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Hasta la fecha en el Valle de Cianca hay registrados 74 sitios arqueológicos y varios emplazamientos coloniales. El estudio, transcripción e interpretación de documentos históricos, entre los que se cuentan crónicas, relaciones, cartas, testamentos y otros escritos, revelan el paso de viajeros que mencionaban a este territorio en 1561.
En 1566, Jerónimo González de Alanís dejó constancia de la muerte de Juan de Cianca, maestre de campo cuyo apellido referenció a partir de entonces el nombre del río (hoy conocido como Mojotoro) y el del valle que surca. El militar que quedó a cargo de la columna española movilizada desde Charcas hacia Santiago del Estero tras la muerte de Martín de Almendras, en la Quebrada de Humahuaca, describió las peripecias que afrontaron al decidir continuar y superar "una cordillera de monte para dirigirnos a un valle que se dice Esteco".
"Por su relato y los trabajos de campo sabemos hoy que se refería entonces a la Serranía de la Cresta del Gallo", precisó el investigador Gustavo Flores Montalbetti, tras destacar que el recorrido que hicieron por el valle -que desde entonces llamaron "de Cianca"- fue el primero en franquear esa serranía.
A todos los hombres que se desempeñaron al frente de la gobernación del Tucumán los preocupó la dominación de los pueblos del Gran Chaco. En esa función se sucedieron, entre otros, Núñez de Prado, Francisco de Aguirre, Miguel de Ardiles, Gonzalo de Abreu y Juan Gregorio de Bazán, a quién los nativos ultimaron en un enfrentamiento cerca del río de Cianca en 1570. Antes de que llegara Hernando de Lerma a reemplazarlo, Gonzalo de Abreu había intentado fundar la ciudad de San Clemente de la Nueva Sevilla en tres ocasiones. Una se hizo en el valle de Cianca y tampoco prosperó.
En nuevos intentos por desplazar a los originarios, los españoles -"bajando por los cerros de la ciudad de Salta con dirección al naciente"- hicieron levantar pequeñas construcciones de piedra y adobe donde asignaron grupos de 16 soldados armados que debían patrullar los alrededores con regularidad. Muy anteriores al fuerte de Cobos, y a una considerable cantidad de leguas en dirección a la espesura de la serranía, se instalaron los fuertes del Zanjón y La Ciénaga para custodiar ese tramo del "Camino de La Plata" que comunicaba a Salta y Jujuy con la primitiva "Nuestra Señora de Talavera de Esteco" o "Esteco I" y Santiago del Estero.
Este camino se utilizó hasta 1615 aproximadamente, ya que por los ataques, daños y muertes que provocaban algunas parcialidades nativas ya se exploraban otras alternativas con mayor seguridad. De todo esto, además de las fuentes históricas, hoy existen evidencias que se incluyen en el alucinante patrimonio ofrecido para el Museo y Archivo.
El jesuita Francisco de Córdoba escribió en 1618 en viaje a la ciudad de Salta: "(…) Salidos de Esteco entramos acaso en La Ciénaga que llaman (…)". Así dejó testimonio de lo peligroso del camino. En 1680, en comunicaciones dirigidas al virrey, el gobernador Juan Diez de Andino insistió por ayuda a fin de adquirir equipos y armas para enviar soldados a la frontera, por el "constante ataque de los infieles". Resaltaba que "(…) en tiempo del gobierno anterior degolló dicho enemigo en un paraje que llaman La Ciénaga y otros cercanos en diferentes ocasiones más de cien personas, españoles, indios domésticos y negros (…)".
En abril de 1639, quedó documentado el martirio y muerte de dos sacerdotes y un estudiante en manos de la parcialidad de los Palomos, ocurrido entre los ríos Perico y Cianca.
Años más tarde, Esteban de Urízar hizo construir hacia lo interior de la serranía el puesto de observación de La Angostura y el fuerte de San José de la Rivera de El Hebro. Este fue incendiado en la gran invasión de nativos de enero de 1735, quizás la más violenta incursión, que arrasó tres fuertes y la hacienda de La Viña, llegando a poner en peligro la continuidad de la ciudad de Salta. El poblado quedó destruido y hubo cerca de quinientas personas muertas.
En 1745 Victorino Martínez de Tineo hizo reconstruir el fuerte de San José con presidio y capilla.
Las postas del Camino Real
A fines del siglo XVIII los fuertes que funcionaron como bastiones defensivos en el Valle de Cianca quedaron relegados, abandonados y librados al implacable avance de la vegetación e inclemencias climáticas.
A partir de 1771 Alonso Carrió de La Vandera, funcionario real y cronista que publicó su obra con el seudónimo de Concolorcorvo, emprendió la oficialización del Camino Real y las Postas de Correo y Relevos. Los establecimientos localizados entre el río Juramento y el de Las Pavas fueron las postas de San Antonio del Pasaje, La Ciénaga, Cobos, Campo Santo, El Bordo y -de modo temporal- la Puerta de Astorga.
Durante la Guerra de la Independencia y la Guerra Gaucha algunas de las antiguas fortificaciones quedaron en pie y siguieron siendo utilizadas como puntos de observación y referencias camineras. Ello ocurrió con las de La Ciénaga y la de Cobos al momento de iniciarse las acciones militares en 1810. Por ellas pasaron las tres expediciones del Ejército Auxiliar del Alto Perú y el recordado Exodo del Pueblo Jujeño. Tras la batalla de Tucumán y previo a la de Salta, en el río Pasaje, el general Manuel Belgrano hizo jurar a toda la tropa fidelidad a la Asamblea del Año XIII en presencia de la Bandera Argentina.
Pocos años más tarde, el Camino Real y algunas sendas ocultas fueron transitadas por los gauchos comandados por Martín Miguel de Güemes en su paso desde Jujuy y Salta, Campo Santo, El Bordo y Cobos hacia las haciendas y fuertes cercanos al río Juramento y el Campamento de Concha.
A mediados del siglo XIX, en los tiempos de la Organización Nacional, se planificó la mejora y construcción de nuevos caminos, puentes y el tendido de vías ferroviarias desde Buenos Aires en todas direcciones.