La alianza con Putin dejó a mucha gente sin vacunar

Los sombríos resultados de la gestión de la pandemia, con más de 103 mil muertos por las demoras en el plan de vacunación y una economía arrasada por la cuarentena, parecen reflejo de la realidad de un país incapaz de llegar a acuerdos mínimos y de planificar a largo, mediano y corto plazo.

El gobierno de Alberto Fernández ha cometido desaciertos por falta de idoneidad ejecutiva y los agravó por la ausencia de autocrítica. Al responsabilizar a la oposición por la falta de vacunas, como lo hicieron en los últimos días muchos funcionarios de diversa jerarquía, queda en claro que no se asume la función de gobernantes o, por cierto, que falta una autoridad firme y uniforme que conduzca al país en el marco de una crisis sanitaria de imprevisibles consecuencias sociales y económicas.

En la Argentina no existe resistencia significativa a las vacunas, como sí ocurre en otros países, desarrollados o no. Más del 90% de las personas espera las vacunas. Las críticas, en la mayoría de los casos, estuvieron dirigidas a la politización de la campaña sanitaria. Y esa politización tiene dos aspectos: la sobreactuación, por una parte, como el enorme despliegue en cada aterrizaje con las dosis, y la evidencia de que se privilegió a proveedores que no estaban en condiciones de garantizar el abastecimiento imprescindible para frenar la circulación y las mutaciones del virus.

La calidad del producto del laboratorio Gamaleya es incuestionable, pero la industria farmacéutica de la Rusia de Vladimir Putin no está en condiciones de fabricar vacunas suficientes para cumplir con 145 millones de ciudadanos de su país y un total de 800 millones de dosis comprometidas con otros gobiernos.

Luego de conocerse la carta de la asesora presidencial Cecilia Nicolini dirigida a las autoridades rusas, donde reclama las 18.734.185 dosis (5,5 millones de componente 1 y 13,1 millones componente 2) adeudadas y sin fecha de entrega, quedan a la vista quienes son los responsables de la demora. Se estima en seis millones el número de personas que recibieron la primera dosis de la vacuna Sputnik V y esperan la segunda. De ellos casi tres millones son mayores de sesenta años y fueron inoculados hace tres meses.

La pregunta sin respuesta es qué información recabaron Nicolini y la ministra Carla Vizzotti cuando, a fines de 2020, pasaron varias semanas en Rusia para verificar las condiciones de producción.

A su retorno, imprudentemente, el presidente Alberto Fernández prometió 25 millones de vacunados en el verano y el todavía ministro Ginés González García anticipaba más de 60 millones de dosis en poco tiem po.

La única explicación para tantos errores debe buscarse en el centro de las decisiones: si Rusia quiere hacer diplomacia sanitaria con la vacuna, los gobiernos deben exigirle que acredite su capacidad de producción. Lo que está en juego es la salud pública y los resultados de la ideologización están a la vista.

El alineamiento de un país a nivel internacional no puede depender del capricho de una elite sino de una voluntad colectiva, inspirada en el interés nacional. Si el Gobierno argentino quiere poner límites a los vínculos con los Estados Unidos, debe evaluar correctamente el perfil real de sus nuevos socios, China, en primer lugar, Rusia e Irán. Difícilmente esos sistemas políticos, impregnados de culturas autoritarias, vayan a despertar fervor entre los argentinos.

De todos modos, el sentido común y la ética indican que ni el interés político ni la ideología deben condicionar la calidad de vida de los seres humanos. En noviembre del año pasado, con un artilugio parlamentario, el país se privó a sí mismo de recibir vacunas de origen estadounidense, pretendiendo congraciarse con la diplomacia sanitaria de China y Rusia.

Un gobierno responsable de sus actos hubiera agilizado el ingreso de todas las vacunas que estuvieran en condiciones de ser aprobadas por la autoridad científica.

Enfrascados en la lucha preelectoral, la dirigencia política no ofrece ningún proyecto serio y parece ignorar el panorama sanitario, económico y social del país, muy desalentador y sin indicios de recuperación inmediata.

 

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