En junio pasado se cumplieron 50 años de la aparición de una de las novelas más importantes del siglo XX: "Cien años de soledad" de Gabriel García Márquez (Gabo o Gabito, el hipocorístico de su infancia en la legendaria Aracataca, Colombia). La Editorial Sudamericana de Buenos Aires tiene el honor de haber publicado por primera vez la célebre obra, considerada por la crítica como el nuevo Quijote. En los primeros días del mes de junio de 1967, el libro agotó los 8.000 ejemplares iniciales y pronto siguieron miles y miles.

Una anécdota cuenta que Gabriel García Márquez junto a Tomás Eloy Martínez, en Buenos Aires, vieron cómo una señora llevaba el libro en la bolsa de compras de la verdulería, lo que indicaba sin duda una recepción masiva.

Luego llegaron las traducciones. Primero al francés, luego al inglés (en la extraordinaria versión de Gregory Rabassa, traductor también de Cortázar, Jorge Amado y Vargas Llosa), al alemán, al italiano y portugués, después al checo, danés, serbocroata, húngaro, sueco, noruego, japonés, ruso y chino. En la actualidad "Cien años de soledad" ha sido vertido a casi 50 idiomas, inclusive el esperanto.

En 1972, el libro recibió el Premio Rómulo Gallegos y en 1982 el Premio Nobel otorgado a su autor, extendió su fama en todo el mundo. Precedido por "Ojos de perro azul" (1947), "La hojarasca" (1955), "El coronel no tiene quien le escriba" (1961), "La mala hora (1962), "Los funerales de la Mamá Grande" (1962), "Cien años de soledad" constituye el núcleo de la producción de García Márquez.

En él se leen el mito, los nombres, los símbolos, la anécdota, que se entrama en los textos que siguen como "Isabel viendo llover en Macondo" (1968), "La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada" (1972), "El otoño del patriarca" (1975), "Crónica de una muerte anunciada" (1981), "El amor en los tiempos del cólera" (1985), "El general en su laberinto"(1989), "Doce cuentos peregrinos" (1992), "Del amor y otros demonios" (1994), "Memoria de mis putas tristes" (2004), memorias, testimonios, crónicas periodísticas y guiones cinematográficos.

Si el Quijote se encuentra en el corazón de la narrativa moderna universal, desde Balzac a Flaubert y Proust, desde Dostoievski a Joyce, Kafka y Nabocov, no es menos cierto que "Cien años de soledad" representa no solamente el territorio de la literatura latinoamericana, sino que su lectura abarca el mundo entero.

El universo y la aldea

Carlos Fuentes había señalado el devenir mítico y simbólico del libro, en el que se leen las instancias bíblicas del Génesis, Éxodo y Apocalipsis, momentos que configuran un entramado donde se instala la dinastía que viene de otras dinastías a través de nombres latinos (Aureliano, Úrsula), griegos (Arcadio, Amaranta) y hebreos (Melquíades, José, Rebeca) que actúan el devenir novelesco en un tiempo que es el tiempo sin tiempo de la memoria y la desmemoria de las generaciones sobre la tierra.

Novela de nombres, como toda gran novela, "Cien años de soledad" es la novela de José Arcadio Buendía, de Ursula Iguarán, de Amaranta, de José Arcadio, de Arcadio, de Aureliano, de Aureliano José, de Rebeca, de Remedios, de Amaranta Úrsula, de Pilar Ternera, de Petra Cotes, de Pietro Crespi, de Gerineldo Márquez.

Novela de nombres, como "Crónica de una muerte anunciada" (1981) que es la novela de Ángela Vicario (nombre extraído de la onomástica católica que recuerda al bello e itálico nombre de Beatriz Viterbo del cuento "El Aleph" de Borges), Bayardo San Román, Santiago Nasar y los gemelos Pedro y Pablo Vicario, o "El amor en los tiempos del cólera" (1985) que es la novela de Fermina Daza, Florentino Ariza y Juvenal Urbino. Nombres que presentifican a Roma, Grecia, lo germánico y medieval y lo árabe. Novelas de nombres, como "Don Quijote" o "Madame Bovary" o "Ana Karénina" o "Eugenia Grandet" o "Los hermanos Karamazov".

El Universo

Bautizar a los personajes: gran desvelo del novelista. Macondo es el universo; el linaje de los Buendía transcurre mientras las lluvias torrenciales, las lagartijas, las culebras, las palabras, el olvido, el amor, la violencia, las revoluciones y levantamientos, la vida y sobre todo la muerte anunciada desde el nacimiento determinan a padres e hijos en una progenie que es la repetición marcada por el primero, ese anciano gigante, fuerte como un toro, ese Sansón enloquecido, como el Sansón bíblico, iracundo y capaz de vencer solo a decenas de hombres, que es José Arcadio Buendía, hasta el último, el pequeño vástago, hijo de una madre y un padre acuciados por la sombra del incesto y la culpa que será devorado por las hormigas mientras un huracán borra al pueblo y su memoria de la faz de la tierra.

Entonces el lector se encuentra con la reescritura del Génesis en la pareja fundadora, en su descendencia, en una Arcadia de la cual partirán en un Éxodo hacia una tierra que "nadie les había prometido", exilio a causa del asesinato del "otro", el rival, aquel Prudencio Aguilar, muerto con una lanza que le atravesó la garganta como a un Héctor homérico y seguir la historia en la genealogía de un pueblo caribeño, con sus leyendas, alegrías, triunfos, derrotas y penurias.

La historia de los Buendía y esa ciudad de espejos o espejismos que es Macondo, escrita por el gitano Melquíades en sánscrito, una de las lenguas más antiguas del indoeuropeo, texto donde se utilizaron las claves de versificación lacedemonias y del emperador Augusto, instaurador del imperio, fiel a los dioses y protector de las artes, se decodifica a través de las claves de lectura de la escritura de Melquíades.

Estas claves son universales, desde el remoto sánscrito a la evocación de París, de "Rayuela", del bebé Rocamadour y de Julio Cortázar entramada en páginas finales de la novela.

“Aureliano no podía imaginarlo entonces con el suéter de cuello alto que sólo se quitaba cuando las terrazas de Montparnasse se llenaban de enamorados primaverales, y durmiendo de día y escribiendo de noche para confundir el hambre, en el cuarto oloroso a espuma de coliflores hervidos donde había de morir Rocamadour” (p. 431, Hyspamérica, 1983).
 
El libro 
 
El occidente y el oriente en esa escritura/ lectura mágica que es la saga familiar de los Buendía, encuentra a sus lectores de carne y hueso que descifran el otro manuscrito, el que se teje con los sueños y las fantasías, la historia, la lengua que es el espacio de la memoria ancestral donde se sitúa el origen. El fin y el principio en la palabra misma, arqueología cultural, “Cien años de soledad”, es metáfora de la humanidad. Por eso su universalismo.
García Márquez fue a buscar las raíces de la cultura, la palabra primera, el tótem y el tabú, el latín, el sánscrito, idioma hijo y nieto del indoiranio, a su vez hijo y nieto del indoeuropeo, padre de las lenguas célticas, itálicas, germánicas y griegas donde nacen los idiomas románicos como el castellano que vino a situarse en esta parte del mundo para reunirse con las lenguas guajiras, quechuas, mayas, guaraníes, taínas, mapuches, en las que hablaba el continente llamado Abya Yala, antes de ser América.
Tal vez fue este mestizaje el que buscó a García Márquez para que lo escribiera, para que desde su Caribe natal evocara a los guajiros, a los negros esclavos, a la conquista, hecha con lágrimas, espada, misales y pétalos de rosa, con su corona de espinas y azahares, para que evocara y convocara a piratas, a virreyes, a guerreros de la independencia y sobre todo al amor y al deseo, capturados en la certeza de la muerte, como ya hemos señalado. 
Siempre la muerte, la posibilidad cierta de todos los textos de García Márquez, la protagonista, la definitiva dueña de la energía vital, de ese “Eros” que mueve a sus personajes, que avanzan como un torrente hacia su fin. 
Conciencia de la finitud humana, motivo y tema de todo el arte, su motor primero y último, eso es “Cien años de soledad”. Por esta causa, sus lectores pertenecen a todas las latitudes y todas las generaciones. 
 
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