El país, entre el pasado temido y un presente sombrío

Mientras el país se debate en polémicas sobre las candidaturas presidenciales, sin que ninguna luz termine por verse al final del túnel, el mandato de Mauricio Macri atraviesa sus últimos meses sin atisbos de poder salir de un ciclo de decadencia que ya lleva varias décadas.

El escenario habla por si solo: el presidente reconoció esta semana, en una reunión con empresarios de la industria tecnológica, que no logra avances en la estrategia contra la recesión, aunque insistió en que el camino "es el correcto". El ministro Nicolás Dujovne ratificó en una entrevista que la inflación bajará este año, pero al mismo tiempo el Indec informaba una suba generalizada de precios en febrero cercana al 4%. El dólar volvió a dispararse y aumentaron las tasas. Entre tanto, Dujovne negocia con el Fondo Monetario Internacional una excepción en el acuerdo para poder intervenir en el mercado cambiario.

Más allá de las dificultades que provienen del exterior, en un mundo en muchos aspectos diferente al que conocíamos, la realidad histórica es que desde hace al menos cuatro décadas los fundamentalismos populistas y neoliberales siguen atando al país a lo que parece un destino, pero que en realidad tiene que ver con la falta de capacidad política para poner rumbo a objetivos nacionales, de interés colectivo y que generen crecimiento genuino.

A pesar del optimismo que intentan traslucir Macri y Dujovne, y de tímidas mejoras en la evolución del déficit fiscal y el comercio exterior, lo cierto es que en los próximos días el Indec anunciará un aumento del desempleo, que supera el 10%, con lo que se oficializará que 200 mil personas perdieron su trabajo en un año.

No obstante, el altísimo porcentaje de trabajo en negro se suma a ese dato y, también, a una realidad que escapa a las investigaciones urbanas, y es el deterioro de la calidad de vida en las áreas rurales del interior de las provincias. El fenómeno de las migraciones del campo a la ciudad no disminuye sino que se profundiza, aún a pesar de que la producción primaria en la región central del país promete alivio para la actividad económica de este año.

Lejos de materializar una alternativa transformadora, dispuesta a multiplicar el empleo y alentar a los emprendedores, la actual gestión no logró generar cambios en el sistema productivo ni encaminar una realidad en la que los paliativos a la pobreza y el desempleo, los subsidios, se tornan insostenibles.

Si la realidad económica heredada era una bomba de tiempo, con un déficit fiscal cercano al 7 %, el actual gobierno no la ha desactivado. No alcanzan, en este punto, el discurso ideológico ni las campañas basadas en la corrupción de los antecesores.

La inestabilidad cambiaria, las tasas de interés y la presión impositiva se han convertido en un ancla para la economía y los propósitos de construir un país moderno, desarrollado y que garantice la calidad de vida se parecen cada vez más a un espejismo.

La realidad obliga a una mirada autocrítica. La presidencia de Mauricio Macri muestra la carencia de un proyecto firme. Sus objetivos, que consistían en reactivar la economía con inversión pública y privada, crear un clima de seguridad jurídica y previsibilidad, alentando el desarrollo equilibrado en todo el territorio nacional, no se han siquiera insinuado en los hechos.

La ausencia de una conducción política que unificara en un mismo rumbo la gestión de cada espacio de gobierno y la orfandad de conducción económica podrían explicar este fracaso.

Pero la realidad social de la Argentina ya no da lugar a las especulaciones. El país no quiere volver al pasado; está claro que los fundamentalismos de izquierda, de derecha o de centro no convencen a nadie ni resuelven nada, pero el presente no es más que la reedición de fracasos nacionales que ya llevan demasiado tiempo.

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