Desigualdad e incertidumbre, causas de la crisis regional

Nuestra región, América Latina, atraviesa momentos de convulsión y enorme incertidumbre.

El violento estallido producido esta semana en Colombia muestra rasgos comunes con las crisis registradas en otros países del continente. Las protestas masivas y la resistencia contra el presidente Iván Duque se desencadenaron a partir de lo que se llama el "paquetazo", que incluye la eliminación del fondo estatal de pensiones, el aumento de la edad de jubilación y la reducción del salario para los jóvenes hasta el 75% del mínimo, entre otras medidas. A esto se añade el reclamo de mayor inversión en educación y formación universitaria. Por otra parte, hechos graves de represión policial y el retorno de la violencia en la región selvática donde opera la disidencia de las FARC multiplican el malestar contra el gobierno. Es un capítulo más de esta crisis sobre la que El Tribuno ha publicado elocuentes informes.

Nadie esperaba el estallido en Colombia, como tampoco en Chile o en Ecuador, donde las jubilaciones, el trabajo, el ingreso familiar y la educación generan demasiadas dudas entre los ciudadanos, dudas que alcanzan un rango existencial, porque crece el temor por el futuro propio y el de los hijos, y que por eso terminan manifestándose violentamente, con exasperación y sin líderes visibles. Quizá el testimonio más elocuente haya sido el que expresó Cecilia Morel de Piñera en una conversación privada. La esposa del presidente chileno le dijo a una amiga que "estamos sobrepasados", sugirió que deberían "resignar privilegios", describió la explosión en las calles de Santiago como "una invasión extranjera, alienígena" y pronosticó: "lo que viene es muy grave". Pero ese temor que toma por sorpresa a la elite chilena, como antes al gobierno de Lenin Moreno en Ecuador y ahora a las autoridades colombianas, es en realidad un fenómeno detectado desde mucho antes, en forma latente, por los dirigentes sociales que trabajan sin anteojeras en los barrios más humildes. En los tres países, los indicadores económicos y sociales venían ofreciendo resultados alentadores desde hace mucho tiempo, muy lejos de los índices de inflación y pobreza crecientes que soporta la Argentina. Sin embargo, las estadísticas no muestran que la gente se siente postergada, ignorada y sin esperanzas. No es cuestión de derechas o izquierdas. Cuba, Venezuela y Nicaragua representan otras tantas frustraciones del despotismo anacrónico, pero los gobiernos progresistas de Evo Morales, en Bolivia, y de Lula, en Brasil, con logros inéditos en la historia de sus países, también cayeron arrastrados por crisis institucionales y económicas que no pudieron manejar. Y en México, la segunda economía latinoamericana, el poder salvaje del narcotráfico es incontrolable y allí se suceden presidentes, modelos y fracasos. Es necesario ampliar la mirada y observar al mundo. La racionalidad occidental, que acumuló éxitos en Europa y EEUU durante la posguerra, sufre una tormenta que arrasa con naciones poderosas y así se producen fenómenos como el "brexit" de Gran Bretaña, los "chalecos amarillos" en Francia y la proliferación de populismos y de líderes antipolíticos, mientras que los partidos tradicionales pierden representación y vigencia. La cuarta revolución industrial, vertebrada por la tecnología más avanzada, la inteligencia artificial, modifica el escenario del planeta. La evolución de los robots amenaza al trabajo humano y proyecta un futuro donde solo tendrán acceso a los bienes económicos aquellos que cuenten con formación universitaria de excelencia y varios posgrados. Pero, además, el control de esa tecnología alienta en estos días una guerra diferente, entre las dos superpotencias, China y EEUU, que va a repercutir necesariamente en toda la "aldea global" del mundo. La ilusión del desarrollo sin fin dentro del capitalismo democrático, nacida en 1989 con la caída del socialismo soviético se desvaneció. Hoy, la incertidumbre impregna a las sociedades, pero cada persona la siente como propia; por eso, es una incertidumbre existencial. Frente a esto, los gobiernos y las dirigencias políticas deberán olvidar las viejas fórmulas y buscar la forma de generar confianza y sensación de pertenencia en los sectores populares, aunque para lograrlo sea necesario reinventar la política.

 

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