“Bajé 135 kilos y hoy trabajo en la concientización sobre las adicciones”

Sebastián Sergio Salvador Ingalina tiene 33 años. Sufrió obesidad mórbida, por lo que hace dos años pesaba alrededor de 300 kilos. Hoy pesa 165 y es preventor de adicciones. Trabaja en la concientización con chicos que sufren a causa de las drogas y bebidas alcohólicas. Dicta charlas de apoyo y contención en una fundación de tratamiento y prevención en pacientes ubicada en San Luis.

“Me desempeño en la fundación Minnesota. He conocido historias iguales o peores que las mías y yo soy la contención de los chicos, los escucho, los ayudo y les digo que sí se puede salir adelante, que yo pude y que ellos también podrán salir de su adicción. Me encanta mi trabajo. Siento que encontré mi vocación”, contó el joven con gran entusiasmo.

Es el encargado de dictar talleres a jóvenes. “Estoy contentísimo. Poder trabajar ayudando a los chicos me llena el alma. Siempre les digo que para cambiar lo primero que hay que hacer es no mentirse a uno mismo porque si uno se miente va a caer siempre y no va a poder avanzar. También les digo que sueñen con alcanzar algo y que a los sueños uno tiene que acercarse con metas cortas, porque si pensas a lo grande lo vas a ver inalcanzable”, recalcó.

“Le agradezco al señor Carlos Alberto Leguizamón, titular de la fundación, quien me dio la posibilidad de empezar a trabajar ahí”, agregó. 

Relató que su problema comenzó cuando tenía 23 años. “Siempre me gustó comer pero no pensé que llegaría a ese nivel de tanta ansiedad. Todo el mundo me preguntaba si lo hacía por problemas amorosos, si me había pasado algo, pero no. Lo que sí recuerdo es que sentía un vacío conmigo mismo. Como si me odiara. Así, a los 31 años llegue a pesar casi 300 kilos”, dijo. 

El muchacho estuvo internado una vez y había iniciado planes de dieta y tratamientos en hospitales infructuosamente. “Siempre los abandonaba”, contó. 

Hace dos años se desempeñaba como comerciante. “Tenía un negocio de comestibles y eso no me ayudaba, pero un día sentí que algo me tocó el corazón y pensé ‘me muero o cambio‘. Mi abuela había fallecido y jamás la fui a ver porque estaba internada en una clínica del centro, en un piso alto y yo no podía subir ni por el ascensor ni por las escaleras”, recor dó. 

Agregó que otros motivos, como no poder ir al baño solo ni atarse las trenzas lo llevaron a cambiar su actitud. “Llegué a un punto en que necesitaba estar acompañado en el negocio porque no podía respirar bien. Yo sentía vergüenza de mi mismo. Mi madre dejó de visitarme porque decía que no me podía ver así”, dijo.

Sin embargo, un día su madre volvió a visitarlo. “Ella llegó y yo estaba comiendo. Le debía mucho dinero y le dije que iba a empezar a devolvérselo. Ella me contestó que lo único que quería era que yo fuera feliz, que no le interesaba más nada. Eso fue un golpe durísimo para mí. Tiré la comida que tenía en la mano y a los días vendí el negocio. Ya venía pensando en hacerlo porque sabía que yo tenía que cambiar ”, expresó.

Terapia

Sebastián recordó: “Yo ya sabía lo que tenía que hacer. Me lo habían repetido mil veces cuando estuve internado, cuando le consulté a varios nutricionistas. Tenía en claro qué es lo que me hacía mal. Lo primero que dejé fue el alcohol, después las harinas. Estuve cuatro meses sin comer pan”. 

El joven empezó un plan a distancia, proveniente de Buenos Aires, controles médicos clínicos, nutricionista, preparador físico y un tratamiento psicológico. “Sabía que la terapia me iba a ayudar mucho, me tranquilizó. Me hizo entender por qué estaba así y me ayudó a empezar a trabajar en mi cambio. Hoy comprendo que cuando se padece una adicción lo más fácil de dejar es la comida, la droga, el alcohol pero lo más difícil es cambiar la actitud que te lleva a caer en eso. Empecé a cambiar, a ser tolerante, a ver otra clase de persona que había estado tapada durante mucho tiempo por la gordura”, hizo hincapié. 

Cuando Sebastián comenzó los chequeos médicos grande fue su sorpresa al escuchar al médico. “Me dijo que estaba hiperobeso y que era la tercera persona con mayor peso en Salta, según registros. Tenía apnea de sueño, colesterol, azúcar y presión altos, problemas en las rodillas y los tobillos con distensión de tendones”, recordó. 

Los cambios de hábitos alimenticios fueron fundamentales. “Pasé de comerme una horma de queso entera y de consumir 10.000 calorías por día a comer de forma saludable, incluyendo frutas”, contó. 

Y explicó que su plan alimenticio también incluye como mínimo dos litros de agua por día, infusiones como mate cebado, café, té rojo y verde, yogur descremado, compota de pera, un trozo de queso descremado, mix frutales. 

“Aprendí a almorzar una porción de carne, ya sea vacuna o de pollo o pescado del tamaño de mi mano acompañada de una porción de verduras que pueden ser en una ensalada. Estoy acostumbrado a comer zapallo, zanahoria, remolacha hervida, también manzana. Consumo colaciones entre las comidas principales y ceno caldo. Hoy mis análisis están perfectos”, puntualizó.

Hoy el muchacho pesa 165 kilos. Su meta es llegar a pesar 115. Está a 50 kilos de su peso saludable y trabaja desde hace tres meses en la concientización de chicos con adicciones. Recalcó: “Las personas que sufren obesidad tienen que saber que ocurre lo mismo que con las otras adicciones. Tenemos dos posibilidades si no cambiamos: el hospital o el cementerio. Hay que mirar de frente a la vida que tenemos. La vida es hermosa”. 

Fe

“Cada vez que yo hacía algo le agradecía a Dios. Caminé 40 kilómetros a Sumalao. Bajé 30 kilos. Después hice la peregrinación al Señor y la Virgen del Milagro desde Cachi. Yo pesaba 200 kilos en ese entonces. Considero que la fe te salva en los peores momentos. Soy un convencido de que necesitamos creer en una fuerza superior, llámese catolicismo, o cualquier otra religión”, destacó. Para Sebastián el apoyo de su familia fue fundamental. “Tengo tres hermanas Mariel, Anita y Fernanda, que siempre han estado conmigo. Me ayudan, me aconsejan, me apoyan. Vivo con mis padres, Sergio y Alicia, en el barrio El Tribuno. Ellos no se cansaron nunca y eso es importante para mi. Sin ellos mi cambio no hubiera sido posible”, finalizó.

“Soy el que escucha”

Sebastián Ingalina guarda lindos recuerdos de su infancia. “Jugaba al fútbol y soñaba con ser jugador”, contó. Terminó sus estudios secundarios en el colegio Ernesto Miguel Aráoz. 

“Hoy puedo atarme las trenzas solo y cuando lo hago a veces me largo a llorar porque durante años no pude hacerlo. Ahora hago lo que más me gusta, que es ayudar a chicos con adicciones. Soy el que escucha, comprende y no juzga porque yo también toqué fondo”, sostuvo.

También contó que: “Necesito una bicicleta rodado 29 XL reforzada. Me habían donado una pero lamentablemente se rompió”, dijo. 

Quienes deseen colaborar pueden llamar a su celular: 0387-155100820. 

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