La nueva guerra fría en América Latina

Treinta años después del eclipse de la Unión Soviética, otra vez una superpotencia emergente desafía la hegemonía norteamericana en el antiguo "patio trasero" de Estados Unidos.

Dos noticias absolutamente desconectadas entre sí iluminan la comprensión de la nueva guerra fría que empieza a librarse en América Latina. La oferta china de una línea de crédito de 1.000 millones de dólares para que los países latinoamericanos puedan adquirir la futura vacuna contra el COVID-19 indica la voluntad de Beijing de aumentar su influencia en la región. El pedido de la Unión Europea de postergar para marzo del 2021 la elección del nuevo presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, prevista para septiembre, a fin de bloquear el intento del gobierno estadounidense de catapultar a ese cargo a Mauricio Claver - Carone, actual asesor de seguridad nacional para asuntos latinoamericanos de la Casa Blanca, sale al cruce de la estrategia de Donald Trump, que pretende usar ese organismo multilateral como herramienta de presión para contrapesar el avance de China al sur del Río Bravo.

Ambos hechos pintan las dos caras de la puja geopolítica en curso.

Posicionamiento chino

En los últimos años, China expandió aceleradamente sus contactos con la gran mayoría de los países de América Latina.

Ese avance no reconoce fronteras ideológicas. En una punta del espectro, está su presencia en Venezuela, donde aprovecha la debacle del régimen de Nicolás Maduro para establecer un sistema de cooperación bilateral que le garantiza la provisión de petróleo.

En el otro extremo, está su relación con Brasil, donde la retórica antichina que en un principio utilizó el presidente Jair Bolsonaro dejó paso a un entendimiento sellado durante la visita a Beijing de su vicepresidente, general Hamilton Mourao, quien expresa la visión geopolítica del Ejército de su país.

Entre ambos extremos, está la relación con Chile, que fue el primer estado de Occidente en suscribir un tratado bilateral de libre comercio con el coloso asiático.

El punto de partida de esa expansión china en América Latina fue la incorporación de ese gigante asiático a la Organización Mundial de Comercio (OMC), en noviembre de 2001.

Esa fecha coincidió con el momento en que Estados Unidos, impactado por los atentados contra las Torres Gemelas y enfrascado en su cruzada global contra el terrorismo, cambió sus prioridades estratégicas y dejó de prestar atención a lo que ocurría en la región. Ese descuido facilitó la consolidación del régimen de Hugo Chávez y la irrupción del hoy desarticulado "eje bolivariano". En ese desacople, Beijing aplicó el consejo de Deng Xiaoping: "esconde tus capacidades y espera el momento oportuno". Las consecuencias están a la vista.

En la actualidad, China es el primer socio comercial de Brasil, Chile, Argentina y Perú.

En 2006 el comercio bilateral ascendía a 12.000 millones de dólares. En 2019 trepó a 306.000 millones de dólares.

Es también de lejos el primer mercado para las exportaciones latinoamericanas de soja, petróleo y minerales. Es el segundo emisor de inversión extranjera directa en la región, detrás de Estados Unidos.

Es el principal prestamista de la región: en los últimos quince años, sus créditos ascendieron a 141.000 millones de dólares, cifra que supera con holgura a la suma de los créditos concedidos por el Banco Mundial y el BID. Semejante capacidad de financiación, concentrada prioritariamente en proyectos de infraestructura, constituye una poderosa fuente de atracción para que los países latinoamericanos acepten integrarse en la "Ruta de la Seda", el proyecto geopolítico global de Beijing.

El imperio contraataca

La proclamada candidatura de Claver - Carone para la titularidad del BID, que pretende romper con la tradición de que la presidencia de la institución corresponde a un país latinoamericano, responde precisamente a la estrategia pergeñada desde la Casa Blanca para contrarrestar la influencia china en la región.

El propio candidato de Trump, lanzado a una campaña proselitista, explicó que el objetivo de su postulación es promover una fuerte recapitalización del BID para impulsar una línea masiva de créditos orientada a facilitar la recuperación de las economías latinoamericanas azotadas por las consecuencias del COVID-19.

En términos geopolíticos, sería un equivalente del "Plan Marshall" impulsado por Estados Unidos para contener la expansión de los partidos comunistas pro- soviéticos en la Europa Occidental destruida tras la Segunda Guerra Mundial.

Este sucedáneo del "Plan Marshall" buscaría detener la expansión de la influencia china en una región sumergida en una honda recesión derivada de la pandemia.

La intención de Trump es trasladar al BID el epicentro del plan "América crece", ideado por Claver - Carone y oficializado en diciembre pasado por la administración republicana con el objetivo de incentivar la inversión del sector privado en América Latina.

En su acto de lanzamiento, el Secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, explicó que "se trata de trabajar con nuestros aliados y socios económicos sobre inversiones y reformas que impulsen el sector privado y sus inversiones en energía e infraestructura, para lo cual hay una oportunidad enorme".

En la sutileza del lenguaje diplomático, Mnuchin subrayó con dos palabras los puntos centrales de la iniciativa: “reformas”, que en el léxico de Washington es sinónimo de apertura y desregulación de las economías, y “sector privado”, en contraposición al protagonismo estatal que se adjudica a los créditos chinos, que suelen privilegiar las relaciones “de gobierno a gobierno”. 

Para aventar dudas sobre la dimensión política del programa, el anuncio especificó que Venezuela, Cuba y Nicaragua estaban excluidos del programa.

El programa “América crece” está asociado a la flamante iniciativa “Regreso a las Américas”, anunciada días pasados por el propio Claver-Carone, concebida como un nuevo instrumento de una estrategia global de Estados Unidos orientada a persuadir a las corporaciones transnacionales estadounidenses radicadas en China y demás países asiáticos a trasladar sus fábricas al continente americano. 

Proyecto Clover Carone

Según Claver-Carone, el proyecto podría generar inversiones de entre 30.000 y 50.000 millones de dólares en el hemisferio. 

Es obvio que para esas compañías no resultaría nada sencillo trasladar su estructura productiva al continente americano, pero en cualquier caso la propuesta de Washington encierra un enorme potencial: la captación de una parte de los cinco millones de empleos de las compañías estadounidenses en los países asiáticos significaría un fuerte impulso para la reactivación de las economías de la región.

En la época de la primera guerra fría, la inserción internacional de cada país se podía medir según la naturaleza de las relaciones de cooperación y/o de conflicto que mantenía con Estados Unidos y con la Unión Soviética. 

En la actualidad, esa inserción se puede medir a partir de la determinación de sus vínculos con Estados Unidos y con China. 

En esta segunda guerra fría que toca a sus puertas, América Latina afronta hoy el desafío de definir su posicionamiento ante esta nueva bipolaridad mundial. 

Si actúa como un bloque regional con una estrategia de conjunto conseguirá mejores resultados que si cada uno de sus países negocia por separado.

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