"Volver a las raíces",  para homenajear a la  Pachamama este año

A poco de que el viajero -imaginario en estos tiempos de pandemia- comience a desandar los polvorientos caminos del interior profundo de la provincia, el silencio le gana al ruido y el tiempo parece detenerse en cada pueblo. En esos donde el adobe y las chapas, o el clásico torteado de barro en el techo, no fue todavía víctima del desarraigo que conlleva el progreso. Los paisajes se tornan bucólicos entre las serranías eternas e imperturbables y las huellas del camino de a ratos soleado y de a ratos ganado por las sombras de las imponentes moles de piedra.

En medio de esa inmensidad de la naturaleza se alzan algunos caseríos que interrumpen la monocromía para alborotar el paisaje con algunos colores un tanto chillones, tal vez alguna pollera colorada, tal vez alguna campera amarilla, de repente un chulo colorido o una ruana que una vez fue blanca.

En medio de ese hábitat se desarrollaron, desde tiempo inmemorial, los cultos a la Madre Tierra, al Sol y a la Luna, o dicho en criollo, a la Pachamama, Tata Inti y Mama Quilla.

Hasta nuestros días llegaron especialmente el Inti Raymi, que ya pasó y la Pachamama, ahora, el primer día de agosto.

En dos semanas más

Esa suerte de festejo, tan arraigado, particular y cargado de significado, fue aprovechado por las autoridades de turismo de Salta, Jujuy y otras provincias y países para implantar alrededor de él enormes fiestas populares, festivales, y extender las celebraciones durante todo el octavo mes del año.

Los kollas, los runas, esos habitantes silenciosos de los cerros, empezaron mirando de reojo esas actividades masivas hace ya más de dos décadas y de a poco, a desgano, se fueron sumando a las mismas porque, de una forma u otra, significaba algo de movimiento de dinero y la posibilidad de ganarse unos pesos vendiendo artesanías, comidas típicas o cantando y bailando folclore.

Pero la pandemia todo lo trastocó. El imperativo del momento en todo el planeta no tiene nada que ver con los festejos sino más bien al contrario, con los cuidados cada vez más intensivos, el distanciamiento, las miradas duras tras una máscara y esa actitud de plantarle cara al destino para seguir viviendo, a pesar de todo.

Y eso, justamente, el distanciamiento social impuesto por una peste abrumadoramente mayoritaria, está siendo visto por los habitantes de esos lugares alejados como una oportunidad, otra más entre tantas que descubrió la naturaleza y la raza humana misma en estos tiempos, para volver a las raíces, para retrotraer los festejos multitudinarios a la Pachamama, por una vez, al recogimiento del ámbito hogareño.

Los intendentes de San Antonio de los Cobres y Tolar Grande mantienen cerrados sus pueblos a todo foráneo que quiera entrar en ellos, por una cuestión de protección de sus vecinos, aunque el turismo claudique.
 

En ese pequeño hábitat reducido, semioscuro y brumoso de hollín, será donde todo volverá a tener el sentido original de recogimiento, agradecimiento íntimo a la naturaleza por todo lo que nos brinda para que la subsistencia sea posible, y de reflexión acerca de los tiempos que se cumplen.

Mirar para adentro

Un nativo de San Antonio de los Cobres, consultado respecto a la suspensión de la Fiesta Nacional de la Pachamana este año, dijo sin la menor duda: "Aprovecharemos para volver a las raíces, porque los cultos a la Pachamama nunca fueron públicos ni multitudinarios hasta que se convirtieron en un acontecimiento turístico hace unos 20 años en Salta".

Y agregó. "Nunca el kolla salió a bailar y cantar por las calles. El culto a la Madre Tierra se dio siempre en un contexto familiar; fue reservado para la familia y no un festival popular. Y ahora, que están todas las reuniones de más de 10 personas prohibidas, será una oportunidad única para volver a encontrarnos con nuestras verdaderas raíces, donde el humo del los sahumerios se levantan desde los patios de cada casa, para anunciarles al viento omnipresente en la Puna que un año más hemos recibido las gracias de la Madre Naturaleza, que somos conscientes y agradecidos de esto y que hacemos votos para que el año de siembra, cultivo y cosecha que se inicia en esta fecha sea propicia, fértil y generosa, como toda madre es con sus hijos".

Un extraño sincretismo a partir de la colonización

Para el visitante foráneo la ceremonia de homenaje a la Pachamana tiene un atractivo único. Sucede que el culto ancestral se mezcló, tras siglos de dominio español, con los ritos católicos.
Entonces, al lado de una apacheta, donde el tradicional hoyo recibe las ofrendas, simbolizando el vientre de la Tierra, un chamán u oficiante designado al afecto puede comenzar rezando un Padre Nuestro para invocar luego a la Pachamama, otras deidades incas como el Sol, la Luna, alguna montaña sagrada como el Llullaillaco y terminar con el grito trad

Kusilla, kusilla

En queshua, o quichua, kusilla significa alegría. Y quiera que no ese grito fue incorporado a propósito como una suerte de disparador de la fiesta popular. Cosa que en nada se parece al recogimiento propio de los pueblos andinos al homenajear a sus deidades.
Claro, por imperio de las circunstancias, miles y miles de turistas se convocan cada año para participar de los festejos, que en el caso de San Antonio de los Cobres y Tolar Grande, duraban todo el mes de agosto hasta el año pasado.
Por eso, los lugareños esperan 
con confianza la llega del octavo mes del año y sin grandes preparativos esta vez.
Es que ellos saben que la “pachita” los recibe en su seno cada vez que le rinden culto con un acto tan simple como sacarse el acullico de la boca y dejarlo bajo una piedra, donde seguro pondrá otra para seguir aumentando la pirca, que demarca un lote, una propiedad. Y ese sencillo acto de contrición, respeto y culto les alcanza para vivir un año tras otro escudados en sus creencias ancestrales.
 

 

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