmosa. Hasta se auto proclamó "presidente interino de Venezuela". Debería entender, entonces, que él en persona será responsable por las consecuencias políticas, económicas y sociales que deriven de este "manejo" y de esta "transición". No creo que él lo vea así. En mi opinión, la extracción de Maduro sólo dio comienzo a una nueva fase; una mucho más difícil y peligrosa.
Punto de inflexión
Venezuela se encuentra, hoy, en un punto de inflexión. Remover a Maduro abrió la puerta a una transición; una de destino incierto: podría decantar en una democracia estable y duradera, tanto como podría convertirse en otro Afganistán. O en Libia.
Los caminos posibles hacia el fracaso incluyen un período de limbo político que sostenga la inestabilidad -y el régimen actuante- mientras Estados Unidos y sus empresas expolian Venezuela; un involucramiento en el accionar local cada vez más profundo que Estados Unidos nunca tuvo la intención de asumir pero que le pueda resultar difícil de ignorar; y, al final, una transición parcial que deje intactas las redes criminales.
Si, en cambio, Estados Unidos gestionara esta fase con maestría, combinando coerción con incentivos legítimos y ética con legalidad política, podría reencauzar el país, reincorporarlo a la comunidad de democracias y reafirmar la influencia estadounidense en una región que ha pasado las últimas décadas protegiéndose de ella. Si esto ocurriera el beneficio sería enorme.
Lo que ocurra de ahora en más determinará si este punto de inflexión se convierte en una bisagra en la historia norteamericana o si, en cambio, jalona otro capítulo más de la larga zaga de extralimitaciones fallidas norteamericanas.
Apuestas económicas y políticas
La operación que puso fin al gobierno de Maduro lleva la impronta de Trump y del secretario de Estado Marco Rubio; y refleja una cosmovisión que valora el personalismo, la decisión, el espectáculo y la recompensa política y económica.
Para Trump, Venezuela es más un activo por explotar antes que un problema a gestionar. Y el control del petróleo venezolano tiene implicancias globales. "Administrando" la reserva petrolífera más grande del mundo -y contando con el tiempo suficiente-, Estados Unidos alterará el equilibrio global reconfigurando los mercados petroleros mundiales insertándose en la lógica de la OPEP+ (sin ser miembro formal); rediseñando la matriz energética de Estados Unidos y del mundo. Así, el incentivo a eludir cualquier transición rápida es enorme.
Pero la mayoría de los campos petrolíferos productivos están adjudicados por contratos; muchos de ellos a empresas chinas que "insistirán" en que los contratos sean respetados. No hacerlo elevaría la tensión con China. El abordaje y captura del barco petrolero con bandera rusa -tras una persecución de más de dos semanas por el océano Atlántico-, ha escalado la tensión con Moscú. La exigencia de que Venezuela expulse del país a los asesores oficiales y al personal de inteligencia y militar de China, Rusia, Cuba e Irán, tensionó las relaciones con el resto. Trump parece decidido a no dejar ningún ánimo sin caldear y a ningún enemigo sin atizar.
Para Rubio, la apuesta es política. Durante años ha argumentado que la displicencia de Estados Unidos solo afianzó al régimen chavista mientras expandió la influencia china, iraní y rusa. Este momento le ofrece la oportunidad de probar que la mano dura produce resultados allí donde la diplomacia y las sanciones fracasaron; al tiempo que rediseña a su gusto los términos del liderazgo estadounidense. La apuesta de Rubio es la caída de Cuba; su plataforma de campaña para suceder a Trump en las próximas elecciones presidenciales. Así, ambos se juegan bazas importantes.
Pero, -al menos por ahora- es evidente que la remoción de Maduro no significó el colapso del chavismo. El régimen nunca fue una estructura única sino una coalición unida por el acceso a rentas ilegales y temor a las represalias. Con Maduro fuera, esa coalición podría fragmentarse. La variable decisiva son las fuerzas armadas que, por ahora, no dan señales de tomar partido. Lo más probable es que haya un largo lapso de negociaciones prolongadas con deserciones selectivas y conductas de cobertura; algunos generales buscarán acomodarse mientras que otros se atrincherarán, apostando por una mayor incertidumbre; mientras la desconfianza reina para todos.
Complicando las cosas está el ecosistema que perdura tras Maduro: redes de traficantes, funcionarios corruptos, grupos paramilitares y actores de seguridad armados acostumbrados a la violencia. Estas entidades están profundamente incrustadas en el Estado, en la sociedad y en la economía. Remover a la figura principal no desmantela el sistema. Al contrario; fragmentado podría radicalizarse de una manera explosiva.
Desarrollo versus moralina
El fracaso sería costoso, tanto para Estados Unidos y, obvio, más para Venezuela. Un retiro rápido corre el riesgo de dejar a Venezuela sin Maduro, pero con el gobierno y la superestructura chavista intacta; perpetuando la hemorragia de personas, de capital y de conflictos.
"Seguir administrando" el país por mucho tiempo lleva a otro peligro: el del enredo en cuestiones cotidianas y en una interminable cantidad de problemas técnicos, éticos y potencialmente conflictivos que podrían minar la energía, legitimidad y voluntad política de Estados Unidos. Esta es la paradoja de toda intervención: demasiado poco invita al caos; demasiado conduce al atolladero.
Y este es, precisamente, el talón de Aquiles de la nueva doctrina de Trump. El poder militar ya no es la herramienta para moldear resultados en América Latina y el Caribe. Pudo haberlo sido en los siglos XIX y comienzos del XX, cuando Estados Unidos imponía orden mediante ocupaciones y diplomacia de cañoneras. Hoy, la competencia por la influencia ya no es militar sino económica y, sobre todo, tecnológica. China lo entendió hace años y se incrustó en las cadenas de valor, suministro e infraestructura; interviniendo con sus empresas y bancos allí donde Washington sólo llegaba con sanciones y moralina. China siempre buscó mostrar que, donde Washington ofrecía coerción, China ofrecía desarrollo.
América Latina y el Caribe se encuentran al borde del cambio estructural que viene en campos como la inteligencia artificial, la salud, la manufactura avanzada y la energía limpia. Venezuela -y Latinoamérica- deben participar de ese futuro o quedarán atrapadas -para siempre- en la lógica de la extracción y la dependencia.
La primacía militar no expulsará a China de Venezuela ni de la región. Por el contrario, fomentará una cobertura dual. Sólo para ilustrar esta paradoja, entre los seis bancos internacionales que le prestaron a Argentina 3.000 millones de dólares para cubrir el swap con Estados Unidos, figura el Bank of China, a pesar de habernos alineado con tanto bullicio al festejo por la captura de Maduro.
El camino por delante
Venezuela ha perdido más de tres cuartas partes de su PIB en sólo una década. La producción petrolera se ha desplomado. El salario mínimo es menor a un dólar por mes y, los sectores asalariados más acomodados ganan el equivalente a 100 dólares al mes mientras que la canasta alimentaria quintuplica ese monto. Venezuela tiene un 89% de pobreza, un 61% de pobreza extrema y el 40% de su población ha perdido un promedio de 11 kilos de masa corporal en los últimos años. Los servicios públicos no funcionan y todo está casi paralizado. Ningún esfuerzo de recuperación en el hemisferio se aproxima a esta escala.
Lo que haga de ahora en más Estados Unidos determinará si la reintegración de Venezuela fortalece la influencia estadounidense en la región o si, por el contrario, la socava; quizás de manera irremontable. Venezuela se ha convertido en un gran campo de prueba.
La tentación de declarar victoria y seguir adelante será enorme. También lo será el impulso de controlar sus desmedidos recursos naturales por mucho tiempo. Ambos caminos deben ser resistidos. Si Trump y Rubio tienen éxito, remodelarán la política internacional y revalidarán la postura dura y de la fuerza en todo el mundo. Si fracasan, los costos y conflictos se cosecharán por décadas.