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Maykel, cubano de 35 años, nunca había caminado tanto en su vida. Este vendedor de viandas recorre 20 kilómetros para trabajar y volver a casa. La alternativa sería gastar por día cerca del 16 % de su sueldo mensual.
Su rostro agotado es el de muchos isleños que se encuentran en medio de una crisis del transporte al límite, azuzada por el cerco petrolero que impuso Estados Unidos a la isla en enero.
Los cubanos no son ajenos a lidiar con un transporte público ausente o, en el mejor caso, deficiente. Pero para Maykel, los niveles de los últimos días son algo que no se podía imaginar ni en sus pesadillas.
"Pero, bueno, sobrevivimos", cuenta desde su puesto en el mercado.
La presión estadounidense –Washington amenazó con aranceles a los países que suministren petróleo a La Habana– está paralizando progresivamente la economía isleña, que se encontraba ya en una situación muy precaria tras seis años de grave crisis.
Como respuesta, el Gobierno cubano ha puesto en marcha un duro plan de contingencia que incluye la reducción del transporte público y un severo racionamiento del combustible, que ha disparado los precios de la gasolina y el diésel en el mercado negro.