Notre Dame, la  escritura de una  cultura

Que el incendio, que casi termina con la catedral de Notre Dame de París, no haya sido intencional, no significa que el mismo sea casual. Tratándose de uno de los grandes símbolos de Francia, es difícil atribuir el hecho, en esta era tecnológica, solo a un simple accidente en las tareas de restauración, aunque eso sea cierto y verificable.

Es verdad que al cabo de los siglos muchas iglesias y monumentos históricos se incendiaron, se derrumbaron, desaparecieron, sufrieron diversas transformaciones, ampliaciones y modificaciones como ocurrió con la misma catedral de Notre Dame, pero de lo que se trata en estos días es de la aceleración y la vorágine.

Lo que no logra hacer el tiempo, lo hacen antes las llamas de una época que todo lo borra, lo deshistoriza, lo olvida, lo vacía de significación. Pensemos que la invasión bélica a Irak hace algunos años, acabó en unos pocos días con un patrimonio cultural de la humanidad, incalculable e irremplazable.

Los monumentos históricos son patrimonio de todos los habitantes de este planeta y más allá de las fronteras políticas, ideológicas y étnicas, hablan de un punto de unión simbólica universal. Mientras el fuego consumía Notre Dame, escuché azorado en un programa televisivo a un opinólogo decir que lo antiguo debe desaparecer para dar paso a lo nuevo y me pregunté: ¿a un shopping, a un gran centro comercial, ahí en el centro neurálgico de París, en la isla de la Cité?

Las obras de arte, en un mundo por antonomasia diverso y cambiante, evitan la dispersión y la errancia, oficiando de abrochamiento del sentido en la travesía humana.

Y pensé que si no quedaran felizmente todavía algunos frenos y diques de contención a las desmadradas aguas contemporáneas, la consumación sería posible y que si aún se mantienen en pie algunos grandes íconos históricos de la civilización, no es solo por el gran valor simbólico y cultural que representan, sino quizá también, paradójicamente, por la rentabilidad que generan, el fenómeno del turismo masivo mundial, etcétera.

Es vana entonces toda esa discusión que se generó, principalmente aquí en la Argentina, a partir del incendio de Notre Dame, discusión en la que algunos, minimizando lo ocurrido, insisten en retrotraer los fantasmas de un pasado de colonización y dominio del catolicismo sobre los pueblos, etc.

Notre Dame es hoy mucho más que eso; también es la larga historia, el testimonio de un pasado con sus grandezas y miserias, la fiel testigo de los acontecimientos políticos y sociales de Francia, el símbolo de la cultura de los siglos y fundamentalmente la preservación de la memoria colectiva.

Porque si no, con el criterio de apelar a lo negativo, los italianos, por ejemplo, podrían proponer la demolición del Coliseo Romano con el argumento de que allí se mandó, para distracción de la plebe y goce de los poderosos, a los esclavos y gladiadores a morir con los leones, o, destruir las ruinas del Foro Romano, porque es símbolo de un imperio que conquistó en su momento vastos territorios y ciudades por medio de sus ejércitos.

Y si nos causa más impacto y dolor el incendio de Notre Dame que la destrucción de los templos en Oriente, como se quejan algunos foguistas de las grietas, es porque lo subjetivo se nutre también de la proximidad.

Para muchos es tal vez más conocida dentro de la historia de Francia, por ejemplo, la Revolución Francesa (enseñada en las cátedras de historia en la escuela secundaria) y las grandes obras de su literatura, las lecturas de Flaubert, Balzac, Proust, Camus, etc., o, el cine francés, que la historia, las obras arquitectónicas, la literatura o el cine de Bagdad, aun con toda la fundamental relevancia que tuvieron y tienen, por ejemplo, "Las mil y una noches", en el acontecer humano.

No debería ocurrir, por supuesto, pero la subjetividad existe, tiene el mismo origen que lo emocional y es imposible escapar de ella, como lo demuestran las diversas posiciones ideológicas en torno de un hecho triste como lo es el incendio de Notre Dame.

En definitiva, quienes casi celebran el incendio de Notre Dame, no dejan de ir en la misma dirección subjetiva de aquello de lo que se quejan y reproducir inclusive las mismas lógicas a las que creen oponerse.

La no preservación de la historia, el borramiento de la memoria, la destrucción de los testimonios con sus glorias y calamidades, el comenzar las cosas de borrón y cuenta nueva, el querer cambiar los nombres de las calles es desconocer lo real e intraducible de la compleja historia de la humanidad. No es con gestos destructivos de los símbolos culturales como se logrará mejorar lo real de la historia de un pasado que como tal ya no está y es inmodificable, sino conservando esos testimonios universales que preservan la memoria, de modo de evitar así la repetición de sus episodios menos justos.

Podemos afirmar que en los monumentos históricos está escrita la cultura, y que de alguna manera son literatura, pues configuran los espacios, los escenarios donde se entrecruzan los valores, los deseos, las peripecias, las costumbres de las sociedades.

Esto explica el porqué del afán destructivo de las invasiones y las guerras. En la misma Francia del siglo XIX se había considerado la posibilidad de reformar e inclusive reemplazar las antiguas catedrales góticas por considerarlas oscuras y vulgares. Ante los "demoledores", la pluma de Víctor Hugo salió al cruce para defender al gótico como el estilo que mejor define la edad media. Escribió entonces Nuestra Señora de París, novela publicada en 1831 con el propósito de apelar a los lectores para de este modo defender la secular construcción. Claro que Nuestra Señora de París no solamente es una apología y descripción de la catedral parisiense, sino es la historia de la infelicidad y la crueldad, de la opresión, de la desigualdad y la injusticia, de la maldad, el sacrificio y sobre todo del amor.

Desde un registro romántico, afirmado por Hernani un poco antes y refrendado luego por Los miserables, Víctor Hugo logró que el pueblo exigiera la restauración de Notre Dame.

En el texto de Hugo, se entrecruzan lo trágico y lo épico, lo particular y lo general a modo de un gran fresco donde caben desde el rey hasta el mendigo más olvidado. 
La novela, género de la modernidad, escritura de entrecruzamientos, fue el vehículo que salvó a Notre Dame. Arquitectura y literatura van de la mano, una escribe lo que la otra construye con ojivas, piedras, ladrillos, mármoles, adobe o madera.
Pero lo que hoy brotan a diestra y siniestra son otros “templos” menos góticos, aunque más opresivos, elevadas torres de vidrio, símbolos de esta época, que como los titanes de la mitología pretenden en su ambición y desmesura ilimitada competir con el mismísimo cielo y dejar, como en aquel poema de Thomas Eliot: “la tierra baldía”.
Hace algún tiempo, mientras esperaba mi turno en un Banco y conversaba con un conocido, se acercó desafiante uno de los guardias de la institución a pedirme que haga silencio. Me dijo sssshhhh!! y con tono bajo y casi religioso: “Estamos en una entidad bancaria”. Le pregunté si él creía que estábamos en una iglesia. Me respondió que un Banco es más importante que una iglesia. 
Y aunque reconstruyan la catedral, lo esencial de Notre Dame ya no está en Notre Dame, quizá desde hace mucho tiempo no lo esté, pero pervive intacto en las obras de la literatura francesa, en la novela de Víctor Hugo, en la historia, inmortalizado en la evocación ficcional de aquel dolido amor de Quasimodo, el desdichado encargado de las campanas, que hoy tocan a duelo.
 

 

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