En teoría,  vamos a estar  bien

Juan José Perfecto Nadie nació en 1963, en una más de esas barriadas que conforman el incoloro y siempre decadente conurbano de Buenos Aires. Uno más entre millones de bonaerenses, quien, protegido por su corta edad, vería pasar la historia del país a través de las peripecias de su propia familia.

Era chico para entender la masacre de Ezeiza, pero vería a Juan Domingo Perón -ya desgastado y viejo- asumir la presidencia por última vez. Sería testigo mudo del nacimiento del Ejército Revolucionario del Pueblo; esos "muchachos idealistas" quienes de la mano de los peronistas de la izquierda más obstinada y radicalizada se irían a rebelar contra el orden democrático tomando las armas. Vería a Isabelita, viuda de Perón, ponerse a la derecha de un hombre de temer: José López Rega. Un ser siniestro que armaría la temible Triple A; la Alianza Anticomunista Argentina.

Un peronismo de ultraderecha que, desde el Estado, combatiría al peronismo de ultraizquierda. Peronistas contra peronistas. Pueblo contra pueblo. Un gobierno democrático inaugurando un período de terror a escala nacional desde el propio Estado. Un gobierno democrático contra una fuerza que, como la Hidra -monstruo mitológico con forma de serpiente con múltiples cabezas- no encontraba ningún Hércules que le venciera. La historia hoy reescrita tiende a olvidarlo o a negarlo, pero fue el peronismo el que inauguró el terrorismo de Estado en el siglo XX.

 

Como afirmara Marx, "la historia ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa". Ahora, en el cuarto experimento K asistimos a la farsa de la farsa de la farsa, donde, esta vez, gran parte de esos mismos "muchachos idealistas" y su descendencia protomontonera son hoy el poder. Y que nos podrían llevar, otra vez, al horror de una guerra civil a través de una nueva Hidra que ellos mismos han creado: los muchachos ignorantes y radicalizados de "La Cámpora".

Los que están importando y formando alianza con un movimiento terrorista externo; la RAM. Falsos mapuches -usurpadores de una identidad genuina- que reclaman derechos inexistentes basados en la percepción de una tierra ancestral que no es tal. Dos movimientos de ideologías bizarras y brumosas que solo esconden -¿cuándo no?- que en Argentina toda lucha no es más que una pelea por el poder donde nunca se ve ni se sabe quién realmente está detrás.

La importancia de ser Nadie

Juan José Perfecto Nadie llegó tarde a todo eso. Cuando comenzaba el colegio secundario se hacía del gobierno el "Proceso de Reorganización Nacional". Poco después de haber terminado el colegio, ese Proceso crujía por todos lados. Un Proceso perverso, delictivo, asesino e innoble que llevó al país a una ruina moral, social y económica. No menor, nos sumergió en una guerra cruel y absurda cuando trató de salvarse de una caída que era irrefrenable.

Perfecto Nadie vivió todo eso siempre desde los márgenes de la vida. Tuvo algunos conocidos de familias militantes. También conoció a algunos que se tuvieron que exiliar en serio, u otros que desaparecieron en serio. También a quienes habrían de decir que se tuvieron que exiliar. Tuvo conocidos que pelearon y murieron en esa otra guerra perdida antes de iniciada en el Atlántico Sur; ocultados rápidamente tras medallas y diplomas vacíos.

Hay de todo en la viña del Señor, se decía a sí mismo mientras aprendía que los nombres rimbombantes, los actos heroicos imaginados y las mentiras simbólicas y fabulosas son mucho más duraderas que las luchas olvidadas y las muertes definitivas. Después de todo, la gente no tiene memoria y aprendió que siempre, después de muy poco tiempo, todo se vuelve olvidado, fantástico o imaginado. Todo depende del relato que triunfe. Y de cuánta necesidad haya de creer en un relato; cualquier relato.

Perfecto Nadie supo quedarse al margen de todo, aprendiendo a mimetizarse. A sobrevivir en este país anómico. Hay países que eligen la senda de la inviabilidad y prefieren implosionar en cámara lenta. Empobreciéndose de a poco. Sumergiéndose de a poco. No es casualidad que la tragedia del ARA San Juan sea una tragedia argentina. Es la parábola perfecta para retratar al país que nos esforzamos por construir, donde todo es menesteroso, mentiroso y decadente.

Pero donde todo se disfraza tras palabras y frases como "soberanía nacional", "Argentina te cuida", "reconstrucción Argentina" y "Argentina, un país en serio", buscando tapar la precarización y la pauperización económica, sanitaria, educativa, social y moral. O la más absoluta falta de interés por parte del Estado hacia con todos sus ciudadanos. El más completo y total desdén por todo y por todos. Especialmente por la ley.

Perfecto Nadie decidió que él sobreviviría sin preocuparse por nada ni por nadie más que él mismo. Ni siquiera sus hijos llegarían a importarle cuando los hiciera cómplices y testaferros de sus tropelías vergonzantes.

La importancia de no olvidar

"¿Y no es mejor olvidarse de todo eso?... Sabe, es muy fácil decir eso, porque la falta de memoria es una de las cualidades psicológicas de este país. Es su autodefensa y la defensa de mucha gente... Todo el mundo se olvida de todo y siempre se dice que se puede empezar de nuevo, y ya: está hecho el exorcismo. Si no hay memoria, no hay culpa, y si no hay culpa no hace falta siquiera el perdón, ¿ve cuál es la lógica? Y yo lo entiendo, claro que lo entiendo, porque esta isla tiene la misión histórica de estar recomenzando siempre, de volver a empezar cada treinta o cuarenta años, y el olvido suele ser el bálsamo para todas las heridas que quedan abiertas...

Y no es que yo tenga que perdonar o quiera culpar a nadie: no, es que yo no quiero olvidar. No quiero. El tiempo pasa, pasan las gentes, cambian las historias, y creo que ya se han olvidado demasiadas cosas, buenas y malas. Pero las mías son mías y no me da la gana de olvidarlas. ¿Me entiende?”. 
Al revés que el entrañable personaje de Leonardo Padura que sobrevive en esa isla mitificada y que no quiere olvidar, Juan José Perfecto Nadie se propuso dejar desvanecer todo. A conciencia y adrede. Una cancelación sistemática y metódica. Un olvido perverso y funcional a sus propios intereses. 
En los albores de la recuperación democrática militó en la Unión Cívica Radical, abrevó un tiempo en las aguas del Partido Intransigente y también, ¿por qué no?, en las del desarrollismo. Recaló casi naturalmente en las huestes de la Unión del Centro Democrático y no tardó en ser descubierto y cooptado por ese menemismo camaleónico que le sentaría tan bien. 
Despojado de ideología, al mutar de piel y cambiar de arena en busca de cargos, votos, contactos y poder; él mismo también contribuyó a esta erosión total de todos los partidos políticos y sus ideas, que hoy experimentamos en carne viva. 
Amigo de todos, Perfecto Nadie buscó no hacer enemigos; solo tejer alianzas y llevar un registro detallado y pormenorizado de los favores a y por cobrar. Del menemismo saltaría al duhaldismo y de allí al kirchnerismo temprano.
“Los Derechos Humanos compran fueros”, dijo Néstor Kirchner, y para ese entonces Perfecto Nadie era un mítico militante kirchnerista que había vuelto de un exilio imaginario a contribuir con el desarrollo de su país. Encajaba perfecto en esa moral renacida bajo un nuevo relato. 
“La institucionalidad compra votos”, les enseñaría a sus nuevos compañeros de ruta en su anteúltimo salto; un experimento de partido político similar a la famosa Alianza que hacía años había explotado y de la cual Perfecto Nadie también supo ser parte. Vivo como pocos, también de allí salió a tiempo antes de volver a recalar en este cuarto y último experimento kirchnerista; esta vez bajo un disfraz de moderación y tem    planza. 
Perfecto Nadie comenzaba, una vez más, el eterno camino de la reconstrucción argentina. Siempre estamos reconstruyendo la Argentina. Se quedó con empresas quebradas y pasó a ser parte así de la nueva casta capitalista amiga del poder, cuya única misión es sostenerlo y financiarlo.
Se acercaban las elecciones y el AMBA, esa construcción social y política en medio un territorio extenso y cada vez más indescifrable, una vez más se convirtió en una de las batallas más importantes del país.

 En Teoría va a estar todo bien

Nadie fue a hacer campaña a ese pueblo donde 200 chicos no fueron capaces de acceder a un trabajo por no haber podido leer un diario. Nadie se preocupó por el 49,6% de pobreza, por el 46% de informalidad, por el 55% de inflación anual o por el retroceso al trueque. Nadie se quedó en su despacho trabajando para ver cómo remediar todo eso. 
Nadie quedó genuinamente destrozado al conocer que el perro Dylan tuvo más derechos que Solange Musse; que murió sola y desterrada en Córdoba porque a su padre no le fue permitido viajar a despedirla. O que el coiffeur de la pareja del presidente tuvo más derechos que Abigail, cargada cinco kilómetros por su padre en plena ruta para poder ingresar al feudo de Santiago del Estero. Nadie se preguntó qué clase de país es aquel donde un perro tiene más derechos que una persona. Qué clase de país obliga a un padre doliente a cargar en sus brazos a su hija enferma para retornar a su casa. 
Ahora lo sabemos. Argentina; nuestro país. Este país malogrado, mal que nos pese, donde Perfecto Nadie es solo el producto del medio en el que vive. 
Los políticos son el emergente de esta sociedad que hemos conformado en la que, cada dos años, solo nos permitimos elegir entre el excremento que tenga el menor olor. 
A elegir entre nuestro conocido Perfecto Nadie y todos los otros infinitos Nadies. Todos más o menos lo mismo. 
Todos más o menos iguales.
Llegaron las elecciones y pasaron también. 
Ahora nos quedan dos largos años por delante. 
En el fondo, todos sabemos que nada va a cambiar para mejor, aunque nos sigan diciendo que, en Teoría, vamos a estar bien. 
¿Será que deberemos mudarnos a Teoría entones, de una vez?
 

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