El hombre sin dobleces

Por Antonio Gutiérrez, escritor y psicoanalista.

Diego Armando Maradona, el ídolo expuesto, que se mostró tal cual era, a la vista de todos, sin los disfraces o las máscaras de andar por los escenarios de los días. Fue Diego el gran jugador de fútbol que no creyó ni se dejó engañar por los personajes maquillados para la comedia humana, que no cedió al canto de las sirenas ni a los embrujos de los saltimbanquis de los caminos. En definitiva un ser difícil de ser capturado por la seducción de las palabras embriagantes o las ofertas de fáciles identificaciones alternativas que se exponen cotidianamente en los estantes del mercado de lo imaginario.
Libre de los atuendos y la impostura de los “moralistas” y de quienes siempre están dispuestos a ofrecerse como modelo de valores y virtudes (sin que se detengan ni un instante a pensar que aquello de lo cual se escandalizan, se presenta todo el tiempo en ellos mismos y se desnuda en la no coincidencia de sus propios enunciados con sus enunciaciones), Maradona no fue de andar creyéndose un ejemplar casto y puro.
Las multitudes populares lo amaron y lo continuarán amando, aunque no sólo porque fue el mejor jugador de fútbol de la historia, un verdadero artista visual, “un bailarín con botines” como lo definiera el presidente de Francia Emmanuel Macron (quizá una de las mejores definiciones que se hayan dado de un jugador de fútbol), sino también por su rebeldía, porque no se le calló a nadie en esa otra extensa cancha que es la vida cotidiana, ni siquiera a los poderosos funcionarios empresarios de la FIFA, a quienes en su momento denunció de corrupción y negociados con el fútbol. Su genio con la pelota, su gran ascendencia en las masas populares, su condición de ídolo, el hecho de llenar estadios, le permitieron decir lo que muchos querrían gritar a viva voz (y que por posición de debilidad, anonimato, temor a quedarse sin un empleo o perder los afectos) no se animan o no pueden.
El ídolo popular representa a los silenciados. Una joven, a un reportero televisivo que en la Plaza de Mayo le pregunta sobre el por qué de su amor por Diego, le contesta: “porque él le dijo a los poderosos lo que a mí me hubiera gustado decirles de haber tenido la oportunidad”, “él hablaba por mí”, “pronunciaba mis propias palabras”. 
Es el ídolo popular que se toma revancha y reivindica con su triunfo a los de su clase oprimida. De este modo recibe el amor, la idealización, la mitificación de los que lo veneran, aunque como a todo ídolo popular le impacten al mismo tiempo los certeros dardos del odio que desata en muchos el hecho de que alguien venga a mostrarles lo que les falta, aquello de lo carecen: el éxito, la fama, el reconocimiento, la admiración de los otros, los que ellos querrían tener. Es que en este mundo algunas cosas no se perdonan. Todo ídolo se queda al final, en su fragilidad de ídolo, multitudinariamente solo, expuesto a las fuerzas de la destrucción. Es el duro precio que se paga. La fama es representada en la Eneida de Virgilio como un horrendo monstruo con filosas garras que no     da tregua. 
No se calló. No le perdonaban su “irreverencia” ante lo establecido, ante lo socialmente correcto, aunque ahora (que Diego Maradona se ha liberado de Diego Maradona), algunos, frente a lo real de su muerte y a la inconveniencia de andar pateando abiertamente en contra, disimulen por unos días y salgan sueltos de cuerpo, con dudosa equidistancia, a manifestar hipócritamente: “Tenía sus cosas buenas y malas”, “sus valores positivos y negativos”, categorizaciones en definitiva de una moralina insoportable. Otros salen del paso diciendo, como si fueran impolutos e infalibles: “nos dio alegrías en el fútbol, pero se equivocó en la vida”. Tienen la osadía de juzgar los actos de la vida íntima y privada, que pertenecen a las elecciones personales y a la conciencia de cada cual, como si se trataran de grandes delitos punibles. “Ver la paja en el ojo ajeno”, dice el refrán. Y la verdad es que Diego Maradona, que se sepa, no robó, no estafó, no saqueó, no asesinó, no violó ni hizo desaparecer a nadie. 
Es cierto lo que dijo Macron. Diego además de jugar, bailaba, giraba, danzaba, se elevaba mientras a su lado los rivales en el juego iban cayendo como en una representación escénica, como cuando “apiló” a medio equipo inglés y gambeteó hasta al arquero o como cuando después de haber hecho un gol con la mano, declaró que no fue la suya sino “la mano de Dios”. Un artista hasta en el arte de la ironía y las declaraciones. Salido de las entrañas humildes de la sociedad alcanzó la cima, pero no olvidó el mandato de abajo. Vivió su vida como pudo, como le dejó el peso opresivo de la fama y la razón de ser, nada más ni nada menos, que Diego Maradona.
Ahora que ha muerto, o que un gran Otro impiadoso lo ha matado, queda intacto el símbolo. 

 
 

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