Aristóteles fue un adelantado a su época como todos sabemos. Sin embargo, como pocos lo estudian a fondo, se desconoce el real alcance de su obra, y cuánto ha influenciado a la política, la sociedad e incluso al cristianismo.

Es inútil: cada vez que uno trata de innovar, de leer autores contemporáneos en las más diversas ramas, desde las neurociencias hasta la economía... Aristóteles se levanta cual faro en un mar embravecido.

Pocas cosas se dijeron que el filósofo de Estagira no lo haya dicho con la precisión de un cirujano: la crítica a la “República” de su maestro Platón es una crítica a todo sistema comunista posterior (¿Marx lo habrá leído en detalle?). El cuestionamiento sobre la propiedad privada, el destino universal de los bienes, la falsa dicotomía entre “lo estatal o lo privado”, Aristóteles lo trata en el Libro II de la Política.

Es que el más grande de los filósofos de la Antigedad sale del paso con frases que hoy deberíamos conocer y estudiar un poco más. Quizás si les diéramos a nuestros políticos una lectura seria del maestro de Alejandro Magno nos ahorraríamos muchos dolores de cabeza que padecemos como sociedad. Hasta podríamos hacer una campaña bajo el slogan:

“­Primero Aristóteles, después la política!”

Vayan algunos “botones de muestra”: “Los elementos que han de constituir una ciudad tienen que diferir cualitativamente. Por eso la igualdad en la reciprocidad es la salvaguardia de las ciudades (...) ya que esto tiene que darse aun entre libres e iguales”. (Política, 1261a)

Para que haya reciprocidad, debe haber igualdad antes... y sin reciprocidad la ciudad tambalea.

Término caro a las posturas económicas que fundamentan el orden y el progreso social en lo público y lo privado, pero unidos en una actitud de gran respeto a la naturaleza humana: la reciprocidad, la capacidad de donación, que en definitiva es el amor.

En palabras de Aristóteles: “Creemos, en efecto, que la amistad es el mayor bien de las ciudades (puesto que puede ser el mayor remedio para las sediciones)”. (Política, 1262b).

El amor como fuerza que mueve el mundo. El amor que une. El término griego para la unidad de la ciudad es "filía', no "agápe', ni "eros', que son las otras palabras griegas para el término "amor'). Porque esta “unidad se considera generalmente obra de la amistad”. Reflexionar sobre esa sola frase ya es algo. ¿Verdad?

Los sistemas económicos que se independicen de esta "filía' (amor de amistad) y caigan en meras ciencias duras de estadísticas o ideologías, terminarán en regímenes tiránicos e injustos. Porque una sociedad es más que la suma de sus partes. De allí que la economía debe contemplar todas las variables: partiendo del hombre y sus necesidades, hasta la distribución de las riquezas (“la pobreza engendra sediciones y crímenes” en 1265b). La economía al servicio del hombre, la economía que parte de lo que es justo o injusto. La economía ligada de suyo a la moral.

En este punto: ¿es el capital el peor mal de la humanidad? Por supuesto que no. Porque "dos cosas son sobre todo las que hacen que los hombres tengan interés y afección: la pertenencia y la exclusividad" (Política, 1262b). Lo propio y lo común. El afán de lucro moviliza, enciende, llama a progresar. El capital es esa fuerza que nos impele a querer estar mejor. Y, según el estagirita, el lujo y lo que trae consigo es producido por la "liberalidad', y eso es bueno, porque genera riquezas, y la riqueza es un bien para la sociedad. Pero para que no sea fuente de injusticias, debe darse también junto a la "moderación'. Porque a la capacidad de donación, de reciprocidad que tiene la naturaleza humana se le agrega también el placer que genera el tener algo como propio. Dice Aristóteles: "Se censura con razón el egoísmo, pero éste no consiste en amarse a sí mismo, sino en amarse más de lo debido, igual que cuando se trata del amor al dinero, ya que todos, por decirlo así, amamos todas estas cosas. Por otra parte, no hay cosa más agradable que obsequiar o ayudar a nuestros amigos, huéspedes o compañeros, y eso solo puede darse si la propiedad es privada' (Política 1263b).

El mensaje evangélico de la pobreza trasciende la visión aristotélica, claro está, pero a la vez se funda en ella: el amor al prójimo es capaz de vencer el egoísmo y moderar mi liberalidad para el consumo. Es el llamado cristiano a la autoeducación, a fijar la mirada en el otro lo que me hace crecer, lo que me llena, lo que me trae en definitiva la felicidad.

Pero la discusión está en el ambiente: si el sistema capitalista es bueno o malo, si está "endemoniado' o el hombre lo estigmatiza acentuando sólo una parte. Lo cierto es que la ética aristotélica sigue estando vigente: el equilibrio, la moderación, debe ser una búsqueda constante en el corazón del hombre. Porque es muy fácil caer en los extremos, pero es propio de un gran arquero dar en el blanco.

El justo medio entre lo privado y lo público debería atender a la naturaleza humana: contemplando el afán de lucro y fomentando el uso público de los bienes comunes respetando la capacidad de donación que tenemos todos los hombres.

Reciprocidad, relacionalidad, capital, afán de lucro, liberalidad y moderación. Conceptos que bajo el prisma aristotélico nos dicen mucho más que los slogans políticos al que nos acostumbramos. Por eso... no será tan "marketinero', pero seguro que el filósofo tiene mucho más para enseñarnos que cualquier político de la actualidad.

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