Xibil Bravo, la cocinera que tiene la misión de "reivindicar la hoja de coca en las comidas”

 Xibil Bravo es una mujer excéntrica con todo el valor del adjetivo pues se sale de cualquier lógica en su forma de ver la vida, la alimentación, la comida, la crianza de los niños. 

Ella es una cocinera peruana que utiliza la hoja de la coca como el núcleo duro de sus comidas, de sus bebidas, postres y hasta golosinas.

Nació en la ciudad de Lima el 14 de febrero de 1980. Es decir que la semana que viene festejará sus 39 años. Su infancia tranquilamente podría formar parte de alguna de las obras de Isabel Allende en donde lo real y lo mágico se entretejen en recuerdos con hilos de nostalgia y de una sonrisa.

Ella fue la menor de 4 hijos que tuvieron Jorge e Irma. La mamá de su mamá, Graciela, a la que llama “Mama Chela”, que disfruta sus 92 años, es el personaje central en el capítulo de su infancia. La “mamá grande” nació y vivió en un pueblito llamado Calca, cercano al Cuzco, ella toda una cholita de trenzas negras, largas y lacias. Allí se conoció con un “gringo” que se llamaba Teófilo, que vino desde muy lejos con el cual se casó y se la llevó a la capital del país incaico.

Cuando sus padres se separaron, la abuela fue clave porque comenzaron a compartir la casa. Y entonces los recuerdos la transportan a esa cocina amplia que era el centro del mundo y donde la “Mama Chela” reinaba con sus hojas de coca que utilizaba para todo. Porque con la coca curaba del dolor de panza y de cabeza, mejoraba el resfrío, la usaba como cataplasma, también te lavaba la cabeza para espantar a los piojos, espantaba a los envidiosos y hasta curaba de los pies a quien había caminado demasiado. Usaba la coca para todo, no solo para cocinar. Si el abuelo gringo le decía que no use la coca para cuando venían visitas ella lo mismo la utilizaba “bajo el poncho” y a todo ese juego veloz de manos lo veía Xibil siendo muy niña.

“Yo siempre fui la nieta curiosa que era atraída por esa magia, por los olores de esa cocina que brindaba comida a mucha gente porque por un momento se convirtió en un restaurante a donde iban todos los compañeros de mi abuelo que se dedicaban al tejido de redes de pesca. Era un mundo maravilloso hasta con sus ruidos particulares, sus silencios. Ahí mi abuela me enseñó a soplar la coca, a utilizarla como ofrenda para el Inti Raymi; ella no hacía nada en agosto, solo para el solsticio. No me enseñó, pero yo miraba cómo camuflar la coca en las comidas”, dijo la mujer que hoy tiene dos hijos y que los cría de la misma manera.

Cuando Xibil tenía 14 años, su mamá emigró a Santiago de Chile. Sus hermanos no habían podido estudiar e Irma pensaba que lo mejor era salir de Lima para que la más chica pueda obtener algún título. Ahí estudió cocina internacional y comenzó a trabajar como moza en El Huerto, un local vegetariano. En el tiempo de descanso ayudaba al chef en eventos particulares. Ahí también fue curiosa y observadora silenciosa. Siendo moza un día atendió a Adrián, un pibe porteño que andaba por ahí y se enamoraron. Ella tenía 23 años. Al poco tiempo se casaron y salieron de luna de miel gasolera con la idea de recorrer buena parte del continente. 

Cuando llegaron al norte de Argentina, Xibil descubrió Salta y no se quiso ir nunca más. Compraron un hostel y tuvieron a Maya, de 12 años, y a Amaru, de 8. Hoy 10 de febrero cumple 14 años viviendo en nuestra ciudad. “Cuando llegué a Salta y vi que la gente consumía la coca fue como volver a la cocina de mi ‘Mama Chela’. Fueron más de 10 años que había perdido el contacto con ese mundo y de pronto estaba aquí. Yo no me quise ir más y así fue que decidí tener a mis hijos acá”, dijo.

Hoy está soltera nuevamente y todo el aprendizaje que la llevó por el taichi, el yoga y la cocina vegetariana, se cerraba ahora con la hoja de coca que recuperó luego de tantos años.

En ese camino conoció a José Manuel Seminario, un peruano también que es dueño del Cocamóvil y de la Casa de la Coca cuyo propósito en la vida es quitarle las hojas a los productores de cocaína. ¿Cómo lo hace? Fabricando productos a base de coca. Vinos, cervezas, licores, refrescos, golosinas y panes. Ese hombre le habló un santo día a Xibil, como Mascherano a Romero, y le dijo que debía comenzar a utilizar las hojas de coca en las comidas. Eso fue definitivo y determinante para su vida.

Entonces creó su marca que se llama “Entre Indyas”, que combina la comida peruana con la india, con el toque de coca que es único.

“Yo tengo mi massala (mezcla de diferentes especias usadas en la cocina india que le confiere un sabor y un aroma único para cada cocinero) que tiene un toque de coca en su proporción justa y la gente lo siente y le gusta”, dijo con rostro de misterio.

Así fue que debutó en un congreso de cocina andina realizado en la ciudad boliviana de Tarija, hace ya como unos 9 años atrás, en donde se ganó el mote de “Cholita Cocinera Cocalera”. En Uruguay también obtuvo galardones por sus empanadas salteñas hechas con masa de harina de coca. “Se chorreaban de gusto con las de carne y las de queso”, dijo riendo.

En su segundo año en el Abasto Gourmet obtuvo el primer premio también, además de ganar amigos, viajes, invitaciones y hasta gente que solo obtiene malas y falsas copias de sus ideas.

Experimenta, le divierte, le apasiona, se imagina la cara que tendrá su comensal, transmite lo que siente por las fibras más internas de sus manos, de su boca cuando prueba, de su mirada; por eso no cocina cuando está enferma.

Hace helado de coca, chutney de membrillo, al chocolate le pone el toque verde. Mezcla su harina de coca con la de trigo y con eso abre un mundo de panqueques, maicenas y un bizcochuelo que hicieron furor hasta hace poco en el Mercado Vaquereño.

Le hicieron un documental de su vida

Xibil es una mujer protagonista en las organizaciones cocaleras, sociales y feministas; una militantes de causas justas.

Hasta le hicieron un documental titulado “Cholita Luchona”, que estuvo dirigido por Norberto “Negro” Ramírez y que se presentó ante gran cantidad de público en octubre del año pasado en el Cine Club de los Miércoles.

El trabajo se trata del seguimiento a esta joven madre, luchadora, militante feminista, que se gana la vida como cocinera vegetariana. 

“La particularidad es que cocina con harina de coca, dando un tratamiento distinto a la alimentación. En el filme se la puede ver en sus distintas facetas. Interactuando con compañeras de lucha, con las vendedoras en el mercado, con sus hijos o dando una charla acerca de la particularidad de su cocina”, dice la sinopsis del trabajo.

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