Multitudinaria  procesión y dos formas de vivirla

La sensación térmica marcaba 36 grados y bajo ese sol abrazador salieron en procesión las imágenes del Señor y la Virgen del Milagro de la Catedral Basílica de Salta hacia el monumento 20 de Febrero. 
Caminar dentro del cerco de las imágenes con funcionarios públicos, religiosos, sus familiares e invitados especiales es una cosa, y en medio de la muchedumbre, es otra totalmente distinta. En el espacio de privilegio se caminaba con total tranquilidad con un cadete atento a quien le faltara agua. Afuera de ese círculo hubo empujones y amontonamientos como siempre, especialmente a la salida de la plaza 9 de Julio y en las calles Zuviría y Mitre, y también en la avenida Sarmiento, cuando esta se achicó a un carril a la altura de Entre Ríos y se hizo un cuello de botella.

Todo arrancó a las 15.20 con la Cruz procesional, diez minutos después el cuadro de la Virgen de las Lágrimas adornado con claveles rosados. La siguieron cientos de monjas de varias congregaciones, excepto un grupo de hermanas de la congregación creada por el cura Agustín Rosas recientemente cerrada, que estaba en la plaza 9 de Julio, atrás del vallado. Las puertas internas del Santuario se cerraron y luego se volvieron a abrir a las 15.45, cuando la Virgen del Milagro salió con su manto azul y bordados dorados. A sus pies, una corona de claveles blancos. Una veintena de hombres de negro de la Hermandad del Milagro la cargaron hasta el carrito que la trasladó durante la procesión.


Los aplausos se hicieron escuchar. Las sombrillas se levantaron. Pañuelos, banderines, gorras, sombreros, toallas y manos la saludaron. Miles de cámaras de celulares la retrataron. Detrás de las vallas blancas justo en frente de la puerta principal de la Catedral se escuchaba una voz que le hablaba a la Virgen. ¿Qué le decía? le consultó El Tribuno a la señora Nely Elvira Figueroa.


“Que tenemos hambre, que no tenemos para comer, está todo caro, la plata no alcanza”, respondió angustiada. La mujer de 67 años es jubilada y se emocionó hasta las lágrimas de poder verla salir, pero para eso se instaló allí a la medianoche. “Me vine anoche a las 12 para ganarme un lugar acá. Así hago hace muchísimos años”, contó.


El calor era tremendo. Se armó un cordón humano del Ejército Argentino. En seguida de la iglesia salió un séquito de seminaristas vestidos de blanco y unos pocos de negro. A los minutos comenzaron a sonar las campanas y la sirena de diario El Tribuno y alguien detrás del cerco avisaba que una mujer estaba muy descompuesta por el calor. Se la llevó el Samec y los rezos continuaron. 


A las 16.30 apareció ante la multitud el Señor del Milagro rodeado de claveles rojos. La devoción y la emoción se pudo percibir en miles de rostros de ancianos, adultos y jóvenes. Miradas de fe conmovedoras. Como la de Isabel Martínez y su consuegra Francisca que llegaron desde Buenos Aires para participar por primera vez del Milagro salteño. “Vine a agradecer todo lo que tengo, a pedir salud para toda la familia y por el futuro del país; estamos atravesando tiempos muy duros”, expresó. Para asegurarse el lugar donde estaba parada en la plaza contó que tuvo que ir a las 6 de la mañana y no se movió más.
Al paso de los santos patronos tutelares, se podían ver algunos vacíos en las veredas de calle Belgrano, no así en las de la Sarmiento. Los alivios de sombras fueron pocos en las dos horas y 40 minutos de procesión. 
 

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