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Nuestro invitado de hoy es un ciudadano norteamericano, que se llamaba Ferdinand Dimara, nacido en Lawrence, Massachusetts, en diciembre de 1.921, y muerto el 7 de junio del año 1.982, en New York City. Era diabético y sufrió una insuficiencia cardíaca.
Dimara ha justificado esta nota no por sus méritos académicos ni personales; por una obra de bien reconocida; o por alguna obra de arte. Nada de eso. Este columnista cree que la forma más directa de llegar a esa justificación es mediante una sencilla pregunta, dirigida a todos los amables lectores.
¿Usted conoció/conoce a una sola persona que haya sido en su vida todo esto?: médico cirujano, psicólogo de orientación religiosa, profesor y decano de la actual Gannon University, ingeniero civil, ayudante de sheriff, subdirector de una cárcel, abogado, editor, ordenanza, instructor universitario y capellán de un hospital. Dimara fue todo eso, por lo menos hasta donde comprobaron sus biógrafos, a los que menciona, sin nombrarlos, una nota del diario Clarín.
¿Cómo fue que este hombre hizo todo esto? Empleando toda clase de acciones idóneas para conseguir que todos con quienes interactuaba en cada momento, creyeran en él. A veces, se hizo pasar por otro: fue el médico Joseph Cyr, el soldado Anthony Ignolia, el señor Robert L. French, fue otra persona, no determinada, para ser funcionario de la cárcel de Huntsville, en Texas; fue el hermano John Payne, para crear una nueva orden cristiana. Obviamente, en esos y en otros casos, creó documentos de identidad o credenciales falsas, de buena calidad, para lograr que fueran tenidos como verdaderos/as.
La pregunta que sucede a la anterior es ésta: ¿cómo pudo ser posible que pasara todo esto en un país bien organizado, que suele ser exigente con documentos, credenciales y títulos, sobre todo si se trataba de cargos de importancia? -no todos lo fueron, pero igual se requirió de un artificio, de un ardid del impostor-. Sus biógrafos lo explican diciendo que fue un hombre que tenía un coeficiente intelectual fuera de serie; que tenía una memoria fotográfica; que practicaba lectura veloz. Por caso, para la docencia, se presentó como docente en materias nuevas o poco conocidas, que le evitaban ser medido por reglas previas. Sin competidores, él creaba las reglas y logró lo que se propuso.
Ya por fuera de los biógrafos, quienes analizaron este caso singular detectaron que Demara tenía una gran capacidad de reinventarse; pensó con razón que, si lo hacía bien, lo que él quería de los demás se lograría cuidando al máximo las apariencias: un buen traje, insignias brillosas, credenciales, documentos y títulos insospechados, porque estaban bien hechos.
Quienes lo conocieron y trataron con él obtuvieron partes de su "acting", dichas por él mismo: finge hasta que se logre, la carga de la prueba recae en el acusador, en caso de peligro atacar, nunca huir. Además, este hombre conocía las fallas de un sistema que se tenía a sí mismo como seguro e inviolable. Por ejemplo, que funcionaba descansando para todo en el papel y el sello, por sobre otros datos que no eran objeto de atención.
Indudablemente, el caso que más sorprende y hasta impresiona, por más que haya pasado tanto tiempo, es lo que sucedió cuando se hizo pasar por el médico cirujano Cyr. Lo había conocido, copió sus papeles y se instaló en Canadá. Sucede que, cuando todo esto pasa, el falso Cyr prestaba servicios para la Armada Real de Canadá, que estaba en medio de un conflicto bélico, en Corea. Estaba destinado al buque HMCS Cayoga.
Un día, llegaron al barco varios marinos gravemente heridos. Llamado al quirófano, con la seguridad y confianza de los grandes, se puso una bata, ordenó preparar anestesia, hilo de sutura y pidió una pinza Doyen. A todos los heridos les practicó cirugía de tórax, con éxito. La mejor explicación disponible, además de la que se anticipó, fue saber que el supuesto Cyr tenía en su habitación del buque un tratado de cirugía torácica, que consultó en forma permanente. Parece que además de los libros, este hombre demostró en esas circunstancias, una gran fortaleza mental y una calma teatral.
El caso se hizo público y el supuesto Cyr fue tratado como un héroe. Hasta que la madre del verdadero Cyr lo descubrió ante las autoridades. ¿Fue acusado, detenido y luego condenado? Pues no. La Armada del Canadá prefirió echarlo discretamente. Después de haber sido "Cyr", en ese barco y con esos heridos, Demara sólo dijo: "alguien tenía que hacerlo".
Ser por un tiempo el soldado Ignolia no le salió tan bien. Desertó del Ejército norteamericano, pero fue descubierto por el FBI y estuvo detenido dieciocho meses. Después de este período tras las rejas, volvió a alistarse y llegó a simular su propia muerte. En una de las fuentes consultadas, se dice que la historia de Demara fue la fuente del gran escritor Robert Crichton, para su novela "El Gran Impostor", la que luego llevada al cine con el mismo nombre y la interpretación de Tony Curtis.
En su gran mayoría, las acciones de Demara configuraban delitos en la Argentina, al tiempo en que se cometieron. Con la mayor benignidad, sería acusado de Usurpación de título, Ejercicio ilegal de medicina, de Abuso de autoridad, de Falsificación de documentos, etc. En su país, con delitos similares, debió ser juzgado y condenado. Debió conocer el uniforme naranja y una cárcel como cualquiera.
No fue así. Demara murió en una cama de hospital, por su mal estado de salud. La única sanción oficial que recibió fue ese período de dieciocho meses por desertar del Ejército de los EEUU.
Los canadienses se limitaron a darlo de baja y expulsarlo de la Armada. Todo lo demás, es decir, la actuación como profesional de la Psicología, con orientación religiosa, el título de ingeniero civil, su ingreso a la conducción de una cárcel sin antecedente alguno, o ese puesto de ayudante de un sheriff, su título de abogado, y su capellanía en un hospital, en donde lo descubrieron y lo desplazaron, quedaron impunes. En los Estados Unidos, se prefirió eso a la gran exposición de errores propios que habrían surgido de un juicio público.
Es posible que para las buenas almas que aún existen en nuestro mundo, este hombre singular debía ser reconocido por haber sido más de una persona, durante tantos años. Pero no es para tanto. No fue ni es una buena idea idealizar a los delincuentes, aunque no le hayan hecho daño a nadie. Si algo justifica escribir esta nota, es para que pueda servir de alerta para los otros grandes simuladores que viven entre nosotros, algunos más conocidos, muy pocos presos y otros, esperando seducir a alguien con su inalterable simpatía, su risa fácil, su habilidad estudiada para contar nuevas historias, en las que, si los dejan, ellos ganan siempre. Encima, ahora todos tienen redes, móviles inteligentes y alguno que otro robot ya dispuesto en línea.