Los primeros cinco meses de 2013 poco se parecen a los pronósticos que hacia fines del año pasado dominaban el mercado. De un escenario esperado de aceleración de la actividad, de la mano de una cosecha récord, precios internacionales elevados y una economía brasileña finalmente creciendo a buen ritmo a este panorama de lenta expansión en el que las señales se entremezclan, las diferencias son evidentes. Poco a poco, 2013 se parece cada vez más a 2012, lo que no es justamente una buena noticia.

Pero esto tampoco debería ser motivo de tanta sorpresa. En una economía como la argentina, inmersa de lleno nuevamente en un ciclo de stop-and-go, en la que la suerte y no otra cosa determina la tasa de crecimiento, este tipo de cambios no deberían llamar tanto la atención. Y si a ese deterioro de las variables externas agregamos una política económica que no hizo (y hace) más que generar incertidumbre, el escenario del inicio del año es casi obvio.

La economía argentina sigue así cumpliendo al pie de la letra con los pasos que caracterizan a un ciclo de stop-and-go. Luego de una fase del ciclo de crecimiento muy larga, mucho más extensa que en el pasado (quizás la diferencia más marcada con las experiencias de las décadas anteriores), la restricción externa volvió a pesar y, como resultado, el crecimiento se fue apagando poco a poco.

Clave

La clave para que los dólares vuelvan a ser escasos fue sin dudas el sector energético, que revirtió su saldo positivo en materia de comercio exterior hasta ser deficitario, de la mano de una política regulatoria y tarifaria equivocada. Así, incluso con precios de la soja en niveles elevados y con una cosecha muy buena (aunque no haya alcanzado el récord que se esperaba), la sensación de que faltan divisas domina la escena. Una situación que roza con el absurdo, si además incluimos en el análisis que los mercados emergentes en general y las economías latinoamericanas en particular se enfrentan a un problema diametralmente opuesto, en el que la abundancia de dólares y las presiones apreciatorias sobre sus monedas son la regla. Y que Argentina no posee un fuerte déficit de la cuenta corriente de la balanza de pagos (que en cambio está equilibrada), como ha sido la norma en ciclos de este tipo en Argentina en el pasado.

Por tanto, podemos afirmar sin riesgos de cometer una gran equivocación que tener que lidiar con la restricción externa es un problema autoinflingido. En otro contexto, con una política económica menos errada, sería impensado estar hablando de este tema nuevamente.

A esto se suman expectativas de devaluación desatadas, que se reflejan en un dólar blue que ha consolidado una brecha con el tipo de cambio oficial muy elevada, dando muestras de que domina la sensación de que la divisa norteamericana escasea (o, lo que es lo mismo, que sobran pesos). Además, la caída de la inversión es un hecho, mientras que las señales del consumo son mixtas. Así, empiezan a consolidarse los signos de estancamiento que se iniciaron el año pasado, con los primeros efectos sobre el empleo: en la industria se recortan horas trabajadas, en la construcción se destruyen puestos de trabajo, y el resto de los sectores privados hace rato que no crea nuevos, dejando al sector público como el único encargado de contrarrestar esta situación. En el caso particular de la provincia de Salta, el empleo ya comenzó a resentirse el año pasado, con una caída de la ocupación del sector privado registrado de 1,3% interanual, producto principalmente de lo sucedido en la segunda mitad del año cuando cedió 2,6%.

En este marco, el Gobierno ha elegido el camino de la represión, que se ha traducido en un cambio de régimen en materia de política económica, que es la norma desde la que se ha instalado el cepo cambiario a fines de 2011. Se administran las importaciones y se restringe el acceso de los dólares por parte del sector privado para otros usos (como atesoramiento o remisión de utilidades y dividendos), mientras que se intenta solucionar el problema del atraso cambiario con una aceleración del ritmo de devaluación por parte del Banco Central, intento inútil si no se hace al mismo tiempo el esfuerzo por controlar la inflación. De esta manera, se apuesta un pleno a la suerte. Apuesta que por el momento no ha sido muy gratificante para el Gobierno, si consideramos la aparición del desempleo como tema de debate y que resurge entre las encuestas de opinión, junto con otros problemas económicos como la inflación, la caída del poder adquisitivo, etc. Todo en un año clave en materia política.

De todos modos, las perspectivas para lo que queda del año son tímidamente mejores que lo que pasó en estos cinco meses. Los intentos de las autoridades por reactivar el consumo a través de múltiples medidas y el cierre de una gran parte de las paritarias (dando una solución al problema de precios de 2013 con sueldos de 2012) seguramente tendrán efectos sobre el nivel de actividad. Pero lejos estará la economía de mostrar números importantes y, por ende, de empujar los votos oficiales. Así, lo que viene parece iluminado por luces amarillas.

En Salta

En el caso de la provincia de Salta, la elevada volatilidad macro y las restricciones impuestas desde la política económica (principalmente como consecuencia del cepo cambiario) seguirán afectando la marcha de la actividad, especialmente en los sectores proveedores de servicios como el comercio y el turismo.

Mientras que para las economías regionales como el azúcar o el tabaco, la clave continuará pasando por la pérdida de competitividad por el incremento de costos, en un contexto en que el clima no se presentó tan benigno como se auguraba en principio.

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