Zambra: "La creación y la crianza son espacios similares, tiempos fuera del tiempo"

Por Josefina Marcuzzi

Tres años después del éxito de “Poeta chileno”, uno de los escritores más relevantes de la literatura contemporánea latinoamericana, Alejandro Zambra, regresa a la escena literaria con “Literatura Infantil”, un libro que vacila entre la prosa y los versos para reconstruir, como en un rompecabezas sin final, las experiencias del narrador con su hijo recién nacido: “Cuando un padre pierde la paciencia con su hijo, está perdiendo la paciencia con el mundo", sostiene.

Cuando tenía 17 años, Zambra escribía poemas en los que se regía con una ley inquebrantable: nunca utilizar el yo. Ponía todo su empeño en versos impersonales inspirados en lecturas como las de Ezra Pound, Gonzalo Millán y Emily Dikinson. Obras complejas, construcción de acertijos. Y le iba pésimo. “Alguna que otra vez recibía una sonrisa piadosa de algún espectador que me escuchaba leer”, recuerda.

Ante su deseo de escritura se presentaba una y otra vez la parálisis, el silencio, escenarios que combatía con mecanismos liberadores como el cinismo o la parodia. Todavía le queda la parodia, dice. Pero todo eso fue antes de poder quitarle la represión al deseo de relato. En algún momento lo hizo, y entonces no hubo techo para él.

Zambra nació en Santiago de Chile y escribió y publicó "Bonsai", "La vida privada de los árboles", "Formas de volver a casa" y "Poeta chileno", entre tantas otras obras de ensayos y cuentos; sus novelas han sido traducidas a más de 20 lenguas y ha recibido múltiples premios y reconocimientos internacionales. Como una suerte de círculo que se cierra o que desprende otros, en "Literatura infantil" orbitan todos los planetas, los más grandes y los pequeños, de su universo: la belleza indiscutida de "Bonsai", el diálogo constante e inacabado entre literatura y familia, las formas de volver a la casa de la infancia. La paternidad en sus modos suaves, atravesada por la ternura, y las experiencias del hijo como reconstrucción de los recuerdos perdidos del propio narrador.

"Literatura infantil" (Anagrama) es un diario de la paternidad, es también cartas al hijo, es ficción pura y versos, es un viaje lisérgico que hace lo mismo que hace Zambra cuando habla: abre ideas, despliega caminos posibles, libera destellos de inteligencia, propone un juego y nunca define nada. Desde su casa de México, en un encuentro con Télam, profundiza sobre el espíritu de su nuevo libro.

-Alejandro, en “Poeta chileno” trabajaste la idea del padrastro y en “Literatura infantil” la del padre. ¿Cómo es ese pasaje, qué cuestiones se ponen en juego y cómo opera la biología para pensar los límites de la paternidad?

-Están bastante más relacionados de lo que parece, incluso literalmente. Porque cuando nació mi hijo yo interrumpí la escritura de “Poeta chileno”, quedó congelado. Me quería dedicar a la paternidad y que no hubiera ningún conflicto entre crear y criar. Por más que digan que los niños no captan estas cosas... yo sentía que sí. Para mí era necesaria la armonía entre el espacio de la creación y de la crianza. Porque sí siento que son espacios similares, con ritmos similares. Son como tiempos fuera del tiempo. Por más que de pronto lo sometamos a lo cronológico, y entremos en esta vorágine de publicar, en realidad escribir se parece bastante a lo que las personas que no escriben y que no leen llaman "perder el tiempo". Tiempo perdido que tú sabes que es ganado, pero que incluso tú mismo piensas que es perdido (risas). Y la crianza tiene algo de eso también. De pronto te sorprendes viéndote a ti mismo apurando a tu hijo porque quedaste a tal hora con otro papá para ir a jugar con los hijos de ambos en un parque, entonces hay que apurarse para ir a jugar. Decidí interrumpir la novela para darle el espacio mental y físico que la crianza requería y que deseaba, era una paternidad muy consciente y buscada. Y ya ni sé de qué estábamos hablando...

-De cómo opera la biología en la construcción de los vínculos en relación a la paternidad...

-Creo que es peligroso generalizar esta situación tan específica en que estamos algunos. Algunas personas de ciertos circuitos culturales y clases sociales entendemos la maternidad y la paternidad como opción, ¿no? Hemos pensado en esto, discutimos, y entonces en este pequeño mundo es posible que alguien diga: "no quiero tener hijos". O que alguien diga que la paternidad no es un cuento de hadas. Pero este es un sector muy muy pequeño, que a menudo confundimos con el mundo entero, y generalmente vemos la realidad cuando salen los resultados de las elecciones y la gente elige a Trump o a Bolsonaro y nos damos cuenta que las causas que creíamos ganadas o más o menos objetivas en realidad son muy minoritarias. Las discusiones que creímos haber sostenido las sostuvimos pero fueron mucho menos gravitantes de lo que creemos. Con todas esas precisiones, creo que las personas de mi edad nos dimos una larga vuelta antes de decidir ser padres biológicos. Ser hombre no tenía nada que ver con ser padre, estaba disociado; así como siempre estuvo asociado enfermizamente ser mujer y ser madre. La presencia del padre era excepcional, la que importaba era la de la mamá: y para muchos de nosotros la presencia del padre se volvió importante en la medida en que era opresiva, el estereotipo.

Quienes además crecimos en contexto autoritario hacíamos la asociación justa o injusta del padre con el dictador. Nuestro aprendizaje de la paternidad sí existió y fue tardío justo porque lo pudimos postergar. Para mí no está ligado al padre sino a los amigos. A los amigos que sí fueron padres, la mayoría involuntariamente, muy poquito después de conocer el sexo. Que pudimos acompañar y observar. Ahí la figura del padrastro se me vuelve inmensa, porque es la forma de paternidad a mi juicio más compleja. La más hermosa me parece sin dudas es la de padre y madre adoptivos. En las historias de los padrastros muchas veces se parte de algo que no querían, que la otra persona tuviera un hijo. Luego la existencia de ese hijo confirma el enamoramiento... comienza el momento complejo en que te das cuenta que no solamente estás entregando amor sino también recibiéndolo. Ahí hay un horizonte muy actual, no para pensar exactamente ese rol sino para enfrentar la vida entera. Cuando tardíamente me fui acercando a la paternidad biológica tenía todo esto encima, y eso se traduce en cuestiones concretas. Yo jamás le digo a mi hijo, cuando me pregunta por qué tal cosa, "porque soy tu papá". En el fondo hay algo interesante en cómo hemos construido la autoridad. Una autoridad autocrítica no tiene por qué ser desautorizada. Y siempre están estos pulmones: la literatura. Cuando una madre o un padre pierde la paciencia con su hijo, está perdiendo la paciencia con el mundo, no con su hijo.

-¿En qué medida “Literatura infantil” reconfigura o replantea la relación con tu propio padre, es decir, moldea tu rol como hijo?

-El primer texto de "Mis documentos" es en rigor la primera vez que aparece alguien que es mi padre, que no es un personaje pluralizado. Que es una especie de pórtico para este libro. En ese caso sí era mi papá, Horacio, que vive en Chile, alguien que ha aceptado ser ficcionalizado. Siento que los vínculos de parentesco no se resuelven nunca, y eso es lo que los hace atractivos y tan literarios. En la literatura se puede discutir de verdad, discutir sin la obligación de sancionar, sin resolver artificialmente algo que en la vida permanece en discusión. Aunque hablemos de reconciliación, ruptura, etc., los vínculos de parentesco empiezan a terminar con la muerte, y ni siquiera se terminan ahí, sino que se reconstruyen. Yo con mi padre siempre he tenido una relación cercana y discutida. Siempre hemos discutido, pero nunca hemos estado lejos. Lo único que no se discute es el amor, y el equipo de fútbol, Colo Colo. La experiencia de la paternidad que yo no tenía era la de acompañar a alguien en sus procesos de aprendizaje, las primeras fragilidades, la adquisición del habla, el aprendizaje de los primeros años de vida. Presenciar todo eso que no somos capaces de recordar que alguna vez aprendimos. Ese es el espacio esencial de este libro: cómo los recuerdos de tu hijo en el fondo se vinculan con los recuerdos que perdiste. Y como los recuerdos que perdiste se vinculan con la experiencia del presente de tu hijo. Es un puzzle que se completa y a la vez es un puzzle falso porque son dos personas distintas. Hay un punto en el libro en que el padre todavía es como un contra-modelo: si mi padre hacía esto, yo voy a hacer lo contrario. Pero claro, es falso, porque si es un contra-modelo entonces es un modelo perfecto, incluso mejor modelo. Pero la vida es infinitamente más compleja y la realidad mucho más abigarrada.

-En “Literatura infantil” hay una decisión de pendular entre la prosa y la poesía, ir y venir entre estilos, mechar versos con capítulos. ¿Por qué tomaste la decisión de este formato híbrido?

-Quería que tuviera la naturalidad del balbuceo. En rigor, me fui convenciendo de que esto era un libro. Al principio fue una escriura muy instintiva de tomar notas, luego aparecían cosas más poéticas, fueron apareciendo zonas. Me pareció que era mejor no normalizar esa circulación, porque finalmente sí representa lo que yo suelo hacer, circular por todo ese espectro. Me gusta la construcción de una cierta extrañeza, que el libro no sea parejo, que vaya como en intensidades distintas. Cuando ya existía el libro se agregaron dos textos: el de apertura y el de cierre, son textos que podrían no haber sucedido. Yo agradecí mucho el momento en que mi papá se volvió una presencia permanente en la vida de mi hijo, el libro no contemplaba esa situación en principio, pero luego fue fundamental incorporarlo. Si yo hoy le pregunto a mi hijo cómo está tu abuelo, me dice "No sé". Pero cada sábado o domingo espera el llamado para jugar con su abuelo a través de la cámara.

ZAMBRA: “LA LITERATURA ES UN ESPACIO MINORITARIO QUE A MENUDO CONFUNDIMOS CON EL MUNDO"

El escritor chileno radicado en México junto a su esposa y también escritora Jazmina Barrera, reflexionó sobre los debates que se sostienen en torno a la autoficción y sobre los modos en que este libro se inserta en un mundo donde la maternidad y la paternidad están cada vez más cuestionadas.

-Sobre el debate en torno a la autoficción, ¿qué lugar ocupa la experiencia propia cuando es transformada y llevada a la ficción?

-Está todo bien con ese debate mientras no sustituya la lectura, ¿no? No significa nada el debate en sí mismo. No tiene ninguna importancia si un libro está escrito en primera persona o en tercera persona, ni cuánta referencia verificable haya en una novela. Ninguna. Nunca la ha tenido. La literatura sobrevive, persiste, es marginal. A veces la buscamos desesperadamente en lugares equivocados, porque no es tan fotogénica, no es tan evidente de pronto dónde está. Esa precisión que hizo Juan José Saer y que hicieron otros: ficción no equivale a mentira. Es esencial y es muy fácil de entender. Fue una de las cosas que indirectamente, además, demostró Freud. Cuando un libro está escrito en primera persona y el personaje más o menos coincide con el autor, bueno, entiendes que se construye una mirada introspectiva que tal vez quisiera coincidir con los hechos. Y quien cuenta algo experimenta el deseo, tal vez, de decir algo parecido a la verdad. Ese es el desplazamiento: me gusta pensar en cómo ese alguien intenta decirme la verdad (risas). El que enuncia está lleno de dudas y es el primero en descreer de estar diciendo la verdad. Pero lo que está detrás de eso es la tentación de la parálisis, del silencio.

-Estamos en un momento en donde hay mucha literatura que aborda la maternidad y la paternidad, y a su vez cada vez más gente elige no tener hijos. ¿Cómo pensás esta contradicción?

-Creo que este libro se inserta muy naturalmente en un espacio que a la vez quiere romper. Siempre me interesó ese límite. Cuando escribo acumulo y no pienso mucho en el futuro de ese texto, pero en el momento de armar los libros empiezo a pensar en, por ejemplo, que el libro llegue por casualidad a un lector. Uno de mis lectores favoritos es el que no lee mucho, uno o dos libros al año. Fundamentalmente porque la literatura no le dice tanto, no la consideran poderosa. Me encanta imaginar un lector a quien alguien le regaló el libro porque va a ser papá. En mi generación y en la siguiente nos interesó la literatura como quien se interesa por una banda rara que le pareció deslumbrante, que nadie conocía. Y de pronto sucedió que nos empezamos a cruzar con otros fans de esa banda, y se generó una comunidad. Y entonces pasas por períodos en que ya hay demasiada gente que le gusta esta banda. Hay algo de la lógica del fanático. Pienso en "Queremos tanto a Glenda", el mejor cuento de Cortázar. Algo de la pasión, de la exclusividad, el amor, que me parece muy atractivo. En definitiva la literatura es un espacio muy minoritario, que a menudo confundimos con el mundo entero. Me interesa lo que pasa cuando damos un pasito fuera de ese mundo y tenemos que explicarlo todo de nuevo, en ese anacronismo hay un poderío. Que es el mismo poderío que hay en la imagen de alguien con un libro en las manos.

Télam

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