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15 de Marzo,  Salta, Centro, Argentina
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La redención y sus testigos

Sabado, 14 de marzo de 2026 22:47
Foto: Orquesta Sinfónica de Salta
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Hay semanas en que la crítica musical obliga a quien la ejerce a sostener, en una sola mano, el espejo y la antorcha. 

La reseña del concierto de la Orquesta Sinfónica de Salta del 6 de marzo pasado, todavía fresca en la memoria de algunos lectores, y en la incomodidad de otros, describió una orquesta en deuda consigo misma. La noche del viernes 13 de marzo pasado, en el mismo Teatro Provincial, la Orquesta Sinfónica de Salta ofreció una respuesta que no fue formulada con palabras sino con algo considerablemente más elocuente, la música.

Foto: Orquesta Sinfónica de Salta

La llegada al podio de la directora invitada, la maestra Annunziata Tomaro, fue más que un simple cambio de guardia. Fue una reconversión de perspectiva. Con economía gestual y una autoridad que no requirió énfasis, la maestra Tomaro extrajo de esta orquesta una transparencia tímbrica que la semana anterior parecía esquiva. Desde los primeros compases de la Obertura de “La Cenerentola” de Gioachino Rossini (1792 - 1868), quedó claro que nos hallábamos ante una batuta que no manda sino que convoca. La célebre partitura rossiniana creció con una lógica inevitable, dosificada al milímetro, sin apresuramientos que la hicieran trivial ni contenciones que la castraran. Las maderas dialogaron con precisión camerística, los metales aportaron su brillo sin resignar elegancia. La máquina funcionó, y funcionó con gran eficacia.

Foto: Orquesta Sinfónica de Salta

El programa ofrecía seis queridas arias para soprano y orquesta. El equilibrio entre las tres voces convocadas resultó, en sí mismo, un verdadero hallazgo dramatúrgico. 

Lucero Solís Simón, demostró una línea de canto de genuina nobleza. Su “Deh vieni, non tardar” de la ópera “Las Bodas de Fígaro” de W. A. Mozart (1756 - 1791) capturó la dualidad irónica del personaje con una naturalidad que rara vez se concede a sí misma quien la fuerza. Su Ännchen de la ópera “Der Freischütz” de Carl Maria von Weber (1786 - 1826) de quien recordamos este año el bicentenario de su fallecimiento, fue, sin embargo, el momento que la consagró en esta velada. La frescura de su timbre, la claridad en su dicción y el carisma actoral que supo irradiar, sin imposturas corporales innecesarias, desde la primera nota, justifican considerarla, sin reservas, lo mejor de una noche que tuvo mucho bueno.

Foto: Orquesta Sinfónica de Salta

Romina Andrea, a quien ya escuchamos hacer una muy interesante Micaela en la “Carmen” de 2023, asumió dos de los encargos más comprometidos. El aria de Donna Anna “Non mi dir” de la ópera “Don Giovanni” de Mozart, con su exigente transición entre el endemoniado, en términos de fiato, andante y la coloratura del allegro, y el aria de Suzel, “Son pochi fiori”, de la ópera “L'amico Fritz” de Pietro Mascagni (1863 - 1945) interpretado con una delicadeza sin afectación, con ese equilibrio que la pieza exige y que tan pocas sopranos logran. En ambas páginas demostró madurez técnica y, sobre todo, esa capacidad para vivir el personaje desde adentro que distingue una intérprete de una ejecutante. 

Foto: Orquesta Sinfónica de Salta

Agustina Ginocchio, por su parte, nos ofreció el vals de Musetta de la ópera “La Bohème” de Giacomo Puccini (1858 - 1924), una escena de una precisión psicológica y dramática asombrosa, un vals que es a la vez arma de seducción y espejo del alma y, que en la versión de Ginocchio y la orquesta, nos regalaron una lección de cómo la música puede explicar en pocos minutos la complejidad del corazón humano. Su versión de la Giuditta de la opereta homónima de Franz Lehár (1870 - 1948) sorprendió por su solidez en la zona aguda y por la amargura inteligente con que tiñó cada frase de aquel aria de fortaleza fingida. 

Foto: Orquesta Sinfónica de Salta

La maestra Tomaro acompañó a cada una de las tres voces con la misma fidelidad. Nunca las tapó, nunca las abandonó.

La segunda parte del concierto estuvo enteramente dedicada a la Sinfonía N° 4 en Re menor Op. 120 de Robert Schumann (1810 - 1856), y fue, y lo diré sin rodeos, una barbaridad en el mejor sentido del término. La arquitectura cíclica de la obra, esa novela sinfónica que Schumann concibió sin interrupciones, como una sola respiración de cuatro tiempos, encontró en la maestra Tomaro a su mejor constructora. La transición entre movimientos fue orgánica, la Romanze alcanzó una intimidad casi confesional, y la coda final estalló con la lógica apoteósica de quien ha tenido la paciencia de preparar un argumento desde el principio. La ovación fue larga, sostenida y merecida.

Foto: Orquesta Sinfónica de Salta

Debo, no obstante, consignar un hecho que perturba esta celebración. Durante la sinfonía me vi obligado a cambiar de asiento porque los dos caballeros que ocupaban las localidades contiguas a las mías no interrumpieron su conversación. Uno de ellos era el Secretario de Cultura de la Provincia. El otro, el director titular de la Orquesta Sinfónica de Salta. Ignoro qué asuntos de tan urgente naturaleza no podían aguardar los menos de noventa minutos que duró el concierto. Lo que sí sé es que mientras Schumann desplegaba su grandeza en el escenario, las dos personas que más obligación institucional y artística tienen de escuchar con atención, lo hacían con la misma indiferencia de quien aguarda un transporte o está tomándose un café. Que el lector saque sus propias conclusiones, pero debo afirmar algo sin concesiones. El silencio en un concierto es sagrado. 

En cuanto al resto de los presentes. Aplaudimos de pie, con fervor y conocimiento de causa. Y eso, también, merece ser consignado.

 

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