Después de dos años vuelven los  fogones de San Pedro y San Pablo

La noche del próximo 28 y 29 de junio se encenderán de nuevo los fogones de San Pedro y San Pablo, festividad que se celebra en honor al primer papa del Cristianismo y al apóstol de los Gentiles. Es entonces que se realiza la tradicional quema de los “Judas” para así retomar el sentido purificador del fuego. 
Y aquí en Salta, esta tradición echó raíces desde la época de la colonia y tal como ocurre en muchas otras partes, en vísperas de la celebración se encienden fogones y se queman los “Judas”. 
En Cerrillos por ejemplo, Villa Balcón es considerada la capital de los fogones pues allí, hasta el advenimiento de la pandemia, en la noche del 28 y 29 de junio, se encendía una veintena de fogatas hechas con gajos de sereno y paja. Y la gente que asistía a la quemazón, iba como en procesión de fogón en fogón y ante cada uno de ellos se paraban como extasiados mientras los dueños del fogón porque cada uno tiene su dueño hacían sus convites. A los mayores, vino caliente con canela u otras yerbas, en tanto que a los niños, golosinas obsequiadas por el popular sistema del “manchancho”.
Otro atractivo para todas las edades eran los “pocotos” (Solanum linnaeanum), fruto que al arrojarse al fuego, el calor los hace explotar de forma retardada. No son estruendosos como los cohetes pero producen un ruido sordo y característico que entusiasma a los artilleros menores y mayores. Hoy pocos saben que esa artillería manual y vegetal se recolecta días antes en campos aledaños y que luego se guarda hasta el día de la metralla fogonera. 

 El “Judas”

El otro atractivo de la noche de San Pedro y San Pablo son los “Judas” que no son otra cosa que muñecos de tamaño natural que poseen estructura de alambre, ropa vieja de varón adulto -nunca de niños- y relleno de paja seca. Luego de armado, se lo viste con saco, pantalones, corbata y sombrero, elementos que por lo general se minga a la vecindad. Finalmente se le calzan zapatones o botas viejas y en la bola que hace de cabeza, se le pinta con carbón u hollín, el rostro (ojos, nariz, boca, bigotes y barba). Cumplida esa labor de maquillaje, el “Judas” está listo para ser presentado y exhibido en la plaza principal para así enterar al público que esa noche será quemado en el domicilio que indica un cartel que se le cuelga al cuello. 
Por la noche y cuando los fogones ya se extinguieron, llega a los barrios la hora de los Judas. Se los cuelga de un alambre que de exprofeso cruza la calle, y recién entonces se procede a su ejecución ardiente de pie a cabeza, en medio de los aplausos de la concurrencia que cada tanto da vivas a San Pedro y San Pablo.

 El testamento

Pero antes de la cremación del muñeco, en Cerrillos y en algunas partes de la provincia se acostumbraba leer el testamento del Judas. Se trataba de una tarea que desde antaño estaba a cargo de una especie de maestro de ceremonia, generalmente el más lenguaraz del lugar que, parado sobre una mesa o una silla, leía con floreada elocuencia y a voz de cuello, el testamento atribuido al pobre Judas. Era un escrito redactado por un ingenioso vecino que con gran sentido del humor detallaba los bienes que el muñeco legaba a los más conocidos vecinos del pueblo. Así por ejemplo, a un amante del tintillo le donaba litros de leche extraída de los tambos de los Vercellino, Hoyos o Macaferri; al intendente de turno, por ejemplo un carro regador para que con agüita aplaque la polvareda de las calles; al más conocido pelado o calvo de la localidad le dejaba de regalo dos kilos de cabello limpio y despiojado color canela. Y así, recorría una larga lista de graciosas donaciones donde el Judas involucraba con sus bromas al carnicero que vendía carne dura por novillitos, al zapatero que dejaba sobresalientes clavos en el interior de los zapatos; al panadero de pan flaco, a solteronas y solterones, cuadros de San Antonio puestos de cabeza y al comisario, presos nuevos, sin olvidar legados para los jefes de estación y correo o al director de la escuela.
Y una vez concluida la lectura, de inmediato el jefe de ceremonia procedía a empapar los pies del “Judas” con kerosene para de inmediato y en medio de una gran algarabía, proceder a acercarle un fosforo marca Ranchera. Y de esta forma comenzaba, ya casi a la medianoche, el tan esperado ritual mientras desde un extremo del alambre se comenzaba a mecer por los aires al mequetrefe.
Ya envuelto en llamas, y cuando mucha gente se acercaba para apreciar mejor la quemazón, alguien gritaba “¡¡Ta calzao, ta calzao!! Entonces se producía en la multitud una feroz estampida pues ese grito significaba que el muñeco guardaba traidoramente entre sus víseras, un resonante superpetardo o una bomba de estruendo. Y tras la veloz huida venían las atropelladas, las caídas, los tropezones y las pisoteadas, lo que causaba la hilaridad del público que prudentemente se había mantenido a cierta distancia.
Y mientras las llamas de a poco iban devorando al muñeco, de vez en cuando, uno que otro cohete de poca monta explotaba. Pero esos ruidos menores eran engañosos pues la mayoría de las veces entre petardito y petardito de baja intensidad solía explotar una poderosa bomba de estruendo. Explosión que lanzaba por los aires pequeñas brazas de paja que quemaban cualquier cosa. Era otro momento de gran hilaridad pues todos intentaban esquivar a las corridas la lluvia de fuego. 

 Familias fogoneras

Por los años 50, en Cerrillos vivían unos 1.500 habitantes que afanosamente trataban de mantener viva la tradición de los fogones y los Judas. Y en esa tarea hubo familias especializadas en estos menesteres. Por ejemplo, en el barrio Ameghino los fogones más famosos eran los de la familia de don Eusebio Morales, aunque también hacían los Quispe, Barrios, Guanca, Casimiro, Usy y mis hermanos. En el barrio La Punta, de la plaza hasta el extremo norte del pueblo, los fogoneros eran los Ruiz, Russo, Sayus, Guzmán, Pla, Hoyos, Salvatierra, Yusca Felix y el Loro López, entre otros. 
En el barrio Centro, estaban los Ríos, el “Loco” Mingo, “Mataco” Delgado, Berruezo, Castiella y Martínez. Estos hacían su fogata en el baldío frente al Correo viejo. En tanto los fogoneros del extremo sur del pueblo, giraban alrededor de don Nicolás Hoyos y sus hijos. Finalmente estaban los fogones de Pueblo Nuevo, que los hacían los Magno, Salinas, Corimayo, Valdiviezo, “Azúcar” Mendoza y los “Balazos” Flores.
En los 70 estas festividades comenzaron a declinar hasta que resurgieron en Villa Los Tarcos con los “Pulentas” Flores y “Pila” Torres, y en Villa Balcón, con la familia Villa.

 Zapallos y batatas

Una tradición salteña referida a los fogones y que se perdió a través del tiempo fue la de cocinar zapallos y batatas en el rescoldo de los fogones. Esa costumbre perduró hasta los años 50 y los elementos cocinados eran para convidar a los vecinos y amigos de la familia dueña del fogón. El zapallo requería una preparación previa mediante la cual se extraían las semillas y se lo volvía a cerrar. Generalmente zapallos, batatas y papas en menor medida, se apilaban prolijamente alrededor del pie del fogón para que se cocine todo junto. También se acomodaban cayotes que al día siguiente y con gran facilidad, eran descascarados para luego hacer el tradicional dulce salteño.      Eran los famosos dulces de cayote de San Pedro y San Pablo.

Historia de las fogatas

Cuentan que las fogatas son en conmemoración “del martirio del primer papa, San Pedro, y del Apóstol de los Gentiles, San Pablo. Al amanecer del 29 de junio del año 67, ambos fueron sacados de la prisión para ser ejecutados por orden de Nerón. Pedro fue llevado a la Colina Vaticana y crucificado cabeza abajo según su deseo, por considerar demasiado digno morir como su maestro. Pablo fue conducido a Ostia, lugar próximo al río Tiber, y allí fue decapitado”.
 

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