“No pretendo ser imparcial porque no me creo, como algunos colegas, por encima de nadie como para convertirme en juez inapelable de un imaginario tribunal de la historia. Pero creo que la tarea del historiador, que consiste en la interpretación de los procesos históricos, debe servir para aportar la mayor cantidad de elementos de análisis sobre un período determinado para ayudar a que cada vez más gente pueda sacar sus propias conclusiones”, dice Felipe Pigna en el prólogo de su quinto volumen de “Los mitos de la historia argentina”. Esto se logra, entiende él, resaltando tanto aciertos como errores; avances y retrocesos.




En este nuevo libro, el polémico historiador que -según miden las editoriales- logró “darle rating” al estudio de la historia argentina, repasa los hechos desde la caída de Perón y la proscripción del peronismo hasta el golpe militar de Onganía. Se trata de una década (1955-1966) de fuertes conflictos políticos y sociales, enmarcada en hitos mundiales como la Guerra Fría, los movimientos de descolonización, la Revolución Cubana, la guerra de Vietnam y la irrupción de los jóvenes como protagonistas de importantes cambios de paradigma. Un tiempo convulsionado que arroja luz sobre ciertos discursos y ciertos antagonismos de la Argentina actual.

El Tribuno dialogó con Pigna poco antes de su presentación ayer, en el Hotel Alejandro I. El historiador puso a consideración “Mitos 5”, en el marco del ciclo “Primavera Planeta”, organizado por ese grupo editorial y por el Banco Hipotecario. La serie de charlas entre autores y lectores culminará el sábado 23, a las 19, con la presentación de “Medianoche en Buenos Aires”, de Gabriel Rolón y Teresa Castillo. 

Para el quinto volumen elegiste el período correspondiente a la llamada Revolución Libertadora (1955-1966) ¿Qué sucesos justificaron esta denominación?

El uso del termino libertador remite en la historia nacional a dos hechos puntuales: las campañas de San Martín contra los realistas y la de Urquiza contra Rosas, además de remitir en este caso a la liberación de Europa por parte de los aliados de los países que habían soportado el nazi-fascismo. Pero es evidente que el golpe cívico-militar de septiembre de 1955 no fue una revolución y no tenían un afán libertador, si recordamos que uno de sus jefes, el contralmirante Rial le dice a un grupo de obreros que esperaban para ser atendidos por el presidente de facto Eduardo Lonardi: “Sepan que la Revolución Libertadora se hizo para que el hijo del barrendero muera barrendero”.

¿Encontrás similitudes entre el marcado antagonismo que existía en la sociedad argentina de la década que recortás en tu libro con el antagonismo actual?

Sí, en la medida en que hay antagonismos no superados. Creo que hay un reagrupamiento del bloque de poder y sus voceros de un carácter muy similar al de la Unión Democrática de 1945 y se reforzaría casi con los mismos cuadros en 1955.

Desde el punto de vista de la historia, el pasado nunca está concluido y cerrado, ¿qué hechos de 1955 al 1966 permiten comprender puntualmente algunas circunstancias actuales?

Hay dos procesos que considero fundamentales que se van desarrollando a partir de 1955. Uno, el maridaje entre el poder económico ultraliberal y el poder militar que sigue curiosamente declarándose nacionalista. Los gobiernos civiles y militares del período, con excepción de el del doctor Arturo Illia, eligen para manejar las políticas económicas y sociales a los fundamentalistas del mercado, personajes como Alvaro Alsogaray, José Alfredo Martínez de Hoz y Krieger Vassena, entre otros, son designados ministros de economía en este período y requieren y obtienen por parte de los militares carta blanca y la puesta en marcha de planes represivos contra el movimiento obrero y todo tipo de disidencia. Tal el caso del plan Conintes aplicado durante la estadía de Alsogaray en el Ministerio de Economía, durante el gobierno de Frondizi. La otra lección que deberíamos obtener es que no se puede ni se debe proscribir a las mayorías populares como se hizo desde el absurdo decreto 4161 de 1956, firmado por Aramburu y Rojas, con el que pretendieron borrar de la historia al peronismo provocando el efecto contrario: el surgimiento de una potente resistencia peronista.

¿Cómo definirías lo que es un mito en el terreno histórico?

Un mito es una construcción histórica a partir de un hecho o un proceso real. Existen por ejemplo mitos fundantes, lo que Nicholas Shunway llama ficciones guiadoras, utilizadas por las elites para conducir una etapa compleja de la historia de un país. El cita el ejemplo de “la ficción pueblo” durante la Revolución Francesa. La burguesía necesitó construir esa ficción para legitimarse en el poder aunque, claro, no estaba en sus planes concretar las reales aspiraciones populares sino usar esa alianza estratégica como contrapeso contra el poder de la aristocracia y la realeza.

Al ser una construcción, la historia se asienta en subjetividades. ¿Qué respondés a quienes consideran que tu posición desmitifica ciertos episodios y personajes pero mitifica otros?

Creo que lo que dicen eso no han leído mis libros. Me pasa mucho que tengo críticos que no me han leído y hacen sus comentarios por lecturas de solapas o a partir de comentarios de terceros, algo muy poco académico. Creo que mi obra se ocupa de desmitificar y no de construir nuevos mitos.

¿Las escuelas, institutos terciarios y universidades siguen contribuyendo a la mitificación o considerás que eso está cambiando?

Hay de todo, como en botica. Coexisten excelentes universidades con criterios históricos modernos, agiornados, inclusivos, y otros institutos de formación que siguen pautas tradicionales. Lo bueno que ha ocurrido en los últimos años es que se ha generado una interesante demanda de parte del estudiantado y de la comunidad educativa en general en procura de otro tipo de enseñanza de la historia. Se ha avanzado mucho pero todavía falta bastante.

Algunas voces dicen que el gobierno actual es lo mismo que la dictadura. ¿A qué lo atribuís?

No me merece el menor respeto esa aseveración temeraria y a todas luces falsa, sobre todo cuando proviene de gente que vivió la dictadura y sabe que están mintiendo al decir semejante barbaridad. Es una mentira insostenible que cae ante un solo argumento: si viviéramos en una dictadura ellos no podrían decir todo lo que dicen. Saben que es una falacia y que pueden incluso calumniar sin ningún riesgo para sus personas. Durante la dictadura hubo casi un centenar de periodistas desaparecidos cuya memoria merece respeto.

También se afirma que ciertas políticas sociales están destruyendo la cultura del trabajo. ¿Es una percepción que tiene cierta antigedad en nuestra historia o es sólo actual?

Esa frase es una coartada de los sectores dominantes frente a cualquier avance popular que, lamentablemente, repiten muchas veces sin razonar nuestros sectores medios. Tiene que ver con el reparto de la renta: no quieren que ni un centavo se destine a planes sociales o a inversión. Por otra parte, los seguros sociales incrementan en el mercado laboral el salario básico más allá del mínimo, entonces la acusación más frecuente es que “la gente no quiere trabajar”, frase incompleta a la que habría que agregar “por una miseria”.

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