El cosmos y gea, una historia donde solo el cambio es permanente

La imagen del cosmos es aterradora. Una vista de los infinitos cielos revela la paradoja de su inexistencialidad. Los astros, que desvelaron al hombre neolítico y que aparecen en las más antiguas cosmovisiones, ya no existen. Más allá del sol, de los planetas de nuestro sistema solar y de algunas estrellas próximas, solo quedan cenizas estelares. Un cosmos fósil de donde recibimos la luz de estrellas que ya fenecieron.

El hombre mira al cosmos, pero este lo ignora. Paradoja de la existencialidad humana.

Por lo que sabemos, el universo nació de una gran explosión hace 13.700 millones de años. Tal vez el primero en señalar el tema fue el científico y sacerdote belga George Lemaitre. El astrónomo inglés Fred Hoyle, que no creía en ese evento, se burló llamándolo "Big Bang" y al final el nombre se impuso y así quedó para la historia de la ciencia. George Gamow, el gran sabio ruso-americano, hiló más fino y dijo que se trataba de una singularidad espacio-temporal. En su honor, se llama "singularidad de Gamow".

El origen del universo es un gran misterio. El alejamiento de las galaxias, el efecto Dópler, las ondas gravitacionales del estallido y su ruido cósmico de fondo indican un nacimiento dramático unos 14 billones de años atrás. Adelante del estallido o parto cósmico, los físicos y cosmólogos han podido calcular los eventos en asombrosas escalas de tiempo infinitesimales.

Steven Weinberg, físico teórico, cosmólogo y premio Nobel, escribió un libro maravilloso sobre los tres primeros minutos del universo. Hay un muro que separa los dos momentos de la singularidad y es el llamado "muro cuántico de Planck". Sabemos mucho de lo que pasó después, pero absolutamente nada de lo que pasó antes. Es el campo divisorio entre la física y la metafísica, entre la ciencia y la religión. Es el nacimiento de la materia y la energía desde la no materia.

Es el nacimiento del tiempo cósmico. A partir de allí vemos desarrollarse millones de galaxias, billones de estrellas, trillones de exoplanetas, agujeros negros y toda la parafernalia cósmica. Asimismo, estrellas que nacen y mueren en estallidos de supernovas. Supernovas que incluso pudieron llegar a afectar el curso evolutivo de nuestro planeta.

Nuestra galaxia

Nuestra galaxia es la Vía Láctea, una galaxia de tipo espiral. En uno de sus brazos está el sistema solar. Nuestro sol es una estrella enana amarilla de 10 billones de años de vida de los cuales ya hemos gastado la mitad. Producto de la acreción de la nébula solar se formó la Tierra 4.567 millones de años atrás. Ello dio inicio al tiempo geológico, el profundo y abismal tiempo geológico. Somos el tercer planeta desde el sol luego de Mercurio y Venus. Formamos parte de los planetas rocosos en oposición a los gigantes gaseosos. Gracias a la datación de los meteoritos condríticos de la nébula solar original podemos saber la edad de nuestro propio planeta. El planeta más singular del sistema solar en razón de la presencia de agua líquida y vida. Vida organizada en cinco reinos, con primates inteligentes que pueden analizar pasado, presente y futuro. Preguntarse de dónde venimos y hacia dónde vamos, aun cuando no siempre se encuentren respuestas.

Del infierno a la vida

El planeta Tierra nació de materia solar por acreción. Pasó por múltiples etapas desde el frío cósmico inicial hasta su ignición en el Hádico. Se denomina Hádico al primer periodo de la Tierra por su naturaleza infernal.

Es el momento del enorme impacto con el asteroide Theia, que arrancó un trozo planetario terrestre y lo puso a girar en órbita para formar nuestro satélite: la luna. El Hádico terminó hace 4.000 millones de años y solo han sobrevivido algunos cristales de zircón reciclados en rocas posteriores del período Arcaico. También para esa época terminó el gran bombardeo meteorítico y cometario. Una Tierra rojo ígnea pasó a una Tierra quemada con una costra negra llena de cráteres. Si pudiésemos viajar en el tiempo jamás reconoceríamos a ese mundo como nuestro planeta. O las tantas otras caras que mostró la Tierra a lo largo de su evolución y metamorfosis geológica.

Luego del Hádico la Tierra se convirtió en un mundo gris donde el agua líquida comenzó a llenar los protoocéanos y una atmósfera anóxica, ácida y venenosa fue cubriendo el planeta. Aún con un sol débil, la Tierra se ubicó en una coordenada ideal para lograr que el agua se mantenga en su punto triple: hielo, líquido y vapor. Y que comience un ciclo hidrológico de recirculación del agua con evaporación, condensación y precipitación. En algún momento del Arcaico se disparó la vida. Los mares eran una sopa de compuestos químicos prebióticos listos para engendrar la vida. Primero fue la bacteria primordial Luca, de la que todos descendemos. Es nuestro último ancestro común universal que vivió hace unos 4.000 millones de años. Allí aparecen los primeros restos de carbón isotópicamente orgánico. Con esa célula primordial se instala en el planeta lo vivo, la vida. Es la primera gran revolución del planeta Tierra, el nacimiento de la biosfera. Esas células van a reproducirse rápidamente en los mares del mundo. Se crean las primeras colonias de estromatolitos calcáreos.

Hace 2.500 millones de años se produce la segunda gran revolución biológica, cuando las bacterias se transforman en oxidantes y cambian la química de la atmósfera. El hierro libre en las aguas oceánicas precipita masivamente en óxidos de hierro que dan los grandes yacimientos de hierro bandeado (BIF) de magnetita y hematita. Ello conforma el período Sidérico, que hoy está representado en algunos núcleos proterozoicos continentales de Australia, América del Norte, América del Sur y Asia. El mundo cambia a una tenue tierra verde y a una tenue atmósfera azul.

Hacia el final del Proterozoico la Tierra sufre una crisis de congelamiento y se cubre de hielos hasta latitudes bajas, dando lugar al período Criogénico. Es la Tierra blanca. Cuando los hielos se retiran se van a formar extensos depósitos de carbonatos cálcicos donde ya aparecen numerosas formas de vida multicelulares que conforman una tercera revolución biológica. Los tapices bacterianos duros de los fondos oceánicos dejan que se asienten formas quimioautotróficas globosas, sin cadenas tróficas de predador-presa, con cuerpos blandos de simetrías bilateral y trilateral, los cuales van a formar la fauna característica de Ediacara y los Vendobionta. En todo este tiempo los continentes se organizan en supercontinentes y los océanos en superocéanos. Rodinia, Pannotia, Pantalasa, y los últimos y más conocidos Pangea y su desmembramiento en Laurasia y Gondwana. A los 541 millones de años termina el eón Proterozoico y se inicia el eón Fanerozoico. Los organismos precipitan carbonatos para formar sus exoesqueletos primero y sus endoesqueletos después, los cuales les sirven de defensa y ataque y, además, para proveerse de nuevas fuentes de alimentos. Entre ellas el rasgado del tapiz bacteriano y la liberación de la gran productividad biológica allí activa para el consumo.

En ese instante de cambio de eones entre el Precámbrico y el Cámbrico, desde un mundo de cuerpos blandos a un mundo protoesqueletal, se registra también la aparición de una estructura anatómica arquitectural cordada, que es el futuro esqueleto de los vertebrados y el hombre. Pasamos desde un mundo de gusanos blandos y gelatinosos, comedores y excretores de sedimentos, que se arrastran ciegamente por la superficie o el interior de los fangos oceánicos a cuerpos estructurados esqueletalmente, con cerebros y ojos adaptados a las contingencias del medio ambiente.

La vida da lugar a organismos más complejos, desde las células unicelulares vivas e inanimadas, a organismos multicelulares y complejos. Los moluscos evolucionarán por su cuenta con miles de arreglos exoesqueletales que ayudan a los paleontólogos a identificar la edad y el ambiente de las capas que los contienen. Los vertebrados evolucionarán hacia los peces primitivos, y luego los anfibios, reptiles, aves y mamíferos. La vida saldrá del agua a la tierra firme para poblar los continentes. Las plantas decidirán apostar en contra de la gravedad y elevarse al cielo para respirar dióxido de carbono y liberar oxígeno mediante fotosíntesis clorofílica. Las plantas acompañan la evolución de los animales, desde los helechos, pasando por las gimnospermas hasta las angiospermas o plantas con flores.

El Mesozoico se convierte en la edad de los reptiles y especialmente de los dinosaurios. El Cenozoico en la edad de los mamíferos. El clima del planeta pasó por momentos de congeladora y otros de estufa o invernadero. Se formaron extraordinarias concentraciones de carbón mineral en el periodo Carbonífero y de petróleo en el Cretácico.

En la senda del hombre

Los asteroides siguieron cayendo a la Tierra y hace 66 millones de años generaron un desastre global con la extinción de los dinosaurios y otras formas de vida. Los mamíferos tuvieron allí su oportunidad y evolucionaron rápidamente, ocupando los nichos ecológicos vacantes.

La Tierra adquiere su configuración actual verde y azul. La química de la atmósfera, las glaciaciones y desglaciaciones, los efectos invernaderos, siguieron ocurriendo de manera cíclica pero sin llegar a las grandes revoluciones del pasado.

Hay una etapa celular viva, una multicelular viva y animista, y una humana viva, animista y racional. El hombre colonizó todas las esferas, en el tiempo darwiniano y en el espacio vernadskiano. La última gran revolución, al decir de Teilhard de Chardin, es la planetización de la noosfera que involucra la suma global de la energía psíquica humana. Lo expuesto nos enseña que la Tierra es un planeta que sufrió profundas metamorfosis evolutivas desde el Hádico al Antropoceno. Nos enseña que lo único permanente es la impermanencia, que el relieve es un fluido y que la civilización existe por consentimiento cósmico y geológico.

 

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