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El otoño del post-patriarca

Martes, 13 de enero de 2026 23:21
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La captura de Nicolás Maduro, este enero de 2026, y el retorno de Donald Trump al poder en Washington hace un año, parecen escenas arrancadas de un manuscrito de la novela del dictador americano, perdido en algún estante polvoriento. Si recorremos este laberinto con el hilo de Gabriel García Márquez, vemos en Maduro la degradación del patriarca: aquel que, como en El otoño del patriarca, termina gobernando una nación de fantasmas y silencios, aferrado a un poder que no es gloria, sino una inercia biológica y administrativa. La literatura nos enseñó que el tirano no muere por la espada, sino por la irrelevancia de su propio eco en un palacio lleno de cortesanos que ya no le temen, solo lo esperan o lo entregan.

Del otro lado, Trump encarna el Primer Magistrado de Alejo Carpentier en El recurso del método. Es el tirano del espectáculo, el que utiliza la hipérbole y la puesta en escena para camuflar el desmantelamiento de las instituciones. Mientras Maduro se apoya en la mística desgastada del heredero del poder, Trump se erige como el dueño absoluto del verbo al estilo de Augusto Roa Bastos en Yo el Supremo. Trump entiende, como el doctor Francia de Roa Bastos, que quien dicta el relato, dicta la realidad; no necesita censurar libros si puede inundar la plaza pública con una polifonía de mentiras que vuelven la verdad algo inalcanzable. "Yo no escribo la historia. La hago. Puedo rehacerla según mi voluntad, ajustando, reforzando, enriqueciendo su sentido y verdad", clamaba el Doctor Francia.

A esta arquitectura del simulacro se le suma hoy una variante más frenética y digital, la estética anarcocapitalista que no necesita de ejércitos en las calles, sino de granjas de bots y algoritmos. Invocando fuerzas celestiales con herramientas de demolición simbólica, se pretende fundar una realidad donde el ego es la única ley de gravedad. Eso puede remitirnos a la literatura de Borges: hace tiempo vivimos en una Tlön moderna, un mundo inventado en los laboratorios de la posverdad que termina por devorar al mundo real, generando la incertidumbre de muchos. Si el dictador clásico quería controlar el territorio, la nueva variante aspira -como dice Da Empoli- a controlar el sistema operativo de nuestras mentes, convenciéndonos de que la crueldad es libertad y que el vacío es, en realidad, un nuevo génesis.

El prisma femenino de Luisa Valenzuela e Isabel Allende nos obliga a mirar donde los hombres se ciegan: la microfísica del cuerpo. En Cola de lagartija, Valenzuela ya advertía sobre el líder mesiánico que confunde su voluntad con la magia negra o, me atrevo a actualizar, la posverdad de nuestros tiempos. Isabel Allende, en La casa de los espíritus, tal vez completa este cuadro recordándonos que el dictador es también el "empleado de la aristocracia" que termina devorando a sus propios creadores. Allende muestra de qué manera el autoritarismo transmuta al terrateniente autoritario en un terrorista de Estado, convirtiendo el odio social en una maquinaria de castigo físico. Para estas autoras, Maduro y Trump no son solo figuras políticas, sino encarnaciones del patriarca violento que ve en el país su hacienda personal y en el cuerpo del ciudadano/a, un territorio de conquista.

La literatura ilumina también la casa tomada de Cortázar: la sensación de que el autoritarismo es una fuerza invisible que va ganando habitaciones -el poder judicial, los medios, el lenguaje-hasta expulsarnos fuera de la historia.

Para Jorge Luis Borges, la dictadura es una monotonía abominable. La pugna entre el "dictador de la crisis" y el "dictador del espectáculo" no es más que una repetición de la misma pesadilla circular. El peligro, advertiría Borges, es que terminemos habitando una ficción impuesta donde las palabras ya no sirvan para nombrar el hambre o la libertad, sino para justificar el siguiente capítulo de una arbitrariedad suprema.

La historia latinoamericana parece un texto que se corrige a sí mismo con sangre y tinta, pero que nunca llega a su conclusión. Al final, poco importa si el tirano viste el uniforme de Maduro o el traje de escena de Trump; ambos buscan lo mismo: clausurar el sentido, ser la última palabra, sin réplica. El peligro reside en la abolición del matiz; en que el relato del poder se vuelva tan vasto y uniforme que desdibuje los bordes de nuestra propia imaginación. Porque si algo podemos aprender de estos autores, es que mientras el poder absoluto busca el punto final, la palabra libre es la única que sabe cómo abrir un nuevo párrafo.

 

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