El tecno - nacionalismo chino

El presidente chino Xi Jinping decidió crear un tercer mercado bursátil en el coloso asiático, que se sumará a las ya pujantes bolsas de valores de Shangai y Shenzhen, que se encuentran entre las cinco más importantes del mundo junto a sus equivalentes de Nueva York, Londres y Tokio. Pero la originalidad de la iniciativa es que, según se anunció, estará consagrada exclusivamente a proveer de capital a “las pequeñas y medianas empresas altamente innovadoras de elevada tecnología, en condiciones de competir en el ámbito de las grandes plataformas digitales”. 

Se trata, en definitiva, de la creación de un Nasdaq chino, pero focalizado en las pequeñas compañías de alta tecnología. Para estrenar este nuevo mercado bursátil fueron elegidas 66 pequeñas firmas tecnológicas que ya habían acreditado una gran capacidad de innovación y que en conjunto obtuvieron ingresos por más de 60.000 millones de dólares en los últimos doce meses, lo que implicó un alza del 37,5 % en relación al período anterior. Después de este puñado de 66 iniciales, está prevista para 2022 una segunda tanda de 1500 empresas.

Según la visión de Beijing, las innovaciones tecnológicas más prometedoras son las que se originan en las “startups” de alta tecnología dentro de la economía digital, un sector que ya representa el 40% del producto bruto interno chino y crece a una tasa superior al 10% anual acumulativo. El objetivo es multiplicar las unidades “hightech”. En otros términos, China aprende la lección de Estados Unidos, cuyos gigantes tecnológicos no nacieron como grandes corporaciones sino que fueron el desarrollo exitoso de pequeños emprendimientos iniciados en los garajes de Silicon Valley.

El inconveniente es que la formidable acumulación de riqueza acumulada por las corporaciones de alta tecnología, en particular por Alibaba (el Amazon chino) y Tencent, les posibilita avanzar velozmente en un proceso de integración vertical impulsado a través de cuantiosas inversiones en la adquisición de acciones de pequeñas compañías. El resultado es una creciente tendencia hacia la concentración monopólica que reduce la competencia y en consecuencia limita los incentivos para la innovación. 
Xi Jinping pretende acotar ese fenómeno de concentración. A tal efecto, utiliza la zanahoria de la ayuda a la financiación para las “startup” pero a la vez enarbolaba el palo de la regulación legal a la expansión de las grandes compañías. En abril, las autoridades regulatorias impusieron a Alibaba una exorbitante multa de 2.800 millones de dólares por incurrir en “prácticas monopólicas” que dificultaban la competencia con las nuevas compañías”. 
Jack Ma, principal accionista del emporio tecnológico y el mayor multimillonario chino, estuvo incluso desaparecido durante un tiempo y en su reaparición proclamó su fidelidad a las directivas oficiales.

En aquel momento, la interpretación predominante en los medios periodísticos occidentales fue que la sanción suponía una represalia por el avance de Alibaba en el negocio de la banca digital (“fintech”), un proyecto que afectaba los intereses de los poderosos bancos estatales chinos. Las especulaciones consignaban que el Partido Comunista buscaba también ratificar su control político sobre la principal empresa privada. 
Esas elucubraciones, inequívocamente ciertas, no repararon en algo igualmente importante: la sanción detenía la expansión de Alibaba en terrenos ajenos a su sentido originario.

La imitación recíproca 

China tiene como planteo estratégico el tecno - nacionalismo, una visión basada en una estrecha alianza entre el sector público y las empresas privadas del sector. La razón de ser de esa estrategia es la convicción de que en la sociedad del conocimiento la supremacía tecnológica es la llave de la hegemonía en el sistema de poder mundial. 
En la última década, Beijing planifica sus inversiones en investigación y desarrollo en sintonías con sus grandes compañías tecnológicas para competir con Estados Unidos por el dominio en materia de inteligencia artificial, lo que se expresa en la puja desatada por el avance de la compañía de comunicaciones Huawei en la expansión internacional de las redes 5 G, tenazmente resistido por Washington. 
La planificación china, que en las últimas décadas ha demostrado su capacidad de conseguir todos los objetivos que se plantea en cada etapa, tiene como meta desplazar a Estados Unidos en el primer lugar materia de inteligencia artificial en 2030. Beijing considera que esos progresos en el desarrollo de la inteligencia artificial servirán para elevar drásticamente los niveles de productividad de sus industrias manufactureras y su estructura de servicios, condición para alcanzar a las economías más avanzadas. 
La conjunción entre una población de 1450 millones de habitantes y un sistema político que le permite al Estado una decisiva influencia en la actividad del sector privado hace que China cuente en este terreno con una importante ventaja competitiva por su capacidad para la obtención y captura masiva de datos, clave en el entrenamiento de los algoritmos. El último Índice de Exposición Mundial de China, elaborado en 2019 por el Instituto Global McKinsey, consigna que la dependencia tecnológica de China al mundo ha disminuido, al tiempo que en ese rubro la dependencia del mundo a China ha aumentado.

 

Sin embargo, en la carrera por el predominio en las tecnologías de última generación la superpotencia asiática presente algunas vulnerabilidades. En el caso del 5-G, a pesar de liderar el desarrollo de patentes a escala mundial, con Huawei como nave insignia, China tiene una dependencia crítica en la importación de semiconductores, un componente esencial cuya escasez ha focalizado los ataques en materia de política comercial de Estados Unidos, dispuesto a aprovechar esa debilidad estructural. 
Pero el tecno - nacionalismo no es un invento chino. Desde mediados de la década del 60 Estados Unidos, Japón y los tigres asiáticos (Corea del Sur, Hong Kong, Singapur y Taiwán) e Israel implementaron estrategias similares. En su libro “El estado emprendedor”, la economista italiana Mariana Mazzucato describe minuciosamente la forma en que las compañías tecnológicas estadounidenses aprovecharon las investigaciones financiadas por el sector público, en especial por el Pentágono. El caso emblemático es el nacimiento de Internet, originado en los laboratorios de las Fuerzas Armadas. Lo único original que China incorporó a ese proceso fue su formidable dimensión estatal y la fuerte concentración de su poder político. 
La experiencia histórica correlaciona liderazgo tecnológico con hegemonía mundial. En el siglo XVIII, la primacía del imperio británico fue el resultado de la Primera Revolución Industrial, a partir del invento de la máquina a vapor. En la segunda mitad del siglo XIX, el ascenso de Estados Unidos estuvo signado por la irrupción de la Segunda Revolución Industrial, simbolizada en empleo de la energía eléctrica. En la pasada década del 80, el triunfo estadounidense en la guerra fría estuvo directamente relacionado con la Tercera Revolución Industrial, fundada en la cibernética. Con esos antecedentes, es inevitable que Washington y Beijing compitan por tomar la delantera de la Cuarta Revolución Industrial, cuyo eje es la inteligencia artificial. 
El tecno - nacionalismo es la ideología de la época.
     * Vicepresidente del Instituto de Planeamiento Estratégico

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