La electricista que llegó a Salta por un mes y se quedó a vivir

Alejandra Gómez es técnica electricista del hogar. Esta oración simple invita a deconstruir prejuicios, pues para cualquier salteño la imagen del electricista es la de un hombre. 
Alejandra tiene 55 años y desde hace poco está en Salta. Ella es cordobesa y estudió en la Escuela Técnica de Esteban Echeverría, de “la docta”. Se recibió en 1986 de técnica electricista del hogar y siempre que pudo vivió de ese trabajo, pues nunca se matriculó y realizó obras menores. Hizo luego cursos de electricidad y recibió capacitaciones permanentemente. Ese es el oficio que eligió para su vida.
Luego trabajó “de todo” ya que tuvo que criar a sus dos hijos sola. Fue remisera, trabajó en bares, fue cocinera, probó con seguros, vendió en la calle, cuidó ancianos, anduvo en carro gastronómico recorriendo todas las ferias y fiestas patronales de Córdoba y tantos otros empleos que ya ni se acuerda.
Tiene el “picante” cordobés en la gatera y tira siempre algún “bocadito” como al pasar hasta que toma confianza y descarga la chispa con algún cuentito corto.
“El trabajo que se puede hacer en la casa es muy básico. Hay un positivo, un negativo y un cable a tierra. Sin embargo, no es fácil. El hombre, mayor de 35 años, es el porfiado que discute y quiere saber más que cualquier mujer”, ríe. “La mujer que me llama escucha y entonces todo se hace más fácil para explicar y para llegar a acuerdos como, por ejemplo, por dónde ponemos un enchufe o una llave de luz. Los hombres más jóvenes ya comenzaron a escuchar a una especialista, sea hombre o sea mujer”, dijo Alejandra.


“Son muchas las mujeres que me llaman para hacer un presupuesto. Se sienten más cómodas conmigo y yo también. Yo hago los trabajos como corresponde y nunca nadie me volvió a llamar porque algo quedó mal; me llaman para hacer otro trabajo y muchos me recomiendan. Yo sé que el boca a boca es importante y entonces trabajo lo más correctamente posible”, dijo.
Un detalle que mencionó revela de alguna manera los prejuicios que siguen presentes en nuestras sociedades: ella nunca fue convocada para ninguna obra grande. 

 

Para buscar presupuesto, consultas o pedir un turno hay que llamarla o dejarle un mensaje de WhatsApp al +54 9 3513 37-9824, a cualquier hora, cualquier día. 


“Yo iba a los llamados. Me hacían pruebas, dejaba presupuestos y nunca me llamaron de una obra grande. Es algo que debemos mejorar porque cada vez más hay mujeres en los talleres, que son gasistas, plomeras, albañiles, pero que no son convocadas a obras de edificios, puentes o lo que sea. Solo se limitan, o mejor dicho, nos limitan a trabajar en los hogares”, aseguró. 
Haciendo su trabajo pudo criar a sus dos hijos varones. Nahuel tiene 29 años y Lautaro, 28. Ambos ya formaron sus respectivas familias y le dieron a Alejandra ocho hermosos nietos y nietas.
“Yo lo único que extraño de Córdoba es a mis nietos”, dijo casi llorando por la nostalgia que la vincula con su ciudad natal.
Cuando sus hijos se hicieron grandes e independientes, ella quiso dedicarse a “vivir su vida”, pero cuatro accidentes la retrasaron. “Yo tuve 4 ACV (accidente cerebrovascular). El primero, cuando el más grande tenía 18 años y tuvo que dejar de estudiar y salir a trabajar. Me recuperaba y venía otro ACV, y me volvía a salvar. El último fue hace ocho años y que me dejó analfabeta. Tuve que volver a aprender a leer y a trabajar, hacer la primaria y la secundaria en poco tiempo. Tuve que aprender nuevamente el oficio de electricista. Fue terrible y, sin embargo, acá sigo. Me dieron la yapa para que haga eso que quería hacer, que es vivir mi propia vida”, dijo.
En ese tren sin horarios, que no sabe de destinos, se subió. Ella es tarotista en nivel de aprendiz y quiso capacitarse más. Entonces conoció a una salteña que fue una de las “culpables” de que Alejandra llegara a Salta a capacitarse. El otro es Rubén, el dueño de la casa en donde se aloja: una vivienda antigua, larga, extendida en un fondo sin fin con galerías y zaguán. Ahí, en el umbral, hay escaleras plegables, una caja tipo pescador con herramientas pequeñas, tubos led y hasta un toldo de nylon para las galerías.
“Es que con Rubén trabajamos mucho juntos y en realidad hacemos todo tipo de trabajos para el hogar. Este toldo lo tenemos que colgar en estos días. Él coloca pisos, cortinas, alfombras y yo hago trabajos de electricista sola, pero también le doy una mano a él cuando lo necesita. Porque en realidad yo también aprendí de plomería, de gasista... pintamos paredes, hacemos de albañilería, destrancamos, arreglamos de todo a toda hora”, dice la mujer con picardía.

 

“A la mujeres les digo que luchen, que se impongan, porque tenemos derechos pero no los ejercemos”. 


“Mucha gente nos llama hasta para cambiar focos, porque nos tiene confianza. Y yo soy alegre. A mí la vida me dio una oportunidad, estoy viviendo de más, de prestado, y entonces la vivo bien, con felicidad, la aprovecho y así trabajo. Entonces la gente que ya me conoce me llama, aunque sea, para charlar, intercambiar alegrías y que las cosas en la casa queden bien”, dijo.

Salta atrapa

Alejandra vino a la provincia para capacitarse en el tarot por un mes y ya pasaron casi cuatro y no se va. Cuando lo cuenta, se ríe y mira para abajo.
“Es que Salta no te deja ir porque es como un pueblo grande. Es una ciudad segura, la gente es chura y tiene colectivos interesantes, con una fuerza de lucha increíble. Yo le agradezco mucho a las compañeras de ‘Mamá Sara’. Las feministas salteñas son geniales, toman las calles, son solidarias, colaboran. A mí me ayudaron mucho. Pero más allá de eso, los y las salteñas tienen buen trato, respetan a las personas”, dijo.
Con respecto a su futuro, la palabra correcta sería “incierto”. No la utiliza, no la encuentra o quizás no quiera hallarla.
“Yo lo único que sé es que me quiero quedar acá por la gente que encontré. Me he reencontrado con mi oficio de electricista, con una vida que me va gustando, con una ciudad hermosa y con los colectivos feministas de jóvenes luchadoras que me van enseñando otras cosas que me van atrapando a este lugar. Vuelvo a repetir: extraño a mis nietos, pero pueden venir a visitarme cuando quieran”, dijo y se calló.
 

 

Para saber algo más de “Mamá Sara”

Es un espacio transfeminista de solidaridad y sororidad.

“Mamá Sara”, la organización donde Alejandra encontró compañía y solidaridad, es un espacio donde se puede amar, crear, acompañar y, sobre todo, inspirar. 


“Somos una grupa transfeminista liderada principalmente por mujeres con valores como la solidaridad y la sororidad. La integramos familias monomarentales y a favor del aborto. Por lo tanto, nos contenemos y nos apoyamos en cuanto a emprendimientos, trabajos y lo que sea”, dijo Bárbara Rocha.
Contó que la denominación de Mamá Sara, tiene un origen quechua y que representa a la diosa del maíz. Además, es reconocida por ser la cuidadora de la chicha, bebida sagrada de las comunidades indígenas y elaborada exclusivamente por mujeres. En la organización hay emprendimientos gastronómicos, de tejidos, de pintura, de fotografía, de indumentaria, productos y servicios, entre otras cosas. También acompañan en situaciones de violencia de género y búsqueda de empleo.
 

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