¿Quieres recibir notificaciones de alertas?

14°
19 de Abril,  Salta, Centro, Argentina
PUBLICIDAD

De Menem a Milei, el juego de las diferencias

Al presidente riojano la crisis lo obligó a mantener el apoyo del peronismo y, al mismo tiempo, seducir al establishment. Para el líder libertario ese pragmatismo es imprescindible para alinear al peronismo y preservar la unidad nacional.
Jueves, 14 de diciembre de 2023 22:21

El triunfo de Javier Milei puso en marcha un caótico proceso de transición cuya culminación coincidió con la celebración del 40° aniversario de la restauración de la democracia. La historia nunca se repite, pero enseña. Hay comparaciones que ayudan a interpretar el presente. Por eso no es casual que Milei haya empezado su diálogo en Olivos con Alberto Fernández, que había sido funcionario de Domingo Cavallo en la década del 90, aclarándole: "Yo soy menemista, no como Macri, que es un poquito gorila".

Alcanzaste el límite de notas gratuitas
inicia sesión o regístrate.
Alcanzaste el límite de notas gratuitas
Nota exclusiva debe suscribirse para poder verla

El triunfo de Javier Milei puso en marcha un caótico proceso de transición cuya culminación coincidió con la celebración del 40° aniversario de la restauración de la democracia. La historia nunca se repite, pero enseña. Hay comparaciones que ayudan a interpretar el presente. Por eso no es casual que Milei haya empezado su diálogo en Olivos con Alberto Fernández, que había sido funcionario de Domingo Cavallo en la década del 90, aclarándole: "Yo soy menemista, no como Macri, que es un poquito gorila".

La memoria de Menem está nuevamente presente en la política argentina. Pero entre las múltiples analogías que cabe trazar entre ambas experiencias sobresale un rasgo que parece signar al reciente proceso de transición: la impronta pragmática de un presidente electo que en las escasas semanas transcurridas entre su victoria electoral y su asunción al poder desorientó por igual a amigos y adversarios con decisiones impensadas hasta hace pocos días.

Menem ganó las elecciones el 14 de mayo de 1989 pero el traspaso del mando, previsto para el 10 de diciembre, se adelantó al 8 de julio. En ese interregno la Argentina saltó por los aires: la desintegración del poder político, el estallido hiperinflacionario y los saqueos a los supermercados forzaron la renuncia anticipada de Alfonsín y una solución constitucional "sui generis", homologada por la Asamblea Legislativa.

En esa situación de anarquía, el presidente electo protagonizó lo que luego se definió como un "giro copernicano" que signó a la década del 90. En esa emergencia económica y social, la prioridad ineludible para un presidente peronista, cuya imagen pública generaba desconfianza en el "círculo rojo" de la época, era ganarse la confianza de los mercados financieros. Con una tasa de inflación del 196% mensual, "combatir al capital" implicaba cavarse la tumba.

El lunes 15 de mayo, cuando en el peronismo no se habían acallado todavía los ecos de la victoria, Menem se entrevistó con Álvaro Alsogaray, el numen del liberalismo económico. Esa misma noche fue al "programa estrella" de la televisión, que compartían Bernardo Neustadt y Mariano Grondona, los dos voceros mediáticos más calificados del "establishment", para decir todo lo que ambos ansiaban escuchar.

Una enorme confusión rodeaba entonces la discusión sobre el armado del elenco de gobierno. Una iniciativa de ocasión, urdida en medio del caos por un grupo de dirigentes peronistas, era un gabinete económico constituido a partir de un acuerdo con los "capitanes de la industria", la denominación entonces utilizada para caracterizar a un núcleo de empresarios de la "patria contratista", integrado por un grupo de hombres de negocios cuya prosperidad, que había comenzado a cimentarse durante el régimen militar y acrecentado con el "alfonsinismo", era producto de las licitaciones públicas que agrandaban el gigantesco déficit de las empresas estatales de las que eran proveedores.

La alternativa técnicamente más solvente provenía de Domingo Cavallo, promovido por la Fundación Mediterránea, que en 1987 había sido electo diputado nacional por Córdoba al frente de una lista impulsada por José Manuel De la Sota, empeñado en la construcción de una alianza estratégica entre el peronismo y el sector productivo de la provincia. Cavallo estaba secundado por un equipo de notoria profesionalidad donde sobresalían figuras actualmente muy mencionadas, entre ellas Juan Schiaretti, un promisorio dirigente del peronismo cordobés exiliado bajo el régimen militar.

En el búnker de Menem irrumpió el debate sobre si era conveniente o no apresurar la entrega del poder. Cavallo sostenía que lo mejor era esperar hasta diciembre para que la crisis tocara fondo y el nuevo gobierno asumiera con mayor margen de maniobra política para ejecutar una drástica política de ajuste fiscal y monetario. Los emisarios de Menem que hablaban con el equipo de Alfonsín opinaban que la situación ya era insostenible.

Menem descartó el criterio de "tierra arrasada" sugerido por Cavallo y en cambio aceptó la oferta de un plan "llave en mano" elaborado por el grupo Bunge y Born, el consorcio agroindustrial más importante de la Argentina. La propuesta implicó la designación como ministro de Economía de Miguel Roig, un ejecutivo del "holding" que, en un involuntaria demostración de la gravedad de la crisis, falleció víctima de un infarto agudo de miocardio a los cinco días de asumir la cartera, lo que obligó a su sustitución por su colega Néstor Rapanelli, quien estuvo a cargo hasta diciembre de 1989, cuando fue sustituido por el riojano Erman González, que allanó el camino para Cavallo y su plan de convertibilidad.

Cavallo sintió incumplido el compromiso y remitió a Menem una acalorada carta de reclamo. En respuesta, Menem lo designó ministro de Relaciones Exteriores, con la misión de fortalecer la relación de la Argentina con Estados Unidos, tensionadas por los desencuentros protagonizados por Alfonsín y Ronald Reagan, lo que en esa coyuntura constituía una tarea políticamente indispensable para pavimentar el camino para un acuerdo con el FMI.

Con un plan económico de emergencia que lo habilitaba para asumir la presidencia antes de tiempo, Menem encaró el desafío de la viabilidad política de su implementación. A tal efecto, instruyó a sus emisarios para negociar un pacto de gobernabilidad: el adelantamiento de la entrega del gobierno quedaba condicionado al compromiso del radicalismo de facilitar la inmediata sanción parlamentaria de dos llamadas "leyes ómnibus". Una era la emergencia económica y la otra la de reforma del Estado, que conferían al Poder Ejecutivo las facultades indispensables para materializar un "ajuste estructural" que incluía la privatización de la totalidad de las empresas públicas.

Alfonsín aprobó la propuesta y habilitó a César "Chacho" Jaroslavsky, jefe de la bancada de la UCR en la Cámara de Diputados, para que acordara con el presidente del bloque justicialista, José Luis "Chupete" Manzano, un mecanismo inédito que hizo escuela después en la tradición parlamentaria: los radicales prestarían el número de diputados suficientes para facilitar el quórum pero votarían en contra de ambas leyes y, a la vez, garantizarían las ausencias necesarias en el recinto para permitir su aprobación.

Construir consensos

Con Milei ocurre lo contrario de lo que sucedió con Menem en 1989. Ambos se sentaron sobre una montaña de votos, aunque Menem los cosechó en la primera vuelta. Pero para garantizar la gobernabilidad en medio de una crisis hiperinflacionaria un presidente surgido del peronismo precisaba el respaldo del "establishment" económico, que lo miraba con desconfianza y temía por el cumplimiento de algunas de sus promesas electorales, que juzgaba contrarias a sus intereses. Milei, cuyo liberalismo es una marca tan registrada como el peronismo de Menem, tiene que responder a la pregunta inversa: ¿cómo podrá hacerlo?.

Si con el respaldo del peronismo la prioridad para Menem era ganarse la confianza del poder económico para no tener que abandonar el gobierno a poco tiempo de asumir, Milei está obligado a buscar en el peronismo, con sus diversas expresiones políticas y sindicales los consensos necesarios para un acuerdo de gobernabilidad que le provea un ancla para poder canalizar la conflictividad social y eludir la mentada espada de Damocles de la Asamblea Legislativa.

En ese contexto, el pragmatismo no es una opción entre otras, sino el único camino posible para evitar el abismo y una política de unidad nacional no constituye una simple expresión de buenos deseos sino una necesidad de supervivencia.

 

 

 

 

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD