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Malas nuevas para un gaucho memorioso de Cachipunco

Encuentro de Ernesto M. Aráoz y el gaucho Martín González peón del nieto del General Güemes.
Domingo, 21 de abril de 2024 02:09
Foto ilustrativa de cómo pudo haber sido el encuentro.

En "A Pluma y Tintero, Notas y Crónicas testimoniales" de Ernesto M. Aráoz, se incluye entre sus relatos el encuentro que tuvo en 1928 con el gaucho Martín González, cuando marchaba a caballo por la serranía de Santa Bárbara, Jujuy.

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En "A Pluma y Tintero, Notas y Crónicas testimoniales" de Ernesto M. Aráoz, se incluye entre sus relatos el encuentro que tuvo en 1928 con el gaucho Martín González, cuando marchaba a caballo por la serranía de Santa Bárbara, Jujuy.

"Habíamos salido ese día -cuenta don Ernesto- muy de madrugada de la casa de nuestra estancia Santa Clara en la provincia de Jujuy, con mi socio don Ricardo Fleming (h), el administrador D. Juan Taché y dos madereros interesados en el arriendo de aquel monte poblado de cedros, quebrachos, tipas, nogales y otros árboles preciados para una explotación industrial. Ibamos escalando una ladera cuando en un recodo encontramos un gaucho viejo enderezando unos pozuelos (petacas de cuero) en el lomo de una mula que un muchacho que le acompañaba traía de tiro. Hicimos entonces un alto para saludar y de paso dar una mano al anciano. Cumplida la atención, el gaucho montó su caballo alazán y como todos íbamos en la misma dirección, él se incorporó al grupo".

Y ya marchando, afloró entre ellos -Aráoz y el gaucho- un diálogo, tan sustancioso que decidí reproducirlo.

"¿Y usté quien es?" Preguntó el gaucho a don Ernesto quien, después de responderle, contó que había venido dos días antes de Salta a ver su estancia de Santa Clara. El viejo lo miró y agregó: "Ah, ya se, usted es uno de los patrones de Santa Clara, don Aráoz, yo lo conocía de nombre".

Y como estaban de presentaciones, don Ernesto le preguntó "¿Y usted, quien es?". La respuesta no se hizo esperar: "Yo me llamo Martín González y soy arrendero de Cachipunco. Ahora voy pa allá. Hi venido hace dos días a San Pedro a comprar unas cosas. Ya hacía más de cuatro años que no salía de Cachipunco".

Luego de un respiro, González prosiguió: "Mucho me alegro de haberlo encontrado porque yo también soy de Salta, y hace mucho que no me veo con nadie de allá que me pueda dar noticias de mi patrón, porque hai saber usted, señor, que yo me vine para Santa Bárbara hace unos cuantos años con la intención de volverme en seguida pa mis pagos, en Rosario de la Frontera, pero de puro dejao voy demorando la vuelta. A veces me digo, qué sabrá pensar el patrón, porque yo me vine sin decir nada en ocasión que él se había ido pal pueblo y cayeron unos ingenieros a la Frontera a contratar piones para un camino que se estaba haciendo por estos laos, y como ofrecían güen jornal yo me tenté y me vine por juntar unos pesos. Este año, pa fin de año a más tardar, pienso volver a su lado".

Finca Ovando

Después de escuchar atentamente a González, Aráoz le preguntó intrigado: "Y quién es su patrón". "Don Martín Miguel Güemes -respondió, el dueño de la estancia Ovando, en Rosario de la Frontera. Usté lo hai conocer, pues…".

Quizá asombrado por lo que acababa de escuchar, Aráoz agregó: "Si, lo he conocido mucho a él y a todos sus hermanos, pero don Martín Miguel ha muerto ya hace algunos años…". Sorprendido González, con voz ahogada por la angustia, balbuceó: "¿Ha muerto el patrón?". "Si, y me extraña que no se haya enterado porque de ello ya hace bastante tiempo", respondió Aráoz.

Don Martín González sujetó su caballo y se quedó absorbido por sus pensamientos mientras el grupo lo observaba. "Era un hermoso tipo de gaucho -lo describe don Ernesto- de luenga barba blanca que le cubría el pecho, rostro adusto, nariz aguileña y porte enhiesto y marcial…".

Después de un breve y respetuoso silencio, el viejo gaucho reaccionó: "¿Y de qué ha muerto mi patrón?" "Yo no recuerdo -dijo Aráoz- pero don Martín Miguel era ya hombre de bastante edad", a lo que González, como reflexionando murmuró: "No puede ser. El patrón no era viejo…", a lo que Aráoz agregó: "No, no era viejo cuando usted lo dejó, pero los años han pasado desde entonces…".

Y así, el grupo siguió hasta que González, seguramente afectado por lo que acababa de enterarse, se animó a preguntar: "¿Y qué me cuenta usté, señor, de los hermanos del patrón? Yo los quiero a todos igual porque me he criado en la casa con el patrón viejo, D. Luis Güemes, el hijo del general. ¡Qué bueno era don Luis, lo mismo que la señora Rosaura, una santa mujer, que Dios la tenga en su reino! Yo me vine antes del fallecimiento de la señora; el patrón viejo ya había muerto. Todavía me acuerdo con pena cuando se estaba colocando en la finca El Carmen (actual Escuela Agrícola), cerca de Salta, los primeros alambrados del Valle de Lerma; al patrón Luis, ya viejito, se le corrían las lágrimas cuando los alambradores hachaban los cercos de tunas que rodeaban la casa y dividían los potreros. "A mí no me gustan nada, Martín -me decía- estos hilos de alambre que nos ha traído el progreso. Mucho mejor eran la casa y la finca con los cercos que yo conocí de niño".

Y la emoción iba subiendo en el tosco semblante del gaucho a medida que evocaba el recuerdo de esa gente cuyo cariño conservaba tan hondamente en el fondo de su corazón.

Fue entonces que Aráoz terminó de ponerlo al tanto de todo: "Los hermanos varones de Martín Miguel han muerto todos" "¿Cómo? Respondió angustiado González ¿El doctor Luisito y don Domingo tampoco viven ya? "Desgraciadamente han fallecido también ellos", le dijo don Ernesto.

El doctor Luisito para el gaucho Martín González era nada menos que el eminente clínico argentino Dr. Luis Güemes.

Pero el anciano ansiaba saber más: "¿Y los niños, Julio y Adolfito? preguntó con ternura. "Ellos estarán ya bien hombres ya…", agregó.

Y de nuevo la realidad golpeó al hombre: "Julio Güemes -dijo su interlocutor- ha fallecido hace muchos años en un trágico accidente en Cañuelas, cerca de Buenos Aires. Murió atropellado por un tren; sus hijos ya están casados y tienen a su vez familia; Adolfo Güemes es un médico distinguido y ha sido gobernador de Salta hasta hace cuatro años. Es un solterón que ha de andar por los cincuenta y cinco. Un pollo que ya no se cuece de un hervor".

El gaucho que no volvía del asombro, murmuró: "Pobre Julio". Pero unos pasos más adelante volvió sobre don Ernesto: "¿Cómo es posible, señor, que sea verdá todo esto que estoy oyendo? Entonces quiere decir que yo debo tener cerca de noventa años". Y tras una pregunta sobre los años que tenía en Cachipunco respondió: "Yo no he llevado la cuenta, señor, pero nunca habría creído que hicieran tantos como parece ser por lo que usté me está diciendo", le dijo a don Ernesto.

Pero Aráoz aun guardaba una pregunta: "¿Y recuerda usted las hermanas de su patrón?". La reacción fue inmediata: "Cómo no las hi recordar, señor, a la señora Carmen, casada con don Aniceto Latorre, y la niña Panchita, que quedó soltera cuando yo me vine".

"Ahora si podemos orientarnos -dijo entonces Aráoz-. La niña Panchita, ya es una señora de edad, viuda del doctor Juan Pablo Arias con quien casó en los mismos días que se casaron mis padres, el año 1890, y estamos en 1928. Han pasado 38 años".

La despedida

Y siguieron un trecho más hasta que el camino se bifurcó en dos sendas, una iba a la cumbre y la otra a Cachipunco. "Aquí tengo que separarme de ustedes", dijo el viejo muy apenado mientras extendía cordialmente la mano a su imprevisto interlocutor.

Aráoz le tendió la mano: "Bueno amigo -le dijo- que tenga usted buen viaje y lamento haber sido ocasionalmente portador de noticias tan desagradable para usted".

"Yo se las agradezco, señor -respondió el gaucho- aunque más me valiera no haberlo encontrao. Bien dice 'cuánto más vale ignorar las verdades de esta vida'. Ahora sé que no tengo ya a mi patrón, y que la vida se me ha gastao, que soy muy viejo y que pronto me voy a morir…". Fue entonces que por ese rostro varonil del gaucho rodaron dos lágrimas furtivas que se perdieron en la maraña de su barba nevada por los años.

Don Martín González -concluye Aráoz- tomó su senda seguido por el muchacho y su mula carguera. Lo vi con melancolía desaparecer en una vuelta del camino como una sombra fugitiva del pasado, diluida en la inmensidad majestuosa de la selva norteña".

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