Las campañas de Trump contra la prensa son un signo de la época

No hace mucho el presidente norteamericano Donald Trump difundió un mensaje digital donde, con un fotomontaje, aparecía en una pelea de ficción golpeando a un rival cuyo rostro era un letrero de la CNN. En un país que a lo largo de 242 años de independencia ha hecho de la libertad un valor liminar de su democracia, esa actitud, además de ordinaria, resulta inadmisible.

La Sociedad Interamericana de Prensa no deja de advertir su consternación por los ataques del mandatario.

Trump no tolera la crítica. Para los gobernantes cualquier información que no sea un aplauso es intolerable.

En este aspecto, curiosamente Trump se parece a la dinastía Castro, que procuró la alfabetización de los cubanos pero estableció un régimen de censura de libros y diarios que hubieran envidiado Savonarola y Torquemada. Trump no puede llegar tan lejos, pero le gustaría mucho que The New York Times y The Washington Post se convirtieran en Granma, el diario de La Habana, o en el "diario de Yrigoyen". Por eso cataloga a la prensa como "el enemigo del pueblo estadounidense". "Los medios de comunicación son el partido de la oposición", vocifera por Twitter. De ese modo, desde la Casa Blanca se esparce la misma sensación que transmitían Hugo Chávez, Rafael Correa y Néstor Kirchner, entre otros presidentes notorios.

¿Cuál es el límite?

"Las arengas políticas antiprensa, en las que se califica a periodistas y medios como cómplices de golpes de Estado, de atentar contra la democracia o verdaderos enemigos del pueblo, pueden generar peligrosos efectos colaterales", advierte el presidente de la SIP, Gustavo Mohme.

"No puede resultar cómico que el presidente incite a la violencia contra periodistas y medios" expresó Roberto Rock, director del portal mexicano de noticias La Silla Rota.

La violencia contra el periodismo es la respuesta de la impotencia, del temor o del autoritarismo. En México, como en Colombia, los narcos se ensañan con los reporteros; el terrorismo islámico en sus diversas versiones protagonizó hechos de horror, como el asesinato del caricaturista holandés Theo Van Gogh, en 2008; la masacre de Charly Hebdo en París, en 2015, o la condena a muerte (nunca concretada) del ayatollah Khomeini contra el escritor Salman Rushdie, simplemente porque no le gustó el libro "Versos satánicos".

En la Argentina, José Luis Cabezas fue asesinado en un crimen de sesgo mafioso, hace 21 años, en tiempos en que el periodismo tenía constantes roces con las figuras públicas.

Males en escala

La preocupación que transmite la SIP en sus advertencias tiene matices. En el centro de la agenda de la prensa del continente están los asesinatos de periodistas, que en algunas regiones son metódicos.

En segundo término, los ataques a los medios por la vía de la denegación de información, la hostilidad política, la persecución económica, las expropiaciones y las clausuras.

La diatriba de Trump y de otros mandatarios tiene un efecto especial: se denigra a un servicio esencial para la democracia. Se ataca a los medios en su credibilidad, se erosiona así su fortaleza informativa y se deteriora su sustentabilidad.

Es un daño serio, pero los medios profesionales, poco a poco, pueden sobrellevarlo si es que no pasa a mayores. El temor de fondo está en que no se sabe cuándo puede pasar a mayores.

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