La masacre de Palomitas es un capítulo negro de la historia de Salta. Fue una ejecución de presos, una práctica ilegal e inmoral de las fuerzas militares de todo el mundo.

El pensamiento progresista tiende a censurar el uso de la palabra "guerra" para definir la violencia de los setenta. Hubo un conato de guerra de guerrillas, aunque la relación de fuerzas era abrumadoramente dispar. Pero un fusilamiento de hombres y mujeres detenidos es un crimen de lesa humanidad. Como antes lo fue Trelew, y Margarita Belén y decenas de enfrentamientos fingidos en todo el territorio del país durante la dictadura. Con guerra o sin guerra. También fueron crímenes contra la condición humana la (probable) ejecución de detenidos en La Tablada o las muertes de presos, demorados o sospechosos, a veces disfrazadas de enfrentamientos, que aún ocurren en nuestro país.

La lucha revolucionaria fue culminación de un proceso largo y violento, cuyo punto de partida podría señalarse en el enfrentamiento brutal que había ido madurando desde el surgimiento de movimientos populares con acceso al gobierno a comienzos del siglo XX, la legitimación (por la Suprema Corte) del golpe de Estado en 1930, la usurpación por parte de las fuerzas armadas de un rol de gendarmes políticos -que no les correspondía-, la grieta que se inaugura (en el país) con el nuevo orden del mundo a partir de la Guerra Fría, y la violencia sistemática que recorre nuestra historia desde 1955 hasta 1983.

De toda esta trama, las interpretaciones pueden ser muchas.

Es casi unánime, en cambio, el reconocimiento que logró la decisión política de Raúl Alfonsín y de los núcleos culturalmente democráticos de nuestro país para juzgar y condenar a los jefes militares de la dictadura y de las organizaciones armadas. Y de hacerlo cuando los enjuiciados aún tenían poder de fuego.

Ese fue un salto cualitativo.

Derechos humanos

Para la mayor parte de los argentinos, Palomitas y la dictadura son historia. Y la democracia dejó de ser una variante alternable con un gobierno militar.

Pero ¿existe una cultura democrática, tolerante y respetuosa de los derechos humanos?

No parece ser el caso. Los derechos humanos, un valor que cobró fuerza en los años 80, se convirtieron en una pancarta política, que muchas veces ampara a los partidarios de quien los invoca y no es aplicable a los otros.

A Milagro Sala se le justificaron violencias y atropellos que a otros, de otro espacio, les costaron la cárcel. Y Luis D'Elía lo explicó con claridad: "Los muertos en los saqueos de 2001 eran luchadores del pueblo; los que murieron en los saqueos de 2012 y 2013 eran agentes del imperialismo". Nadie, de "su espacio", consideró prudente corregirlo.

Es que los derechos humanos deberían ser un valor sagrado, y no un pretexto para la impunidad; pero ningún derecho se sostiene aislado de una cultura que lo inspire y fundamente.

La decadencia económica y social de las últimas décadas conspira contra la fe democrática de mucha gente. También decepciona la conducta irresponsable casi naturalizada en grandes espacios de la vida política.

La masacre de Palomitas no fue solo un crimen sectario: fue la muestra de un desprecio profundo por el derecho a la vida.

El dictador siempre usurpa el poder y actúa con la certeza de que tiene un poder sobrehumano. Esto es lo que se observa en la trayectoria de los dictadores militares del siglo pasado, pero también a líderes que llegaron al poder por una revolución, como Fidel Castro, un caudillejo tribal o un oportunista como Nicolás Maduro (sostenido solo por el poder militar y una burguesía de nuevos ricos). No son lo mismo; pero comparten ese rasgo autoritario.

Los horrores del pasado deberían seguir siendo del pasado.

Sin embargo, esta expresión que parecería casi una verdad indiscutible, no es una obviedad. Las inequidades abundan. La muerte, la tortura y la desaparición de personas siguen percibiéndose bajo un prisma ideológico. Ocurre cuando se abordan las aberraciones de los setenta, y también las del presente.

Aislamiento

En estos días de pandemia y cuarentena, la violencia se ha multiplicado, eclipsada por la campaña (y la mística) contra el virus. En los grandes centros urbanos proliferaron la violencia doméstica y, también, los asaltos. En todas las provincias, sin excepción, hay denuncias de arbitrariedad policial y de avances del poder policial sobre las facultades del ministerio público.

El horizonte que se abre en el mundo es preocupante. La historia nunca se repite, pero a veces va construyendo nuevas barbaries.

Además de las decisiones económicas imprescindibles, la democracia necesita una visión ética y sólida de la dignidad humana, de la libertad y la responsabilidad política.

 

 

¿Qué te pareció esta noticia?

Últimas Noticias

Últimas Noticias de opiniones

Sección Editorial

Comentá esta noticia

Importante ahora

cargando...