Un veterinario salteño concientiza sobre la tenencia de animales silvestres como mascotas

El Día del Animal se ha resignificado en salutaciones a las mascotas a través de las redes sociales. Y aunque es agradable ver muestras de devoción por estos compañeros de vida de las personas, también cabe recordar que en sus orígenes se tuvo como norte la difusión de los derechos de los animales.

En 1908 Albarracín, miembro fundador de la Sociedad Argentina Protectora de los Animales, emulando el londinense Domingo del Animal le propuso celebrarlo aquí al Dr. Ponciano Vivanco, presidente del Consejo Nacional de Educación durante el gobierno de Figueroa Alcorta. 

Albarracín había sido uno de los impulsores de la Ley Nacional de Protección de Animales, promulgada el 25 de julio de 1891, y había encabezado campañas contra las riñas de gallos, las corridas de toros y el tiro a la paloma. Curiosamente murió el 29 de abril de 1926 y por ello se le atribuye la fecha, que se presenta propicia para alertar sobre el mascotismo, el brutal acto de retener criaturas silvestres en un domicilio particular como si fueran animales de compañía. 

En diálogo con El Tribuno, Daniel Daldoz, médico veterinario especialista en fauna silvestre autóctona y exótica, y en cirugía animal, expresó que no hay una manifestación suave o decorosa para definir el mascotismo. De hecho, para dimensionar el problema, en la página del Gobierno de la Provincia de Buenos Aires se advierte sobre el tráfico de fauna, que implica que los animales silvestres sean extraídos de su hábitat, retenidos y transportados en pésimas condiciones. Y es por eso que 9 de cada 10 individuos capturados mueren antes de llegar al comprador.

De acuerdo con Daldoz estas criaturas, que moran en forma independiente de los seres humanos y deben permanecer libres en su hábitat natural, desarrollan múltiples patologías al imponérseles otras formas de vida. Así, terminan sometidos a un estrés constante, acompañado de una mala alimentación, el lugar incorrecto para desarrollarse -como una jaula-, la falta de recreación y de ejercicios que les posibilita el medio natural para relacionarse en grupo y buscar comida. El veterinario añade que muchas veces cuando los dueños de estas “mascotas” llegan a la consulta “no se puede hacer mucho, ya que un animal salvaje aguanta hasta el último, por el simple hecho de que si en la naturaleza demuestran síntomas son comida de otros. Por ende, cuando colapsa su organismo recién demuestran signos de enfermedad y muchas veces ya es tarde para actuar”.

Especies captadas en Salta

Daldoz señala que aquí se puede ver que son víctimas de mascotismo el loro hablador (Amazona aestiva frente azul), la catita verde o criolla (Myiopsitta monachus), la tortuga terrestre (Chelenoidis chilensis), la comadreja, el zorro y aves repaces. Y en menor cantidad quirquinchos bolitas, lampalaguas, liebres, corzuelas, crías de puma, nutrias o lobitos de río. Todos provenientes del tráfico ilegal de fauna silvestre. “También dicen que los ‘encuentran’ en las rutas, o que los compraron por pena o que se les mató a la madre o simplemente que aparecieron en la casa, lo que es posible porque cada vez se le va ganando más terreno de su hábitat natural e indefectiblemente estos animales se hacen urbanos o empiezan a aparecer”, enumera Daldoz. Luego desmenuza que las razones para tenerlos son variopintas. “Tienen al loro hablador porque imita palabras y arma oraciones, por el canto a ciertas aves, sobre todo al macho, de más atractivos colores que la hembra. A las tortugas porque es un animalito del que creen que ocupa poco espacio, no molesta ni hace ruido. A las serpientes por su anatomía y colores, y al resto supongo que porque no son comunes o porque llegan a los hogares, ya que se ha invadido su hábitat”, referencia. 

Al incurrir en el mascotismo, advierte Daldoz, se opera un gran daño en el equilibrio natural y la cadena alimentaria. “Las comadrejas comen garrapatas y alacranes, son inmunes al veneno de las serpientes y limpiadores naturales. Las aves rapaces controlan la población de roedores y las migradoras esparcen semillas de las frutas que comen”, ejemplifica. Por eso, la mala conciencia debe aparecer cuando se presenta la oportunidad de compralos o apropiárselos. Él recomienda que si uno se topa con un animal en la ruta, por ejemplo una tortuga, hay que frenar, hacerla cruzar y seguir viaje. Ella queda en su hábitat y no se la confina al patio de una casa. También que no hay que comprar loros pichones que no vengan de criaderos autorizados, primero porque se fomenta el tráfico ilegal y segundo porque son animales que se reproducen con la misma pareja y en el mismo nido toda la vida.

“Entonces si se lo saca de allí, por cada lorito que llega a un hogar de humanos, se estima que se han perdido entre 1500 y 2000 ejemplares de esa línea, tanto por los padres que nunca se van a reproducir, porque se mató a uno de ellos o se taló un árbol donde habían construido el nido, como porque el animal que va a la casa es muy difícil que se reproduzca en cautiverio”, describe. La adaptación de animales salvajes para que no constituyan un peligro para los seres humanos tiene además implicancias horrorosas en el corte de alas, picos y garras, y la extracción de dientes. “Les digo siempre a mis clientes: ‘Si no hay demanda, no hay oferta’ y les explico el porqué están amenazadas esas especies. Muchas veces es imposible que vuelvan a la naturaleza, ya sea por una lesión que han sufrido o por la falta de una porción del cuerpo que les impida cazar o comer, o bien porque la impronta humana es demasiado fuerte”, señala. Sin chance de retornar a su hábitat ni de defenderse u obtener comida y refugio, el siguiente paso de Daldoz es explicar a los dueños cómo tenerlos para darles una calidad de vida relativamente adecuada y bajarles el estrés. Añade que en la primera consulta se evalúa la edad, origen, lesiones, estado general e impronta humana del animal. 

Lograr la especialización 

Aunque la advertencia de que son portadores de enfermedades debería bastar para no cobijarlos o apropiárselos, si de todos modos se tiene un animal salvaje hay que especializarse en los pormenores de la especie y los cuidados que requiere. Daldoz señala que, por ejemplo, es clave proveerles una dieta adecuada según la etapa de la vida, “debido a que no son los mismos requerimientos nutricionales para un animal en crecimiento que para un animal adulto”. También que se los debe desparasitar. “Las aves deben pasar por chequeos trimestrales para detectar enfermedades zoonóticas que pueden enfermar al humano y el animal nunca presentar síntomas como la psitacosis. Y controlar endo y ectoparásitos”, sintetiza.

Asimismo, propone que el dueño adecue el espacio donde vivirá el animal, con una temperatura óptima para cada especie y que se asesore acerca de los materiales de los comederos, porque varios podrían resultarles tóxicos, sobre el tipo de posadero para evitar que se les generen enfermedades en las patas y cómo hacerle juguetes “para que el animal no se aburra ni se provoque lesiones y mutilaciones por alteraciones en el comportamiento, que luego son muy difíciles de corregir”. “Nunca hay que mutilar al animal ni cortarle las plumas principales, ya que lo mismo volaría, pero no podría amortiguar el aterrizaje y es muy común que se fracture, golpee, luxe, etc.”, indica Daldoz.

Él también enseña al propietario a leer los síntomas en el animal a los que debe prestar atención, porque ante la aparición de cualquiera de ellos debe acudir al veterinario especialista. Un último ítem es tener en cuenta que estos animales a veces superan la vida de los amos, porque las tortugas en cautiverio, bien cuidadas, pueden alcanzar entre 80 y 100 años, y los loros 50. Sin embargo, para que rocen esta longevidad no hay que hacerlos convivir con sus depredadores, como perros y gatos, que sí son domésticos. “En esos casos no solo se le potencia el estrés al animal, sino que también se lo expone a posibles accidentes como mordidas y otras lesiones graves”, apunta. En su Instagram, Daldoz enseña a incubar los huevos de tortuga artificialmente en la esperanza de repoblar con esas crías áreas protegidas en donde nuevos ejemplares hacen falta como en Santiago del Estero.


 

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