El corazón en la garganta tienen los copleros salteños

Ayer al mediodía por el canal de YouTube de la Secretaría de Cultura de Salta estrenó “Homenaje al canto ancestral de nuestras raíces”. Es un compilado de diez cortometrajes filmado en la Usina Cultural de los que participaron nueve copleros: Prudencia Analoza alias “Florecita Siempreviva”; Simeón Choque más conocido como “El Puneño”; Julieta Barboza; Balvina Ramos; Leoncio “El Gavilán” Guitián; Narcisa Rojas alias “Estrellita del Norte”; Rogelio Guantay Yampas; Ángel Villanueva, “El Pomeño”; y Griselda Yolanda Toconás. Se trata del segundo audiovisual producido por la Secretaría, luego de “La Pacha”.

Ramón Vivas, uno de los productores del audiovisual,comentó que cada coplero eligió el canto que iba a interpretar y como provienen de diversas localidades como Iruya, Nazareno, Rosario de Lerma y Salta Capital también se incluyó un recorrido en imágenes para el espectador, dado que la copla se consustancia con el paisaje donde se origina.

En diálogo con El Tribuno, la coplera y docente de Educación Primaria Julieta Evangelina Barboza (44) relató que vive en Rosario de Lerma e integra hace 30 años la comparsa Los Kiobas. Añadió que a ella esta expresión ancestral se le presentó de manera ineludible cuando su metagenealogía se le volvió consciente. De su familia materna la heredó de los cantores Lorenzo Chocobar y Elena Laime, de Cerro Negro, y de la paterna de los copleros Tiburcio Barboza y Florencia Copa, oriundos de Santa Rosa de Tastil. Sin olvidar a sus suegros Trinidad Casimiro y Martín Ávalos, que también entonan este canto popular. “Mi relación con la copla viene de mis raíces. Pasó el tiempo, me dediqué a la docencia, que me llevó por las escuelas de los cerros. He trabajado dos años en Iruya, por ejemplo, donde he podido vivenciar el canto con caja transmitido de generación en generación. Veía cómo los niños tenían la capacidad de hacer coplas y cantar antes de haber aprendido a leer y escribir con una facilidad y espontaneidad que realmente me maravilló. Una parte de mi corazón quedó ahí”, recordó, emocionada. Las resonancias de ese ritmo ternario pulsado por manos infantiles la llevaron a honrar su herencia y en el Valle de Lerma tomó para sí la responsabilidad de dejar un legado.

“Nuestros abuelos se estaban yendo y ya no había gente joven que cantara. Muy pocos abuelos se animaban a cantar en público y lo hacían escondidos en el fondo de sus casas. Y en la escuela, que es el lugar en el que se debe transmitir la cultura tampoco estaba presente”, señaló Julieta. Con este diagnóstico de situación inició un viaje de búsqueda de copleros de antaño por Santa Rosa de Tastil y otros parajes para conocer las diversas formas de que cada cantor dotaba a la copla, al imprimirle sus sentimientos y técnicas. “Fui palpando esto que de alguna manera ya sentía que era mío, pero me faltaba aún descubrirlo y conocerlo”, afirmó.

En su investigación descubrió que detrás de cada cantor había una conexión -contra la que se revelaban o que reverenciaban- con las raíces. “No he tenido la suerte de nacer en el campo ni las experiencias de otros copleros. En mi caso fue un volver atrás. Mis padres dejaron de cantar por el desarraigo. Sus familias vinieron a las zonas urbanas y mis abuelos quedaron en el campo”, detalló. Por ello, a contrapelo de los niños de su edad que aspiraban a urbes más grandes y dotadas de tentaciones comerciales, los sueños vacacionales de niña de Julieta se hacían realidad entre paisajes inhóspitos, una gran amplitud térmica y cielos de una negrura espléndida solo interrumpida por el titilar desafiante de estrellas grandes como platos. “Me vienen a la memoria las vacaciones con mi abuela, el acompañarla mientras ella sacaba a pastar a sus ovejas y cantaba o me contaba cómo se vivía el carnaval antes”, compartió.

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