La grieta regional

De escaleras y de abismos Keynes, quien se consideraba a sí mismo como "moderadamente conservador", sostenía que un nivel atenuado de desigualdad no es malo, pero que una desigualdad extrema es nociva y desestabilizante.

Sin duda, Keynes reflejaba en sus palabras la terrible experiencia vivida por las economías europeas luego de la Gran Guerra 1914-1918 que produjo la revolución rusa de 1917 y el advenimiento del fascismo y del nazismo poco después, "condimentada" además por la enorme crisis de 1929 y años posteriores junto a su secuela de huelgas, unido al rechazo cada vez mayor a la organización de mercado, rechazo que en el caso de la Argentina caló tan hondo que aun en el presente recoge importantes adhesiones entre la población.

La diferencia entre una desigualdad moderada y otra de tipo extrema es que, en la primera, las diferencias económicas y sociales pueden ser un acicate para quienes se ubican en los peldaños inferiores, a la vez que justamente la economía de mercado contribuye a "acomodar las cargas", ya que los mercados de usados permiten el reciclaje de los productos al ser adquiridos por sectores de menores ingresos, como es el caso de los automóviles. Recíprocamente, en una igualdad absoluta, tales mercados de usados no pueden tener lugar (¿a quién le vendemos el auto que queremos reemplazar por otro?).

Planteado de otra forma, las situaciones de desigualdad moderada, como planteaba Keynes, se asemejan a una escalera de peldaños de poca altura, o, si se prefiere, a rampas de suave pendiente, fáciles de acceder. Las situaciones de desigualdad extrema, por otra parte, equivalen a una escalera con peldaños muy altos, una pared o un abismo, claramente de muy difícil o imposible acceso, donde el ascenso social es prácticamente nulo, lo que es sin duda el caso de muchas economías de América Latina y África.

Como se ha sostenido a lo largo de muchas columnas, la academia y la política tienen una asignatura pendiente en relación con el problema de la desigualdad extrema, al desentenderse de esta realidad y omitir el esfuerzo de investigación dirigido a escudriñar las causas de la vigencia de estos "abismos", omisión que es directamente proporcional al aventurerismo de las "sachaizquierdas", o sea, las izquierdas que ni siquiera adoptan las ideas probadamente equivocadas de Marx, y el de los populismos variopintos, en este caso completamente carentes de ideas.

El país fracturado

En la Argentina, junto con los "abismos" señalados, también operan las grietas regionales, que son las que muestran las diferencias de desarrollo y oportunidades entre unas regiones y otras de la Argentina.

Esta grieta, lo mismo que la anterior, no es ignorada por quienes las sufrimos, pero, al igual que en la ya mencionada, por una parte hay un desentendimiento supino de los mismos actores, y también, como en aquel escenario, están los "cazarrecompensas", que ofrecen variadas soluciones, del tipo de "la culpa es de los porteños", con la versión extrema, a veces, de las añoranzas del rosismo o de la propia etapa colonial.

Lo cierto es que, de la misma forma que los pobres no lo son "porque" otro grupo de la población se encuentre en mejor situación económica, tampoco el retraso relativo de nuestra provincia es la imagen espectacular del progreso de la ciudad de Buenos Aires y otras provincias de mayor desarrollo que nuestra Salta.

Por el contrario, como le decía Julio César a Bruto en la obra de Shakespeare, "la culpa, Bruto, no es de nuestra mala estrella, sino nuestra...", o, como sostenía Chesterton, "las cosas no ocurren porque hagamos algo; ocurren "a menos' que hagamos algo...". Dicho de otra forma, los salteños, y otros comprovincianos padecemos nuestro fracaso porque no logramos allegar funcionarios decentes y capaces a los gobiernos y con visión de estadistas, esos que, como decía Churchill, no están preocupados por las siguientes elecciones, sino por las próximas generaciones.

En efecto, más allá de los galimatías en los datos oficiales, puede registrarse la masa inmensa de recursos que recibió la Provincia en los primeros años del siglo presente, sin que esa enorme masa de fondos se haya dirigido al desarrollo económico, a diferencia de San Luis, por ejemplo, provincia gobernada durante todo el tiempo transcurrido desde 1983 por el peronismo, como Salta en casi todo este mismo período, pero que aplicó sistemáticamente un porcentaje elevado de los recursos que la Nación transfiere a las provincias hacia obras de desarrollo económico y social, destacando que esa masa de recursos es aportada justamente por la ciudad de Buenos Aires y otras de mayor desarrollo que nuestra Salta.

Curiosamente, se trata de "culpables" muy extraños: dan en lugar de quitar recursos.

Debe ser claro que las provincias no tienen más instrumentos para su desarrollo que su gasto público. Por lo tanto, es un deber que este gasto se aplique racionalmente a las transformaciones económicas y sociales que son perentorias; en particular, a las obras de saneamiento, provisión de agua potable, viviendas y otras que, a la vez que proporcionan empleo genuino que debe ser orientado hacia quienes carecen de él, resuelven justamente necesidades básicas insatisfechas de la población.

Para ello es imperativo un reordenamiento de las prioridades, buscando instrumentos que aseguren que el gasto público se reoriente desde el empleo público engañoso en el cada vez más agigantado Estado hacia la inversión dirigida al desarrollo. 

No menos importante es también fundamental rediseñar el sistema electoral, en un esfuerzo por llevar a la función pública a las personas más capacitadas y con pergaminos éticos inobjetables, basados en la idea de que los “votantes” no deben ser “calificados”, pero sí los “votados”, porque nadie pretende que los padecientes sepan medicina, pero sí se requiere que quienes los van a atender dispongan de los conocimientos requeridos por esta ciencia ¿Por qué no entonces los gobernantes? 

Salta es viable y puede salir de la pobreza y frustración que se ha vuelto ya endémica, con la presencia y protagonismo de los propios salteños, sin necesidad de buscar culpables más allá de nuestras fronteras, a condición de que tomemos los ejemplos adecuados y con ayuda del “triángulo de Sábato” y otras iniciativas similares conformemos un programa de desarrollo que nos saque del lugar injusto en que nos encontramos, uniendo esfuerzos con las provincias hermanas del norte, con quienes compartimos penurias, igualmente superables.

El Sol no se apaga 

Nuestro astro rey dispone todavía de otros 5.000 millones de años para brillar, con lo que contamos con energía de sobra para aumentar la producción de bienes y servicios, energía a la que puede sumarse la fuerza eólica o la que ofrecerían todos los paneles solares nuevos que pueden añadirse, más otras que el ingenio humano, la inversión de las empresas y el diseño de una política gubernamental inteligente pueden proveer. Por lo tanto, no hace falta quitarle ingresos ni recursos a los ricos o a los porteños. 

Solamente necesitamos aplicar la otra fuente de recursos, que es nuestra desaprovechada inteligencia, ofuscada en buscar culpables externos para nuestra tragedia, la cual es de exclusivo mérito propio.

* Diputado provincial (mc) por la Unión Cívica Radical

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