PUBLICIDAD

Su sesión ha expirado

Iniciar sesión
19°
25 de Enero,  Salta, Centro, Argentina
PUBLICIDAD

Un piloto salteño cruzó el Atlántico en un avión liviano

Desde Sudáfrica hasta Brasil, Carlos Juncosa completó una travesía aérea épica: voló más de 13 horas en un monomotor.
Sabado, 24 de enero de 2026 23:34
Alcanzaste el límite de notas gratuitas
inicia sesión o regístrate.
Alcanzaste el límite de notas gratuitas
Nota exclusiva debe suscribirse para poder verla

Todo comenzó cuando un amigo le pidió que trajera su avión Sling -una aeronave liviana fabricada en Sudáfrica- desde Johannesburgo hasta la Argentina. Carlos Juncosa aceptó, como tantas otras veces, pero propuso algo poco habitual: en lugar de seguir las rutas más usadas, diseñar un recorrido inédito para ese tipo de avión y cruzar el Atlántico desde la costa de Namibia hasta la isla de Santa Helena y, desde allí, directo a Recife, Brasil.

"Parecía una locura por las distancias", reconoce. Habitualmente realiza estos traslados por el norte, incluso cruzando por el Ártico, o por la franja Senegal–Cabo Verde–Recife. Pero esta vez el reto era mayor: entre Santa Helena y Brasil no hay islas intermedias ni aeropuertos alternativos. Una vez que el avión deja la pista, no existe margen para el error.

Para el cruce invitó a Barry Williams, una leyenda de la aviación sudafricana y amigo personal, con quien ya había compartido otros vuelos. Juntos prepararon el Sling con tanques adicionales de combustible dentro de la cabina: cargaron "muchísimo combustible", el suficiente para cubrir tramos extremadamente largos en un monomotor equipado con un motor Rotax de apenas cuatro cilindros y 160 caballos de fuerza.

El viaje comenzó en Johannesburgo, con un primer vuelo de cinco horas hasta Walvis Bay, en la costa de Namibia, en pleno desierto. Desde allí enfrentaron un tramo de nueve horas sobre el océano hasta la isla de Santa Helena, un territorio remoto que solo abre su aeropuerto dos veces por semana. Permanecieron allí algunos días, aguardando la ventana meteorológica adecuada.

El salto final fue el más exigente: un vuelo interoceánico de entre 13 y 14 horas desde Santa Helena hasta Recife. Despegaron a las 7.30 de la mañana (del viernes 23) y aterrizaron a las 17.30, hora de Brasil. En total, sobre el océano recorrieron 5.550 kilómetros (km.), desde la costa oeste africana hasta Sudamérica. Cuando completen el recorrido hasta Salta, la travesía sumará unos 11.000 km.

"La preparación es mental mucho antes del vuelo. Si no estás preparado, no te subís", explica Juncosa. Y agrega una frase que resume su forma de enfrentar el riesgo: "Siempre puede pasar algo, pero en el océano no hay banquinas".

Horas antes de despegar del tramo más largo y comprometido, Juncosa escribió un texto íntimo. No es una bitácora técnica ni un relato heroico. Es el registro de alguien que sabe que, una vez que deja la pista, no existe plan B. A continuación un fragmento del texto escrito:

Recién a las tres de la mañana pararon los ruidos extraños del hotel.

Cuando por fin quedó todo en silencio, dormí apenas una hora.

No fue insomnio. Fue otra cosa.

La cabeza no se apaga cuando sabe que al amanecer va a enfrentar 3.300 kilómetros de océano sin alternativas.

A las cinco ya estaba despierto, preparando un café en la maquinita de la habitación y separando cuidadosamente lo poco que podría llevar a mano.

En la cabina del Sling no habría espacio ni siquiera para darme vuelta.

Cargamos nuestras cosas… y dos bidones más de combustible.

No por exceso de previsión.

Por necesidad.

Porque este vuelo no admite errores.

No hay pistas intermedias.

No hay desvíos. No hay plan B.

Hay una sola dirección… y una sola oportunidad.

Me tocó despegar este tramo a mí.

Y lo supe incluso antes de alinear el avión:

con ese peso extremo y el wind shear que cruza la mitad de la pista, no habría margen para una corrección tardía.

Aceleré suave. Muy suave.

No "llamé" al avión.

Lo dejé correr. Esperé.

Cuando comenzó a flotar, lo mantuve pegado al suelo.

En efecto suelo aceleró rápido… 100… 105… 110…

Pasé el límite de pista a solo tres metros de altura.

Y entonces vino el abismo.

La pista termina en un risco vertical.

No hay transición.

No hay margen visual.

Solo aire.

Entré directamente al vacío.

El viraje lo hice mínimo, casi con pudor, y apunté al oeste.

En ese instante Barry me dijo, con una calma que solo dan muchos años de vuelo:

—¿No vamos a dar una vuelta a la isla?

Lo miré un segundo y contesté:

—¿Para qué?

Ya está.

Al agua.

[…]

El vuelo se volvió mecánico.

Transferencias cada quince minutos.

Chequeos constantes.

Miradas cortas.

Pocas palabras.

Hasta que, cinco horas después, Barry rompió el silencio:

—Carlos… la indicación de combustible no sube cuando transferimos.

El tiempo se frenó.

Miré el indicador.

Miré la bomba.

Miré el reloj.

Si no estaba pasando combustible…

no llegábamos.

Entonces miré la manguera que pasaba justo a mi lado.

Encendí la bomba.

La manguera… se infló.

Ahí respiré.

El combustible estaba pasando.

Durante horas no vimos nada.

Nada.

Solo agua.

Horizonte.

Silencio.

Después de ocho horas sonó el teléfono satelital.

—¿Ya ves la costa? —me preguntó, emocionado.

Le contesté sonriendo:

—Amigo querido… vos estás acostumbrado a volar el Epic a 30.000 pies.

Yo vengo a 2.000.

Desde acá vemos hasta los peces voladores.

Y recién a 18 millas apareció.

Una línea. Tenue. Increíble.

La costa de Recife.

La alegría fue silenciosa.

Profunda.

De esas que no se gritan.

Trece horas y media después, corté motor.

Y cuando abrimos la carlinga y sentimos el aire fresco por primera vez…

entendimos algo simple y enorme al mismo tiempo:

No todos los viajes son para llegar.

Algunos son para comprobar

de qué estás hecho.

El aterrizaje en Recife marcó el final del tramo más extremo del recorrido. Bajaron del avión después de 13 horas y media sin poder moverse, exhaustos, con una foto improvisada que registra ese instante inmediato al apagado del motor. "Cuando dejás la costa pensás muchas cosas, pero lo único que no tuve jamás es miedo", dice.

 

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD