Argentina enfrentará en los próximos días el desafío de salud pública más importante de la historia reciente, innegable en prioridades para todos los hombres y mujeres que valoramos la vida por sobre todas las cosas, nos afecta emocionalmente tanto esta pandemia porque pone en riesgo a algunos de los más vulnerables físicamente, ya sea por su edad o por sus patologías. Y no sabemos con qué grado de seguridad el resto debe estar tranquilo. La gran mayoría de nosotros en algún momento caerá en sus síntomas. Todo esto transcurre en un contexto que no podría ser peor, aunque siempre estarán los que dicen que siempre se puede estar peor. Hagamos un mini-racconto: el país al borde de un default soberano y con riesgo de default de provincias y de grandes empresas que se financian en moneda extranjera. Ante una presión tributaria que cuando ya era récord, se decidió seguir subiendo impuestos en nombre de la solidaridad. Esto hizo los negocios inviables... A pesar de ello, las recaudaciones en caída contra los gastos corrientes, la balanza comercial dejó de ser superavitaria y la inflación nuevamente es contenida artificialmente. 

Hasta aquí todo muy normal. Cuando el precio del petróleo cayo más del 60% y la soja está cada día más lejos de aquellos gloriosos 600 dólares por tonelada, se nos puso completamente negro el panorama a los argentinos. 

Hoy el Gobierno plantea un dilema quizás errado en su génesis, salud o economía, sin observar que con la desgarradora pobreza que jaquea al país, no actuar firmemente en materia económica condena a una debacle económica que quizás acarreé más muertes que el mismísimo COVID-19, producto de las plagas que provoca la pobreza, algunas ya conocidas, desnutrición, delincuencia, drogas, desempleo, ataques cardiacos, etc, etc, etc.

En estos últimos días se vieron batir todos los guarismos con relación a los cheques rechazados, la decisión de volver para atrás parte de la comunicación del Banco Central que impedía la compensación de cámaras bancarias, es decir el cobro y pagos de cheques, sin tenerlo previamente acordado e instrumentado con el sistema financiero generó un estruendoso corte de la famosa cadena de pagos. Tener cheques en las manos encerrados en sus casas no tuvo ningún valor, no se podían vender y en muchos casos ni depositar. La cadena de pagos se rompió por falta de coordinación, por falta de empatía y falta de criterio. Son en su mayoría pymes las que están siendo afectadas por el cierre forzoso de sus negocios, que deberán afrontar los sueldos con aquella caja que no hicieron y con reservas que no existen por los años de recesión que enfrentaron. Esta semana los bancos rechazaron cheques a clientes de historial impecable y de eso no hay retorno, por más que condonen los costos y multas de dichos rechazos.

Se podría haber hecho de otra forma con toda seguridad, pero cualquier propuesta resulta contrafáctica, mejor pensar en lo que deberíamos esperar. El BCRA debería liberar encajes bancarios para asistir crediticiamente a las pymes que acrediten por su facturación que sufrieron la dureza de la cuarentena, solo a los efectos de cubrir los cheques y los salarios de estos próximos días; permitir operativamente que las operaciones normales de venta de cheques y depósitos de efectivo puedan realizarse como de costumbre. 

Si el problema es la congestión en sucursales, deberían ampliar el horario de atención y hacerlo 24 horas con personal físico y con turnos web. Cuando se quiere se puede, como decía mi abuelo.

Por otro parte, y ya en el círculo de influencia de cada uno, deberán los empresarios buscar herramientas nuevas en su gestión de tesorería, como las líneas de financiamiento que siempre son una rueda de auxilio, buscar en sociedades de garantía recíprocas y en bancos líneas que puedan tomar cuando la liquidez escasea y por el lado de los saldos positivos estar atentos a colocaciones que en tantos días sin actividad le remuneren una tasa que los ayude a pagar costos aunque más no sean dos días. En ello serán los fondos comunes de inversión y las cauciones bursátiles las más flexibles y menos riesgosas. Los bancos pueden cerrar pero el dinero no descansa. La pandemia financiera puede contagiarse entre las empresas y fagocitar el sistema económico nacional si no se toman las medidas correctas.

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