La noche de edición número 84 de los premios Oscar quedará en la historia como la más enrarecida de las fiestas organizadas por la Academia de Hollywood, una sensación que a la vez se transmitió a los muchos millones de telespectadores que la siguieron en todo el mundo.
Algunas frases sonaron corrosivas, como las referidas a la quiebra de Kodak, auspiciante del evento hace casi una década y principal respaldo para la construcción del auditorio vecino al viejo Teatro Chino, donde hace décadas astros y estrellas iniciaron la costumbre de estampar sus huellas en cemento fresco.
Los productores eligieron como principal número musical a un grupo canadiense“El Cirque du Soleil” que hizo su performance acrobática cargada de nostalgia, recreando con mímica el cada vez menos frecuente ritual de ir a ver cine en los cines, que la misma industria se encargó de liquidar con salas cada vez más pequeñas.
Y finalmente se hizo la suma de los premios y la conclusión es que Hollywood está irremediablemente en baja, porque el filme que se llevó los mejores premios no fue la aparatosa “La invención de Hugo Cabret”, de Martin Scorsese, sino la sencilla pero no por eso menos compleja “El artista” que, además, es francesa.
Si, la ganadora fue una película francesa que se atreve a recrear el viejo y glorioso Hollywood a la perfección, mientras que otros ocho filmes del auténtico Hollwyood, hablados en inglés, se llevaron un solo premio cada uno, para no irse con las manos vacías, tal como le ocurrió al ya muy laureado Steven Spielberg.
Mientras “El artista”, de Michel Hazanavicius, embolsaba cinco de los mejores premios (película, director y actor, música y vestuario), el de Scorsese se llevaba igualmente cinco, pero solo “técnicos’”, a saber: mejor fotografía, efectos visuales , sonido y edición de sonido y dirección de arte, un reparto que en Hollywood se lee ‘‘fracaso’’.
‘‘La dama de hierro’’, que es una película británica, se llevó dos premios, y el caso de Meryl Streep es muy significativo ya que en las ternas fue ‘‘liberada’’ de competir con Berenice Bejo, que curiosamente fue condenada a pujar en el rubro secundario cuando su papel era con toda claridad un protagónico.
La crisis es real, y se manifiesta en el vacío de un cine que es solo envoltorio y que cuando no lo es, no logra trascender el momento, es más de lo mismo, la idea rectora de que los esquemas ya probados pueden y deben repetir respuestas de público.
La pregunta es: si el cine cambia al mismo tiempo que Hollywood sólo demuestra tener capacidad de recaudar utilidades, la mayor parte de las veces sin calidad, recurriendo a espejitos de colores, ¿qué futuro le espera al cine como arte-industria?
Y si no se puede ver con claridad el futuro del cine, menos todavía se puede predecir qué significarán los premios Oscar como máxima aspiración de actores y cineastas dentro de algunos años, cuando el peso de las obras sea todavía más efímero que ahora.
Nadie hubiera pensado hace cinco o seis años que la megaempresa Kodak sería volteada por los cambios tecnológicos, al igual que el protagonista de “El artista” cae cuando los actores tuvieron que empezar a hablar en cine que dejaba de ser pura expresividad.
El ejemplo resulta paradójico: un filme mudo y francés triunfa en un momento en el que todo lo propio y el artificio es vendido como lo mejor e incluso aceptado por los más veteranos, un momento en el que la confusión parece ganar ventaja sobre las certezas.
En verdad la ceremonia de los Oscar resonó casi como a un grito de auxilio, una forma de llamar la atención parecida a la del personaje de Jean Dujardin en ‘‘El artista’’, cuando prende fuego a sus películas y casi muere en el incendio. “Estamos aquí, vengan a rescatarnos”, parecen exclamar los más conscientes con sus actos, un llamado que los consagrados hacen a los más jóvenes, porque ellos son los auténticos dueños del futuro, los que pueden retomar el camino.
 

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