La legendaria banda británica Duran Duran ofreció el viernes más de veinte canciones durante dos horas en el estadio Luna Park, durante un recital que combinó intensidad estridente y alegría desbordada, dos cualidades que signaron la música de la década del 80.
En su quinta visita al país, los cuatro muchachos salvajes, miembros originales de Duran Duran, John Taylor (bajo), Roger Taylor (batería), Nick Rhodes (teclados) y el histriónico Simon Le Bon en voz, junto al guitarrista Dominic Brown, otorgaron una impronta festiva a la velada, sin renegar de cierta oscuridad subrayada por acordes metálicos rockeros.
El romance entre la banda y el público argentino es fuerte y sigue intacto a cuatro años de su última visita, de ahí el fervor con que fueron coreados y bailados los hits “Before de the rain” tema que inauguró el show- “Planet Earth” o “Wild Boys”, siempre con un sonido impecable.
El viaje estético a la década del 80 que propuso la banda desde el comienzo del recital fue una travesía musical que por momentos sonó como aquel genial David Bowie de “Héroes” y en otras ocasiones logró transportar a los fans hacia acordes similares a los de Giorgio Moroder o Simple Minds.
El grupo demostró una vez más gozar de la vigencia propia de un ícono clásico con toques vintage, pero dotado de rigor profesional y con ganas de no perder conexión con los sonidos del presente, enfatizados por la intensidad del saxo de Simon Willescroft y la tribal percusión de Dawne Adams.
La presencia de las luces, sus juegos y colores fueron un elemento protagónico en el estadio cubierto -donde Duran Duran tocó ayer por primera vez-, capaz de acentuar la fuerte presencia escénica de los músicos, especialmente en temas como ôSomething“ o la bella ôSave a prayer“.
La sensualidad propia de los clips de Duran Duran que engalanaron la pantalla de MTV por años tiene en la corista Anna Ross una fiel representante, que brilló al compartir con el cantante una conmovedora versión de “Ordinary World”, en memoria de Adam Yauth, de los Beastie Boys y dedicada a todas las almas que lloran a un ser querido.
La complicidad íntima establecida entre Simon Le Bon y su público dispuesto a celebrar el ritual del revival ochentoso signó la velada, y él la alimentó con diversos gestos festivos para confirmar que el viaje musical se desarrollaba entre viejos y queridos amigos, de más de treinta años.

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