“Cuando algo me activa el lado poético lo aprovecho al máximo” 

“... Quizás no sea poeta/ o me esconda en una falsa modestia/ como los dioses/ que cuelgan en las santerías”. Este es un extracto de un poema de Diego Saravia Tamayo. Su nombre tal vez no sea aún tan conocido en el campo literario salteño. Nacido en nuestra provincia en 1972, luego de obtener su título de contador público nacional en Córdoba, emigró a Estados Unidos para realizar un doctorado en Economía en la Universidad de Maryland. Una vez completado ese posgrado, se radicó en Chile durante 15 años. Ha trabajado como profesor universitario y en los bancos centrales de Argentina y de Chile. Ha publicado trabajos académicos en su especialidad en libros y revistas científicas. Sus poemas integran antologías y revistas literarias, y han visto la luz “Meridiano” (2017, Santiago de Chile, El Español de Shakespeare) y “La casa en la ola” (2020, CABA, Ediciones del Dock). Seguramente la pandemia entorpeció la circulación de este último. Pero los versos están ahí, reclamando lectores que le presten el cuerpo a la experiencia poética. Y los merecen.
El consagrado escritor y poeta Santiago Sylvester hizo esta observación sobre “La casa en la ola: “De su vida de transtierros y arraigos sucesivos, y de la que es en general una vida atenta, extrae una mirada reflexiva, asistida por la vieja manía de indagar. Sin palabras retumbantes, pero que dan en el blanco, configura en sus poemas esos momentos de equilibrio, elaborados con intensidad y conocimiento. Este libro es un estado de alerta sobre el mundo, expuesto con plena lucidez por un poeta que busca entenderlo”.
Así, los versos que lo componen están atravesados por la nostalgia, la sensación de vejez y el pesimismo: “Estoy en ese trato con la vida/ en que la timidez ya no importa/ El surco del arado es profundo/ y sé las opciones que caducan/ y son un preludio./ Me encuentro en ese trato con la vida/ en que se hace más simple una palabra/ que penetra en la tierra, volviéndose raíz./ El oro ya no es oro,/ pero el espejo es más profundo/ y las arrugas de la voz/ colman de silencio mi alma y mi cuerpo./ Estoy en desacuerdo con la vida: /la belleza, además de ahogar, duele”. 
Sin estridencias, sin una violencia que se explicite o que busque atraer la atención, los poemas trabajan con sutileza sobre el lector, hundiéndolo en ese pesimismo: “Me abrazo al último salvavidas/ y contemplo el mar de azulejos blancos/ Sigo en la lucha indigna hasta ser/ padre, hijo y mascota de mí mismo”. 
Junto a la vejez, aparece la sensación de deterioro, de fragilidad: “Cuando supe de un cáncer/ y quedé sin trabajo/ tuve una fugaz sensación/ de la verdad”. Pero es la nostalgia lo que prevalece. Izán Quezada, editor chileno de “Meridiano”, hace una observación sagaz sobre la producción de Saravia Tamayo: “Causa asombro que siempre se descubra la nostalgia en el fondo de sus versos. Creemos que echa de menos el mundo rural argentino, pero no el concreto y cotidiano, sino uno abstracto, radicado en la poesía rítmica y en las solitarias temáticas del país más plano del mundo”. 
Advierto que esa nostalgia se pega al lector, se adhiere a sus entrañas y queda allí, aún cuando haya terminado de leer. Sensación que se agradece.

¿Qué poetas o libros influyeron en su vocación de poeta?
Es una pregunta difícil de responder ya que apoyo lo que alguna vez escuché de que la poesía debe dar cuenta de la existencia de Homero; es decir, que un poema que se escriba debe tener presente lo que se ha escrito. Aclarando que será una respuesta injusta, autores salteños como los Dávalos y Castilla marcaron mi infancia y me acompañaron cuando la ausencia era una herida. Puedo nombrar muchos otros que han influido de alguna manera en la temática o las formas: como ser Whitman, Lorca, Neruda, Ungaretti, Parra, Teillier, Rojas, García Montero, Pizarnik, Watanabe, Mujica, en fin, sigue una larga lista. Y también mi editor chileno Quezada, Sylvester y Leopoldo Castilla, quienes influyen en mí especialmente, ya que también los puedo escuchar.

Empezó a publicar después de los 45 años. ¿Cuándo sintió que estaba listo para “entregar” su obra a los lectores?
No creo que haya sido algo muy racional lo de estar listo para publicar. Por mi profesión estuve muchos años dedicado a la investigación científica y su publicación que en algunos aspectos se parece al proceso poético; por ejemplo, en la matemática hay belleza y a veces no se sabe dónde te lleva. En fin, cuando bajé mi intensidad en investigación y me dediqué más a tareas directivas, empecé a relacionarme con gente ligada a la literatura y un editor se mostró interesado en lo mío. Fue como si reemplazara un tipo de publicación por otra.
Con alguna perspectiva, mis fichas se acomodaron más tarde que lo normal, pero no respondiendo a un plan sobre el momento justo de mostrar mi obra. Ahora estoy por publicar un libro de cuentos donde algunos deben de haber sido escritos hace como nueve años. 


Usted es un economista muy reconocido, ¿cómo concilia su profesión en ese ámbito con la creación poética?
Claramente he dejado de lado cosas que tenía en mi profesión en el extranjero para darle más importancia a otras cosas, incluyendo la poesía; así es que he hecho un esfuerzo por un equilibrio. Como soy bastante temperamental, cuando pasa algo que me activa el lado poético lo aprovecho al máximo porque sé que después viene un período de menor actividad. Y algunas veces esto causa tensiones entre la actividad poética y la de economista, pero nada que me haya impedido cumplir bien con mis responsabilidades profesionales; aunque eso haya implicado que duerma muy poco. Pero imagino que son las tensiones de la mayoría de la gente que escriben poesía y tienen que parar la olla para unos cuantos.

Hay un cambio notorio entre su primer poemario y el segundo, en el que los poemas son más breves y juega más con los silencios. ¿Lo pudo reflexionar?
Tiene razón. En los poemas del segundo libro hago un mayor esfuerzo por un estilo austero, despojando al poema de todo adorno y dándole la mayor precisión que puedo. He tratado de ir al centro del asunto y darle el sentido y significado al poema con la mayor brevedad posible. He tratado de lograr epifanías en mis poemas. Creo que la brevedad requiere de un trabajo significativo del que escribe y también demanda un involucramiento mayor del lector al interpretar lo que le dicen las palabras y los silencios, que usted menciona.
Estoy cómodo con ese estilo. El otro día me decían que hablaba como escribía mi poesía, así que estimo que ha sido algo natural incurrir en ese camino. De hecho, en el primer libro hay algo de lirismo con el que he dejado de sentirme interpretado.

¿La nostalgia y la vejez son insoslayables en su poética? 
Qué interesante. A la nostalgia la veo claramente, pero no era consciente de que la vejez estaba tanto. La vejez quizá como la etapa en la que se tiene nostalgia de las cosas de la juventud, pero no seamos tan duros con nosotros mismos, si no he cumplido cincuenta años todavía (ríe). Sí, hay nostalgia de casi todo lo que pueda despertar ese sentimiento, incluyendo por supuesto la ausencia de la tierra de la infancia que es lo que más marca. Pero también en mis poemas hay nuevos comienzos, amores, desamores. Creo que escribo de vivencias, observaciones y reflexiones donde la nostalgia, pérdidas y encuentros tienen un rol importante.

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