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Copajira

Lunes, 19 de agosto de 2013 01:53

Nuestro enorme poeta, Manuel J. Castilla, publicó un libro de poesías que es una joya literaria y al cuál puso por título “Copajira”. Esta obra admirable fue editada en Salta por Rómulo D'Uva en agosto de 1949. Las hermosas ilustraciones y viñeta fueron realizadas por Gertrudis Chale y Carybé. Copajira está expresamente dedicada a los mineros de Oruro y Potosí, pero en sus páginas están reflejados y contenidos todos los sufridos mineros del mundo andino, tanto hombres, como mujeres y niños. Castilla hace especial hincapié en los que trabajan en la profundidad de los socavones pero no descuida a los que lavan las arenas de los ríos en busca de las pepitas de oro ni a las mujeres palliris que trabajan en las bocaminas y canchaminas apartando el metal de la roca estéril. Es este un libro nuclear de la poesía minera andina. El primer poema se titula precisamente Copajira, y es el que da el nombre al libro. Ahora bien ¿Qué es la copajira? El propio Castilla, en un glosario al final del libro, la define como sigue: “Especie de caparrosa o sulfato de cobre. Con el agua se torna un líquido rezumado y corrosivo entre el cual trabajan los mineros bolivianos”. En realidad es el nombre que se le da en el mundo minero andino, pero estas aguas aciduladas son comunes a todas las minas de sulfuros ricas en cobre y hierro en cualquier geografía. Lo que ocurre es que minerales de sulfuros como la pirita que es el sulfuro de hierro y la calcopirita que es el sulfuro de hierro y cobre, por mencionar los más comunes, al ser lavados por las aguas van a formar ácido sulfúrico. El ácido sulfúrico es un ácido fuerte que ataca las rocas y los metales que contienen y como bien dice Castilla rezuman de las rocas, tal como una pared rezuma humedad. El techo de los socavones filtra por los poros de la roca ese líquido ácido que se evapora formando sulfatos que crecen en bellas estalactitas de hermosos colores azules y verdes. Las azules corresponden al mineral calcantita que es el sulfato hidratado de cobre y las verdes a la melanterita que es el sulfato hidratado de hierro. La melanterita se usaba antiguamente para hacer la tinta de escribir y si se le pasa la lengua tiene ese sabor especial de la tinta. Pues bien, cualquiera que haya bajado a los socavones ha sentido ese goteo incesante del agua que en su movimiento gravitatorio baja disolviendo los sulfuros metálicos y formando un ácido fuerte que ataca la ropa e irrita la piel y los ojos si no se tiene cuidado. Ese es el “medio ambiente” natural en que se desenvuelve el minero de las profundidades. Ni aún para un geólogo es sencillo decodificar la poesía minera de Castilla a raíz de sus laberínticas metáforas. En Copajira habla de la montaña que se apodera del minero y a la cual éste ya no puede abandonar porque va detrás de sus pasos aunque él no se de cuenta. La segunda estrofa es definitiva: “La copajira lima/lima piedra por piedra/y queda, si te has ido/comiéndose tu huella”. Insiste con el sueño que se hace herrumbre en la noche alta cuando duerme: “Espuma de la herrumbre, la copajira, espera”. En “Lluvia” vuelve de nuevo indirectamente sobre la Copajira y habla aunque no lo diga expresamente- de esa agua que permea el cuerpo y el espíritu, porque parafraseo- abajo en los socavones llueve siempre aunque la lluvia, minero, no se vea. En el poema “Lavadero” sale de las profundidades para hablar de los mineros de la superficie o sea los que trabajan las pepitas de oro de los aluviones de los ríos. El hilo conductor es el óxido, óxido que impresionó fuertemente a Castilla, óxido que roba el color de los ojos, la piel y los vestidos de esos mineros amarillos y silenciosos que lavan y muelen en esa gran piedra a la que llaman quimbalete o maray; un quimbalete que muele su propia sombra hasta que la roca se convierte en arena. El final de este poema es casi surrealista cuando dice: “Mineros amarillos/entristecida greda/de vuestras manos duras/que en el agua se trenzan/un arcángel de estaño/sube al cielo de piedra”. Los cinco poemas “Alba”, “Mediodía”, “Tarde”, “Noche” y “Sueño” representan un día completo en la vida de un minero. En el poema “La Veta” se aprecia la cosmovisión diferente que tiene el obrero del socavón en relación con el ingeniero. La veta es aquí una enorme serpiente durmiendo, cuya cola se hunde en las profundidades y que por quererla matar, ella los va matando a ambos. Castilla lo expresa así: “Aquí arriba está la veta/arrime Ud. Su mechero/que por quererla matar/nos vamos quedando adentro”. La veta es para el minero una cosa viva: “Así como Ud., la ve/ella también lo está viendo”. En “La Hora”, el poeta plantea una metáfora del tiempo. Cualquiera que haya bajado al fondo de los socavones donde reina la más absoluta oscuridad y donde uno puede llegar a sentir el propio bombear del corazón en el silencio más profundo, sabe que allí no hay tiempo. Alguien que quedara atrapado en una galería por un derrumbe, por más que tuviera un reloj no sabría si las 12 son las de la noche o las del mediodía, ni tampoco de que día. Castilla define todo esto en dos versos: “Allí donde la hora/es una, sola y negra”. “Pedro el Jaulero” es un poema duro y triste. Es la historia que deja entrever de un minero que sufrió un accidente de tronadura y perdió un brazo. Castilla escribe: “Cuando en la dinamita/la tierra se desgaja/le suben a los huesos/tormentas enterradas”. En “Letanía de Oruro” le canta precisamente a ese otro gran distrito minero de Bolivia, en el Altiplano mineral de Sudamérica, donde los mineros aparecen como fantasmas recostados sobre ese imponente telón de fondo de las montañas preñadas de minerales. Su penúltimo poema es “La Palliri”, un canto profundo a la mujer minera andina, la que trabaja seleccionando el metal rico en las bocaminas. Yo mismo las he visto trabajando en los lugares más inhóspitos de los Andes, con temperaturas de muchos grados bajo cero, con vientos helados cargados de arena como perdigones y ellas haciendo su trabajo silencioso, con sus hijos pequeños de acompañantes y durmiendo protegidos entre unos cueros. La sensibilidad de Manuel J. Castilla por el mundo minero surgió de su estancia en las minas de Bolivia donde se consustanció a fondo con una realidad que de otra manera es difícil sino imposible de aprehender. Castilla plasmó en poemas únicos la compleja realidad del gran teatro de los socavones andinos. Una poesía profunda, elaborada por un poeta único y exquisito al que conviene releer.

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Nuestro enorme poeta, Manuel J. Castilla, publicó un libro de poesías que es una joya literaria y al cuál puso por título “Copajira”. Esta obra admirable fue editada en Salta por Rómulo D'Uva en agosto de 1949. Las hermosas ilustraciones y viñeta fueron realizadas por Gertrudis Chale y Carybé. Copajira está expresamente dedicada a los mineros de Oruro y Potosí, pero en sus páginas están reflejados y contenidos todos los sufridos mineros del mundo andino, tanto hombres, como mujeres y niños. Castilla hace especial hincapié en los que trabajan en la profundidad de los socavones pero no descuida a los que lavan las arenas de los ríos en busca de las pepitas de oro ni a las mujeres palliris que trabajan en las bocaminas y canchaminas apartando el metal de la roca estéril. Es este un libro nuclear de la poesía minera andina. El primer poema se titula precisamente Copajira, y es el que da el nombre al libro. Ahora bien ¿Qué es la copajira? El propio Castilla, en un glosario al final del libro, la define como sigue: “Especie de caparrosa o sulfato de cobre. Con el agua se torna un líquido rezumado y corrosivo entre el cual trabajan los mineros bolivianos”. En realidad es el nombre que se le da en el mundo minero andino, pero estas aguas aciduladas son comunes a todas las minas de sulfuros ricas en cobre y hierro en cualquier geografía. Lo que ocurre es que minerales de sulfuros como la pirita que es el sulfuro de hierro y la calcopirita que es el sulfuro de hierro y cobre, por mencionar los más comunes, al ser lavados por las aguas van a formar ácido sulfúrico. El ácido sulfúrico es un ácido fuerte que ataca las rocas y los metales que contienen y como bien dice Castilla rezuman de las rocas, tal como una pared rezuma humedad. El techo de los socavones filtra por los poros de la roca ese líquido ácido que se evapora formando sulfatos que crecen en bellas estalactitas de hermosos colores azules y verdes. Las azules corresponden al mineral calcantita que es el sulfato hidratado de cobre y las verdes a la melanterita que es el sulfato hidratado de hierro. La melanterita se usaba antiguamente para hacer la tinta de escribir y si se le pasa la lengua tiene ese sabor especial de la tinta. Pues bien, cualquiera que haya bajado a los socavones ha sentido ese goteo incesante del agua que en su movimiento gravitatorio baja disolviendo los sulfuros metálicos y formando un ácido fuerte que ataca la ropa e irrita la piel y los ojos si no se tiene cuidado. Ese es el “medio ambiente” natural en que se desenvuelve el minero de las profundidades. Ni aún para un geólogo es sencillo decodificar la poesía minera de Castilla a raíz de sus laberínticas metáforas. En Copajira habla de la montaña que se apodera del minero y a la cual éste ya no puede abandonar porque va detrás de sus pasos aunque él no se de cuenta. La segunda estrofa es definitiva: “La copajira lima/lima piedra por piedra/y queda, si te has ido/comiéndose tu huella”. Insiste con el sueño que se hace herrumbre en la noche alta cuando duerme: “Espuma de la herrumbre, la copajira, espera”. En “Lluvia” vuelve de nuevo indirectamente sobre la Copajira y habla aunque no lo diga expresamente- de esa agua que permea el cuerpo y el espíritu, porque parafraseo- abajo en los socavones llueve siempre aunque la lluvia, minero, no se vea. En el poema “Lavadero” sale de las profundidades para hablar de los mineros de la superficie o sea los que trabajan las pepitas de oro de los aluviones de los ríos. El hilo conductor es el óxido, óxido que impresionó fuertemente a Castilla, óxido que roba el color de los ojos, la piel y los vestidos de esos mineros amarillos y silenciosos que lavan y muelen en esa gran piedra a la que llaman quimbalete o maray; un quimbalete que muele su propia sombra hasta que la roca se convierte en arena. El final de este poema es casi surrealista cuando dice: “Mineros amarillos/entristecida greda/de vuestras manos duras/que en el agua se trenzan/un arcángel de estaño/sube al cielo de piedra”. Los cinco poemas “Alba”, “Mediodía”, “Tarde”, “Noche” y “Sueño” representan un día completo en la vida de un minero. En el poema “La Veta” se aprecia la cosmovisión diferente que tiene el obrero del socavón en relación con el ingeniero. La veta es aquí una enorme serpiente durmiendo, cuya cola se hunde en las profundidades y que por quererla matar, ella los va matando a ambos. Castilla lo expresa así: “Aquí arriba está la veta/arrime Ud. Su mechero/que por quererla matar/nos vamos quedando adentro”. La veta es para el minero una cosa viva: “Así como Ud., la ve/ella también lo está viendo”. En “La Hora”, el poeta plantea una metáfora del tiempo. Cualquiera que haya bajado al fondo de los socavones donde reina la más absoluta oscuridad y donde uno puede llegar a sentir el propio bombear del corazón en el silencio más profundo, sabe que allí no hay tiempo. Alguien que quedara atrapado en una galería por un derrumbe, por más que tuviera un reloj no sabría si las 12 son las de la noche o las del mediodía, ni tampoco de que día. Castilla define todo esto en dos versos: “Allí donde la hora/es una, sola y negra”. “Pedro el Jaulero” es un poema duro y triste. Es la historia que deja entrever de un minero que sufrió un accidente de tronadura y perdió un brazo. Castilla escribe: “Cuando en la dinamita/la tierra se desgaja/le suben a los huesos/tormentas enterradas”. En “Letanía de Oruro” le canta precisamente a ese otro gran distrito minero de Bolivia, en el Altiplano mineral de Sudamérica, donde los mineros aparecen como fantasmas recostados sobre ese imponente telón de fondo de las montañas preñadas de minerales. Su penúltimo poema es “La Palliri”, un canto profundo a la mujer minera andina, la que trabaja seleccionando el metal rico en las bocaminas. Yo mismo las he visto trabajando en los lugares más inhóspitos de los Andes, con temperaturas de muchos grados bajo cero, con vientos helados cargados de arena como perdigones y ellas haciendo su trabajo silencioso, con sus hijos pequeños de acompañantes y durmiendo protegidos entre unos cueros. La sensibilidad de Manuel J. Castilla por el mundo minero surgió de su estancia en las minas de Bolivia donde se consustanció a fondo con una realidad que de otra manera es difícil sino imposible de aprehender. Castilla plasmó en poemas únicos la compleja realidad del gran teatro de los socavones andinos. Una poesía profunda, elaborada por un poeta único y exquisito al que conviene releer.

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