Un ídolo mundial que no se olvidó de su origen

La muerte de Diego Armando Maradona mostró, como un símbolo, las contradicciones del país que lo vio nacer, al que amó y que lo convirtió en uno de los más grandes ídolos del siglo XX. Un ídolo mundial, como lo pone de manifiesto la repercusión de su muerte en todos los países, pero como ya lo sabía cada argentino que visitaba cualquier punto del planeta.

El fútbol tiene un encanto secreto que lo hace único entre los deportes y Maradona potenció ese encanto hasta el extremo. Su desempeño deportivo es comparable al de otros argentinos brillantes, como Juan Manuel Fangio, Emanuel Ginóbili y Luciana Aymar, reconocidos universalmente pero que nunca llegaron al escalón mítico del “diez” al que se otorgó la denominación de “dios”. Tampoco Lionel Messi, admirado y querido en todo el mundo, es comparable a Diego como figura global.

Probablemente, el secreto de semejante impacto haya que buscarlo en la combinación de un talento que lo ubica en el podio de los grandes futbolistas de la historia, y su recuerdo permanente del sacrificio que hicieron sus padres para que él y sus hermanos no pasaran hambre en la miseria de Villa Fiorito.

El dinero y la gloria no socavaron el alma de luchador, aunque le cobraron un precio muy alto a su salud física y a su equilibrio emocional. La adoración de sus fanáticos, que no reconocieron nunca sus errores y el odio de sus detractores, que nunca se los perdonaron, es la prueba de que unos y otros idealizaron y divinizaron al futbolista genial. Unos lo creyeron perfecto y otros le exigieron que lo fuera. 

Cuando sus adicciones comenzaron a comprometer su salud y su vida, él le respondió a Bernardo Neustad, que le reprochaba no ser “un ejemplo para los jóvenes” con una muestra de inteligencia, sentido común y autocrítica: “Mi preocupación es tratar de ser un buen padre para Dalma y Giannina; no creo que deba ser ejemplo de los demás”. Años después, en una entrevista con Gastón Pauls dio un consejo “a todos los pibes”. Mirando a las cámaras, con tono paternal, dijo: “no la prueben; no le hagan caso al que les diga que después se sale; no la prueben, porque quedan enganchados”.

Maradona no fue un dirigente ni un ideólogo, pero su militancia verbal lo introdujo en una grieta política que lo desbordaba. No obstante, siempre quedó claro que él defendía a figuras públicas a las que, erróneamente o no, identificaba con los excluidos.

Sumamente crítico de la Iglesia Católica, por sus bienes, rindió un cálido homenaje al Papa Francisco por su compromiso con los pobres.

Si Diego Maradona se convirtió en un símbolo de la Argentina en el exterior, eso se debió a que fue el producto genuino de la realidad social de nuestro país. Un país donde abunda la posibilidad de generar alimentos y sin embargo, hay hambre y desnutrición; donde la economía productiva viene derrumbándose desde hace décadas y se multiplican el desempleo, la pobreza y la inequidad social. A lo largo de la vida de Diego, esta tragedia social se agravó y ninguna fórmula política, ni las que él elogiaba ni las que aborrecía, le dio solución.

Esa es la clave del amor popular por Diego. Un “cebollita” que, cuando le sonreía la suerte, construyó un miniestadio en aquel potrero de Villa Fiorito donde a los nueve años, los buscadores de talentos creían que era “un enano” por los malabarismos que hacía con la pelota. Que siendo millonario, invitaba a los amigos a comer los asados que hacía su padre, un changarín de puerto que sí fue para él un ejemplo de dignidad.

Ese “cebollita” tuvo la inteligencia de saber que no era Dios, ni podía serlo. Desde la cuna, Diego ganó batallas increíbles. Primero, a la marginalidad y la pobreza. Después, como futbolista, donde sus mayores logros los obtuvo saliendo en desventaja, en el Napoli y en la Selección. En su vida privada tuvo demasiadas derrotas.

Él supo siempre que era un ser terrenal; disfrutó y padeció su vida de hombre excepcional. Pero a su muerte, el mundo entero lo despidió como a un semidiós.

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