Separaciones resonantes develan que la pandemia conflictuó las parejas

Mariano Martínez y Camila Cavallo, Juan Martín del Potro y Sofía “Jujuy” Giménez, Laurita Fernández y Nicolás Cabré, Tini Stoessel y Sebastián Yatra, Guillermina Valdés y Marcelo Tinelli, Julieta Díaz y Tute, Cristina Pérez y Yoel Freue. La pandemia, en su expresión de aislamiento social, preventivo y obligatorio, se está llevando consigo a muchas de las parejas estables del espectáculo. 
“Vivimos momentos hermosos, pero a veces las cosas no se dan como uno las imagina... Hoy sentimos que esta es la mejor decisión para los dos”, posteó Tini por redes sociales el 16 de mayo pasado para dar por finalizada su relación de un año con el artista colombiano. 
“Hola a todos, quería contarles que con Guillermina (...) hemos decidido separarnos después de estos casi ocho años hermosos que vivimos”, reveló Tinelli el último domingo a sus seguidores de Instagram.
Todos los famosos apelaron al ciclo natural de las relaciones, a la civilidad de honrar los buenos momentos, a la coparentalidad que ejercerán en adelante para con los hijos en común, pero lo cierto es que quedó resonando la idea de si en realidad no pudieron sobrevivir al 24x7, a la sobrecarga de responsabilidades, a la dificultad para oxigenar el vínculo, aislados de familiares y otros círculos sociales que les impuso -y aún les impone en algunos lugares- la cuarentena.
El Tribuno consultó al respecto a la directora del Centro de Psicoterapias de Salta, la psicóloga Carina Salas, quien dijo que los profesionales de la salud mental observan que a lo largo de la vida en pareja y de la vida familiar todas las personas deben hacer frente a situaciones adversas, pero que particularmente la pandemia por el Covid-19, por lo inesperada, desestabilizante y cambiante, ha hecho predominar sentimientos de angustia, preocupación, tristeza y miedo. Por ello resultó tan relevante cómo puertas adentro las parejas gestionaron sus emociones para salir adelante. 
“En estos momentos se ve una extrema preocupación e incertidumbre vinculada con las pérdidas que esta pandemia trajo aparejadas tanto económicas y laborales, como modificaciones en la dinámica de la pareja o la familia a partir del proceso de adaptación que han tenido que resolver todos. Lógicamente que esto implica mucho malestar en el seno de la pareja”, planteó Salas. 
Añadió que estas circunstancias que resultan adversas, bien pilotadas, terminan transformándose en aprendizajes. 
“Una situación potencialmente traumática no significa necesariamente un trauma, sino que tiene que ver con cómo una familia va transitando esta experiencia”, detalló.
También indicó que el foco del problema está en la interrupción de la rutina. “Las actividades y la vida social permiten a la pareja tener otros contactos, que se puedan distender, tener temas de conversación e intereses compartidos con otras personas. Para muchas parejas la cuarentena implicó la necesidad de pasar permanentemente tiempo juntos y esto puso en evidencia una conflictividad que tenemos que decir que no es de ahora, sino que ya estaba y era disipada por situaciones de la vida cotidiana”, advirtió. 
Entre los conflictos que pudieron salir a superficie enumeró la dificultad en la comunicación, en la distribución de roles y responsabilidades, y la asimetría de poder.
Para sortearlos expresó que “es deseable que los miembros de una pareja puedan desarrollar herramientas para comprender sus conflictos y habilidades para abordar las diferencias que vayan surgiendo en el día a día, que puedan respetar puntos de vista distintos, gestionar los desacuerdos, descubrir soluciones de forma cooperativa y encontrar modos saludables de resolver los conflictos”. En este punto citó que se debe hacer uso de una habilidad social: la comunicación asertiva. En pocas palabras esta es “una forma de expresión consciente, a través de la cual se manifiestan ideas, deseos, opiniones, sentimientos o derechos de forma congruente, clara, directa, equilibrada, honesta y respetuosa, sin la intención de herir o perjudicar, y actuando desde una perspectiva de autoconfianza”. Asimismo fue importante, según Salas, encontrar espacios personales y de pareja dentro del mismo espacio físico. 
“Para la autorregulación emocional hay que tener en cuenta que las emociones pueden gestionarse, lo que no implica controlar o suprimirlas, sino transitarlas”, definió. Para hacerlo señaló tres pasos. Primero reconocer los estados emocionales, segundo poder vincularlos para darse cuenta con qué están relacionados. “Una emoción indica algo acerca de la realidad. Poder darnos cuenta de ello para gestionarla y tramitarla”, dijo. Por último, llega el momento de autorregularse y generar estrategias que permitan expresar lo que se siente de un modo empático y siendo asertivos.
También manifestó que fueron ejes transversales en esta conflictividad la gran sobrecarga de responsabilidades “especialmente de las mujeres”, porque están más expuestas al trabajo informal y la mayoría debió cesar en su función por la prohibición de circulación y el incremento de situaciones de violencia intrafamiliar, no solo hacia el interior de la pareja. “Hubo algunos niños que por la pandemia perdieron el lugar seguro en la escuela, el club o el comedor”, lamentó. 

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