Sin duda, los salteños éramos distintos hace medio siglo y las fiestas de fin de año también. Los vates se inspiraban, los chicos enviaban cartas a los Reyes Magos, los comerciantes hacían regalos a sus clientes y las librerías se transformaban en sitios harto peligrosos. Así por ejemplo, la desaparecida librería Sarmiento, publicaba avisos que hoy harían tiritar al mismo doctor Chagra Dib. Prometía un “­Fantástico bombardeo...! comprando allí por una bicoca, cañitas voladoras, chispeantes, terribles petardos, poderosos rompeportones, cohetes Hon-Kong, luces de bengala, baterías de repetición de 16 tiros, fósforos explosivos, pistolas con bengalas, bombas de estruendo y de superestruendo, tan grandes como una botella de sidra. También, helicópteros explosivos, ruedas giratorias, estrellitas y, por último, los temibles y tan amados “buscapiés”, que siempre iban a parar a las extremidades inferiores de las abuelas o las tías más veteranas. Otro tanto publicaba “La Atómica”, casa que en Salta llegó a tener el arsenal más surtido de cohetes y explosivos. Su nombre lo dice todo.

Los regalos

Para fin de año los comerciantes se ponían exquisitamente obsequiosos. Regalaban abanicos o pantallas, fuentes de cristal, estatuillas de bronce, relojes despertadores, cortaplumas, ceniceros, encendedores, cigarreras, centros de mesa... y por supuesto, todo con su correspondiente propaganda. Recuerdo que en mi casa había un cenicero redondo de baquelita marrón en cuya parte superior tenía grabado “Tienda La Mundial - Boulevard Belgrano y Bartolomé Mitre - Salta”.

Lo que nunca faltaban eran los almanaques que algunos comercios enviaban al domicilio de sus “más distinguidos clientes”. Los remitían con una tarjeta de salutación que era un verdadero lujo.

Las vidrieras

Tal como todavía se acostumbra en otros países, algunos negocios arreglaban sus escaparates con motivos navideños. Y para incentivar esta actividad, la Comuna organizaba concursos de vidrieras alusivas. Casi siempre concursaban los principales comercios del centro, como las tiendas El Guipur, La Tropical, Casa Heredia, La Argentina y La Mundial. También lo hacían algunas librerías como la San Martín, Pascual, El Colegio y El Estudiante. En sus escaparates, los concursantes se esmeraban para presentar el mejor pesebre o el más bello arbolito de navidad que por entonces se iluminaba con románticas velitas de estearinas de colores colocadas en sus respectivos “portavelitas”. En ambos casos, en pesebre y arbolitos, no debían faltar la estrella de Belén, la nieve y los Reyes Magos, los personajes preferidos de los niños.

Los Reyes Magos

Hace unas décadas, el Niño Dios no era tan obsequioso como ahora y quizá por eso abundaban las vidrieras con Reyes Magos que día a día se iban aproximando al pesebre de Belén. Ese acercamiento incentivaba a los chicos para que escribiesen sus cartas a los tres magos que domiciliaban en el cielo. Y la historia cerraba cuando los niños veían a la puerta de los negocios de juguetes y rodados, grandes urnas con carteles que decían: “Niño: deje aquí su carta a los Señores Reyes Magos”. Se veían esas urnas a la puerta de casa como Virgilio García, Francisco Moschetti, Casa Fernández, Casa Nueva York o Casa Altobelli, entre otras menos conocidas.

Los cohetes

En diciembre, los changos ya comenzaban a hacer ruido con cohetes y tornillos para sufrimiento de viejas, gatos y perros. Cualquier almacenero vendia cohetes, especialmente los “fósforos”, que eran los primeros en salir a la venta. Cuando llegaba la primera partida de “fósforos”, lo primero que hacían los almaceneros del barrio, o de los pueblos, era enviar a sus hijos, sobrinos, nietos o a cualquier changuito amigo, para que tirara cohetes en la plaza a la vista de otros changos. Una vez que esto sucedía, el comerciante comenzaba a vender su mercadería y los changos a atronar con los cohetes hasta los primeros días de enero.

Pesebres

Diciembre también indicaba el camino del pesebre que inexorablemente debía se ramaba el 8, el día de la Virgen del Valle. Días antes los changos rumbeaban para el cerro o a las acequias, para buscar musgo, helechos, piedras de colores, flores del aire y caracoles. Todo para adornar el pesebre. Después se quedaban mirando cómo las hábiles manos de sus madres daban forma a la misteriosa casita de Belén. Y así quedaba hasta que la noche del 24, cuando volvían de la Misa de Gallo, apurados por instalar al Niño en el pesebre, encender la estrella y comenzar la tan esperada guerra de los cohetes.

Música y baile

La música y los bailes siempre fueron parte de las fiestas de fin de año. Los sellos discográficos aprovechaban estas fechas para lanzar los éxitos del carnaval venidero. Así por ejemplo, en las fiestas de 1953, Casa Moschetti, de Caseros al 600, ofrecía los siguientes temas en discos de 68 revoluciones: “El Choclo y Malena” por Aníbal Troilo; Enrique Rodríguez con dos temas: “Tango argentino” y “No te mires en el río”. Tito Martín y su orquesta, con los tangos “Magdala” y “Sábado inglés”. Hugo Díaz y sus changos: la polka “Isla Saca” y la zamba “Engañera”; Fraga Jouvet con dos éxitos del momento: el fox “Viejo París” y la conga “Para Vigo me voy”.

Pero no nos olvidemos de los bailes. Así por ejemplo en 1953, el Club Rivadavia invitaba después del brindis, al gran baile social en Síria 49. En un “ambiente familiar” iban a animar la fiesta dos orquetas: la “Típica Pampa” y la “Jazz Morgan”.

 

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