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Cuando la energía vuelve a ser arma de guerra

El cierre del estrecho de Ormuz es un recordatorio brutal de que los mercados no reemplazan a la geopolítica. La energía sigue siendo una de las grandes palancas del poder internacional, y las guerras de Ucrania y Medio Oriente lo vuelven a demostrar con contundencia.
Domingo, 22 de marzo de 2026 01:53
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Durante décadas se creyó que los mercados habían domesticado la geopolítica de la energía. La globalización, los mercados integrados y cadenas de suministro cada vez más extensas parecían haber transformado al petróleo, al gas y a otros recursos energéticos en simples mercancías: un commodity más dentro del sistema económico global. Podían fluctuar los precios, generar tensiones comerciales o alterar los balances fiscales de los países productores, pero ya no parecían instrumentos directos de poder estratégico.

Hoy estamos descubriendo que esa ilusión está llegando a su fin. El cierre del estrecho de Ormuz por parte de Irán —uno de los episodios más graves desde el inicio de la guerra con Israel y Estados Unidos— bloqueó cerca del 20 % del flujo de petróleo y gas que circula por el planeta. El impacto fue inmediato: precios disparados, mercados nerviosos y empresas de todo el mundo recalculando costos y riesgos, con presión inflacionaria global y riesgo de nuevas disrupciones económicas. En pocos días el tránsito marítimo por el estrecho se redujo drásticamente y el precio internacional del crudo superó los 100 dólares por barril. Pero el impacto no se limita al mercado energético. La crisis presiona los precios de los fertilizantes y complica las cadenas alimentarias, generando tensiones económicas en países vulnerables.

El estrecho de Ormuz no es sólo un punto en el mapa. Es uno de los grandes "cuellos de botella" del sistema energético global. Cada día, cerca de una quinta parte del petróleo y del gas que consume el mundo atraviesa ese paso marítimo de apenas unos kilómetros de ancho. En términos estratégicos, su importancia es comparable a la del canal de Suez o al estrecho de Malaca: nodos críticos donde geografía y geopolítica se fusionan. Cuando uno de esos puntos se bloquea, el impacto se transmite a la inflación, a las tasas de interés, a las cadenas logísticas y, finalmente, a la estabilidad política.

Más allá del episodio puntual, el hecho confirma algo más profundo. Como advirtieron los analistas Jason Bordoff y Meghan O'Sullivan en Foreign Affairs, el mundo podría estar entrando en una nueva era de "weaponización energética": una etapa en la cual la energía vuelve a ser un instrumento central de coerción geopolítica.

Las crisis energéticas también redistribuyen poder. Cuando el petróleo se dispara, países exportadores como Rusia o Venezuela reciben ingresos inesperados que pueden prolongar la vida de regímenes bajo presión. Al mismo tiempo, obligan a las grandes potencias a redirigir recursos militares y diplomáticos hacia nuevos escenarios, dispersando su atención estratégica. En ese contexto, actores como China pueden beneficiarse simplemente porque el foco de su rival se desplaza. Esta crisis, además, expuso las fracturas dentro de la alianza occidental: Trump presionó a los países de la OTAN para participar en la reapertura del estrecho de Ormuz, pero luego afirmó que no necesitaba esa ayuda cuando Europa decidió no involucrarse.

La cooperación que desaparece

Durante gran parte del siglo XX, controlar el flujo de petróleo fue una herramienta central del poder internacional. En la Primera Guerra Mundial, el bloqueo petrolero británico ayudó al colapso de Alemania. En la Segunda, el acceso al petróleo fue decisivo en la estrategia militar de las grandes potencias. Y en 1973, el embargo petrolero árabe provocó un shock económico global que dejó una huella imborrable en la memoria política de Occidente.

Para varias economías de América Latina, aquel episodio fue devastador.

A partir de ese embargo comenzó una transformación profunda. Las economías industrializadas comprendieron que depender de pocos proveedores era una vulnerabilidad estratégica. Se crearon reservas estratégicas de petróleo, se integraron los mercados energéticos y se diversificaron las fuentes de suministro.

Con el tiempo, el comercio global de energía se volvió más flexible y competitivo. El petróleo pasó de venderse mediante contratos rígidos a convertirse en uno de los productos más negociados en mercados abiertos. Eso redujo la eficacia de los embargos energéticos: si un productor intentaba cortar el suministro a un país, los mercados podían redistribuir rápidamente la oferta. Así se instaló una idea tranquilizadora: si el sistema energético global se volvía suficientemente complejo e interdependiente, ya no podría ser utilizado como arma. Pero esa confianza descansaba sobre una condición implícita: un mundo relativamente cooperativo.

Ese mundo está desapareciendo.

Un mundo en cambio

Durante tres décadas, la política energética estuvo subordinada a la lógica de la globalización. El supuesto dominante era que los mercados abiertos y la interdependencia económica reducirían la probabilidad de conflictos estratégicos. Ese paradigma está cambiando.

El primer gran golpe llegó en 2022, cuando Rusia invadió Ucrania. La respuesta energética de Moscú - que redujo el suministro de gas a Europa - provocó una crisis continental y demostró que la dependencia podía convertirse nuevamente en un arma formidable. Europa había construido durante décadas una relación energética profundamente dependiente de Rusia, convencida de que el vínculo actuaría como un factor de estabilidad política. Cuando estalló la guerra, esa interdependencia se transformó en una vulnerabilidad estratégica. El gas que durante años simbolizó cooperación económica pasó a ser un instrumento de presión geopolítica.

Pero Rusia no es el único actor que ha redescubierto el poder estratégico de la energía. China ha utilizado su dominio sobre minerales críticos y tierras raras como herramienta de presión económica. Estados Unidos ha desplegado sanciones energéticas contra distintos países. Incluso aliados tradicionales han comenzado a politizar los flujos energéticos en disputas comerciales. En otras palabras, la energía vuelve a ser un arma del arsenal geoeconómico.

La rivalidad entre grandes potencias, el retorno de políticas industriales agresivas y la fragmentación del comercio global están devolviendo al Estado un papel central en la organización del sistema energético. Cada vez más gobiernos buscan reducir su dependencia externa, asegurar cadenas de suministro críticas y proteger sectores estratégicos de su economía.

Nuevo mapa energético

El sistema energético mundial está entrando en una fase de transformación estructural. La demanda global sigue creciendo. La electrificación de las economías, el auge de los centros de datos y la expansión de la inteligencia artificial están impulsando un consumo energético sin precedentes. La transición energética - hoy cuestionada o demorada en varios países - tampoco reduce la demanda total de energía; sólo cambia su forma.

Pero en el mapa energético, los hidrocarburos ya no son los únicos recursos estratégicos. Los minerales críticos - litio, cobalto, grafito, níquel y tierras raras - se están convirtiendo en pilares de la seguridad energética del siglo XXI.

China domina gran parte del procesamiento global de estos minerales y controla segmentos clave de las cadenas industriales que fabrican baterías, paneles solares y turbinas eólicas. Indonesia domina el mercado del níquel y la República Democrática del Congo el del cobalto. Otros países concentran recursos indispensables para la electrificación de las economías.

La transición energética no elimina la geopolítica de la energía. La transforma.

El petróleo y el gas siguen siendo centrales, pero ahora comparten protagonismo con minerales críticos, redes eléctricas, baterías y cadenas industriales enteras. La energía ya no es sólo combustible: es infraestructura, tecnología y poder industrial.

La paradoja es que la respuesta a esta nueva era de "weaponización energética" podría terminar acelerando la transición energética dentro de cada esfera de influencia. La forma más efectiva de reducir la vulnerabilidad energética no es producir más petróleo o gas, sino necesitar menos. La eficiencia energética, la electrificación y la producción local de energía renovable pueden reducir la exposición a mercados volátiles y a decisiones políticas tomadas a miles de kilómetros de distancia.

Esto no significa que el mundo vaya a abandonar rápidamente los combustibles fósiles. Durante décadas seguirán siendo una parte fundamental del sistema energético global. Pero los países que logren diversificar sus fuentes de energía y reducir su dependencia externa estarán mejor posicionados para un mundo más competitivo y menos cooperativo.

El regreso de un viejo poder

La energía siempre ha sido poder. Durante años la globalización pareció relegar esa realidad a un segundo plano. Hoy estamos descubriendo que fue una ilusión.

El cierre del estrecho de Ormuz no es sólo un episodio más en la historia de las crisis energéticas. Es un recordatorio brutal de algo que durante años preferimos ignorar: los mercados no reemplazan a la geopolítica.

La energía sigue siendo una de las grandes palancas del poder internacional. Durante un tiempo creímos que esa realidad pertenecía al pasado. Hoy estamos descubriendo que nunca desapareció. Sólo estaba esperando el momento de volver. Y ahora ha vuelto. Con fuerza.

 

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