La solidaridad salteña no se arrodilla ante la pandemia de coronavirus 

El Banco Mundial reveló el miércoles pasado sus desalentadoras perspectivas sobre el efecto de la pandemia por la Covid-19 y aseveró que hasta 115 millones de personas pueden caer en la pobreza extrema -entendida como vivir con menos de 1,9 dólares diarios- este año. También advirtió que la economía va a contraerse el 5,2% en 2020, el mayor descenso del PBI en ocho décadas. Por otra parte, Unicef Argentina presentó hace unos días los resultados de la “Encuesta de percepción y actitudes de la población. Impacto de la pandemia Covid-19 y las medidas adoptadas por el Gobierno sobre la vida cotidiana”. Como síntesis de las proyecciones se puede citar que entre diciembre de 2019 y diciembre de 2020 la cantidad de niños pobres en el país pasaría de 7 a 8,3 millones, lo que representa el 62,9% de esa franja etaria. Además, no hay certezas de que el Gobierno siga pagando el IFE, cobrado por 136 mil salteños, que quedarían desamparados para capear la pandemia.

Estas cifras saltan a la realidad cada vez que personas tocan timbres en los barrios pidiendo alimentos, ropa y calzado en buen estado o trabajo “de lo que sea y usted póngale precio”. La percepción es que los recursos escasean en la mayoría de los hogares, donde no es extraño que uno o más integrantes de las familias estén enfrentando la desocupación y a todos afecta el alza incontrolable de la inflación y los nulos incrementos en los salarios. 

En este contexto cabe preguntarse si la solidaridad se abrirá paso también ahora como un haz de luz para llevar consuelo a los desesperados.

El futuro de los niños de Atocha III se escribe en el comedor Jesús te ama. Jan Touzeau

El comedor Jesús te ama fue protagonista de la historia más inspiradora que halló este medio para contar en 2013. Los niños de Atocha III pasaron de almorzar en el suelo a ser contenidos en un centro que no solo les suministra alimentos, sino que les devuelve la conciencia de gestionar cambios para sí mismos. Les restituye la preponderancia de “volar alto y acompañados”.

Además de las 480 raciones que vuelven posibles a diario 15 cocineras y voluntades que acompañan siempre o que van pasándose la posta, allí también se alimentan la mente y el espíritu. Temporada en que el visitante vaya encontrará a los voluntarios dictando cursos de oficios, talleres de alfabetización, literarios y de educación sexual integral, actividades de recreación (cine, teatro y festejos). A las mujeres ayudándose unas a otras a levantar sus casas. A todos en jornadas de limpieza barrial o en cadenas de oración por la salud de alguien.

Como repite esa mujer que lo dirige y que se agiganta si se la ve con ojos de niño, Adriana García, el comedor Jesús te ama afortunadamente en tiempos de pandemia sigue “de milagro en milagro”.

“Al no recibir ayuda del Estado desde 2016 nos dedicamos a ofrecer servicios de huerta y desmalezamiento a cambio de ropa y mercadería no perecedera. Y este 2020, a pesar de todo, es para nosotros el boom de la huerta. Vamos a trabajar a El Prado, La Almudena, El Tipal, San Lorenzo, Vaqueros, La Caldera, Valle Escondido. Hemos trabajado en más de 60 huertas, siempre cuidándonos como se debe”, señaló Adriana a El Tribuno. Añadió que también quitaron malezas del barrio Los Jardines y de San Luis, y que se dirigen adonde los llamen, porque tienen el objetivo de comprar serruchos, palas, carretillas, picos y máquinas de cortar pasto.

Se organizan en equipos de a cinco dirigidos por un capataz. En los grupos hay 50 personas que salen a trabajar tres veces por semana. A las labores de huertas se aplican 20.

Adriana relató una vez que había generado este proyecto como obra piadosa para que Dios le devolviera a uno de sus hijos, que camina por el valle oscuro de la dependencia a las drogas. Con los años se le reveló que esta no era una acción que había emprendido para esperar algún bien. “Vine por una promesa. Yo pensaba que esto era por mi hijo y terminó siendo por mí. Me dediqué de lleno y fui aprendiendo a sembrar valores, educación y dignidad, acompañada por la gente”, expresó.

Debido a las restricciones impuestas para frenar los contagios de Covid-19 se convirtieron en boca de expendio de viandas. Al ser consultada sobre si siente temor por el coronavirus responde desde aquella transformación espiritual que sufren involuntariamente quienes se introducen en el círculo de fuego del altruismo y se dejan alcanzar por sus llamas. “Pusimos otro comedor en Castañares donde van 113 personas, niños, madres, padres, abuelos. Allá y acá cada vez las colas son más largas. Dios dijo: ‘Porque tuve hambre, y me diste de comer; tuve sed, y me diste de beber; fui forastero, y me recibiste; estaba desnudo, y me vestiste; enfermo, y me visitaste; en la cárcel, y viniste a mí’. Dios no es deudor de nadie. Él dice que el que cree en él no temerá, y es así: no nos sobra, pero el día a día siempre está”, pregonó Adriana, dirigida por la palabra de Mateo 25:35-45. Y ella, cuya fe sin dudas es del porte de un granito de mostaza, también habla de su sueño. “Quiero que de la necesidad surja una ingeniera agrónoma, un electricista”, sintetizó al mirar a los niños de su barrio y mientras tanto camina esa senda que se trazó, porque, aunque arrecie la pandemia hay de esos espíritus que, lo afirmó en una ocasión Mahatma Gandhi, son el cambio que quieren ver en el mundo.

Adriana García, la incansable directora del comedor Jesús te ama y ahora de un merendero en Castañares. Jan Touzeau

Un asunto de carencia

La facilitadora de Gestalt Carolina Fernández señaló que, bajo una perspectiva “muy personal” de la solidaridad, esta proviene inconscientemente de una situación de escasez o carencia. “En muchos casos surge del sentirse bien haciendo o dando algo que alguien más necesita. Es un valor destacado en esta cultura y en esta sociedad, por eso los famosos arman las fundaciones cuando tienen un excedente económico y dedicadas a un problema que les ha tocado de cerca. Así, la solidaridad está dada desde una carencia que han tenido de niños, adolescentes o adultos”, reflexionó.
Agregó que la forma más genuina que adquiere la solidaridad es, a su entender, la acción que emprenden quienes brindan su tiempo y no quienes entregan cosas materiales, porque “la valoración del tiempo no está pautada como lo material”. Luego refirió que resulta cierto que la solidaridad lleva a creer en una identidad colectiva y que efectivamente despierta en gran medida en tiempos de desestabilización en varios órdenes como los actuales. “Me da el sentido de pertenencia que necesitamos los seres humanos. Doy porque me siento solidario y no al revés. Hay personas que conectan con la solidaridad en tiempos de crisis porque es entonces cuando empiezan a sentir las carencias. La mayoría evitamos ir a las villas o los basurales y contactar con la miseria porque tiene que ver con la miseria humana. El ego me lleva a confrontar mi comodidad con la de otros y es la ley del más fuerte y más poderoso. Cuanto más fuerte soy y cuanto más tengo, menos contacto tengo con estas carencias”, expuso. Luego planteó que durante la pandemia se puede generar una especie de autoengaño. “Intento acallar o no contactar con el miedo a qué va a pasar creyéndome que si entrego o trabajo en pos del bien de alguien más, en un nivel inconsciente, voy a ‘safar’ de tener el problema dentro de la pandemia. Esto desde una cosmovisión católica que enseña a poner la otra mejilla, o de pensar más en el prójimo que en uno mismo. Se malinterpreta en varios pasajes de la Biblia, porque Jesús dice que hay que tratar a los otros como uno se trata a sí mismo”, explicitó. 

La Brigada de la luz

“Desde la zona roja, hasta las pequeñas viviendas de plástico y cartón detrás del cementerio, desde las oscuras habitaciones de Ceferino, San Antonio, hasta la gente de la guardia de los hospitales, este equipo sale a las calles con algo para compartir”. Así autodefine su actividad y su derrotero la Brigada de la luz, dependiente de la iglesia evangélica Jesús es el centro (Florida 950). Esta casa de Dios permanece cerrada para celebraciones como los templos de todas las confesiones religiosas durante la pandemia, salvo cuando presta servicio a la comunidad en situación de calle y carente de recursos económicos. Rosalía Salvatierra (33) es coordinadora de la Brigada y explicó que desde hace cuatro años cada viernes por la noche voluntarios se distribuían tareas entre cocina, servicio en las mesas, baños, ropero y dormitorios para que personas sin hogar pudieran bañarse, cambiarse de ropa, cenar, dormir en una cama y al día siguiente desayunar. También patrullaban para acercar una bebida caliente y una colación a quienes hubieran tomado las calles como su casa o ámbito laboral. Ahora los necesitados retiran sus raciones desde la iglesia y 15 brigadistas se distribuyen en vehículos para buscar a los que no pueden ir.
“El panorama cambió. Vemos a gente buscando comida en la basura, a niños dormir tapados con plásticos y cartones. Hay gente que quedó varada porque no tiene recursos para volver a sus lugares de origen, como mochileros de México y Brasil que trabajan en semáforos, en calles y de manera ambulante”, describió.

Los jóvenes de la Brigada de la luz reciben a quienes retiran viandas en la iglesia Jesús es el centro. Pablo Yapura

Agregó que en sus primeras incursiones, en 2016, habían salido a repartir café y pan. “Nos parecía poco en lo material, pero lo importante es llegar a decirles que Dios no se olvida de ninguna criatura, y que si en él creemos se va a ir poniendo en orden nuestra vida”, dijo, convincente. Pero su voz se quebró al recordar a un anciano al que había ayudado la primera ocasión que salió a dar chispazos entre la negrura que adquiere la noche con temperaturas bajo cero. “Un abuelo no podía hablar ni moverse. Cuando nos vio nos estiró las temblorosas manos y entendimos que tenía mucho frío. Un compañero se sacó la campera y se la puso, otra la bufanda, los guantes, el gorro... Al principio esto me quitaba el sueño”, suspiró. E intuimos que para seguir se aferra a un pacto con la vida que no caduca cuando la fe es grande. “Es un Dios de amor el que conocemos. En estos tiempos difíciles oramos con el personal de Salud. Vemos que la gente está desgastada, desanimada, que pierde las esperanzas”, acotó. De las personas que conoce dice que son nómades y que los brigadistas tienen individualizados sus refugios. Por ello toman nota de sus necesidades y en la medida que pueden vuelven con ropa, calzado y frazadas. También los invitan a la asesoría legal que se brinda en la iglesia, los jueves de 17 a 19, y al servicio de peluquería, ese día de 18 a 20. Añade que en la calle hay muchos hombres de entre 25 y 45 años y ancianos. “Llegan a esta situación por vicios, problemas judiciales, la familia se desentiende de ellos, y son pocos los que logran salir de la calle. Les cuesta buscar un trabajo, poder pagar un alquiler”, comenta. Sobre los insumos con que elaboran la comida y las cosas que donan detalla que provienen de los fieles, el propio templo o personas que incluso no son creyentes ni pertenecen a la comunidad evangélica; sin embargo, parafraseando a León Tolstói, tal vez a todos los una la comprensión de que el bienestar propio solo es posible cuando se reconoce la unidad de uno con todas las personas del mundo.

 

También acompañan con la escucha y una palabra de aliento porque buscan ser instrumentos de Dios. Pablo Yapura

El bien de todos

 “Uno a uno todos somos mortales. Juntos, somos eternos”, aseveraba Apuleyo y podría conectarse su sentencia con la esencia de la solidaridad. La psicóloga Carina Salas, directora del Cepsi Salta, instruyó que para iniciar un análisis hay que remitirse a la etimología de solidaridad. De acuerdo con origendelaspalabras.blogspot.com esta proviene del vocablo francés “solidarité”, pasando por el latín “solidus”, “voz técnica de la geometría que se refería a los cuerpos de tres dimensiones”. Asimismo, la palabra tiene derivados como el verbo “solidare”, “hacer sólida una cosa” “consolidar” y curiosamente citan que además “solidus” proviene de la raíz indoeuropea sol-, de la que se originan “salud” y “salvar”.
“Esta cualidad se aplica a las personas que se mantienen en unidad con el otro. En situaciones de emergencia como la que estamos viviendo es habitual pensar las reacciones de ayuda y las reacciones solidarias. La Covid-19 pone a prueba a la sociedad y los valores. Los seres humanos somos solidarios, cooperativos y tendemos a ser altruistas. Sin embargo, hay otros que no tienen un comportamiento empático y terminan en actitudes egoístas”, expresó Salas. Añadió que estas concepciones dependerán de la escala de valores que tengan las personas y la sociedad. Además, señaló que la solidaridad está vinculada con la prosocialidad. “Es un concepto que empezamos a vincularlo porque son acciones que van a beneficiar a otras personas y se van a realizar sin esperar nada a cambio. Implican compartir, cooperar, empatizar y solidarizarse con la realidad de otro y para esto la empatía es un componente esencial de las actitudes solidarias, porque si pensamos que lo que le está pasando al otro podría llegar a pasarnos a nosotros y lo consideramos un igual, nos vamos a sentir identificados y vamos a tender a los comportamientos empáticos”, reflexionó.
También dijo que “en las crisis es muy común escuchar frases como ‘No da más el que más tiene’ y algo de eso sucede en la práctica, aunque no significa que tenga que ser así como un dogma. Eso está relacionado con la empatía, esta capacidad de comprender los sentimientos del otro y la experiencia de la reciprocidad y de la adversidad común que hacen que se generen conductas empáticas, pero no necesariamente. Cuando hablamos de altruismo hay que pensarlo desde lo neurobiológico y desde lo psicológico, que desde este lugar se llama empatía”.
Para Salas, todas las acciones prosociales van a favorecer el bienestar personal de quien las ejecuta y de quien las recibe. “Si bien hay beneficiarios, también la persona que las hace se va a sentir en estado de bienestar y esto va a generarle una predisposición a repetirla. En la medida que la persona va a teniendo comportamientos altruistas se va construyendo un estado de bienestar subjetivo percibido. En realidad, cuando hay comportamientos prosociales se genera bienestar personal, pero no hay bienestar personal sin bienestar social”, argumentó. Agregó que la solidaridad hace bien a la salud y calma emociones negativas provocadas por la pandemia. “Al tener comportamientos prosociales se genera un estado de bienestar y mi estado de bienestar a partir de las acciones que yo hago con los otros va a llevar a una sinergia y esto va a redundar en beneficios a la sociedad. En las crisis tenemos que crear una identidad social para lo cual cada persona se tiene que sentir identificada con el otro. Cuando aparecen comportamientos egoístas, probablemente desde la idea de escasez o desde la idea del miedo, se vuelve a conductas sumamente primitivas tendientes a la individualidad y no al comportamiento colectivo de buscar lo mejor para todos”, concluyó.

Cómo colaborar

Adriana García comanda el comedor comunitario Jesús te ama, ubicado en la manzana 142 C lote 14 del barrio Atocha III y el merendero Los pibes en acción comunitaria del Grupo 244 Viviendas de Castañares. Para donar alimentos no perecederos, fruta, verdura y carne comunicarse al 387 154762304. 

La Brigada de la luz recibe voluntarios y donaciones en el templo Jesús es el centro (Florida 950).

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