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Todo cambia y de nada vale la nostalgia

Viernes, 19 de enero de 2024 20:39

Un tiempo nuevo y distinto no puede abordarse con herramientas de tiempos anteriores.

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Un tiempo nuevo y distinto no puede abordarse con herramientas de tiempos anteriores.

Los cambios, devenidos en campos diversos de la sociedad global, y con impacto efectivo en nuestro país, requieren instrumental innovador, fresco, apropiado para lo actual y no sirven recetas añejas aún aquellas que algunos resultados positivos han mostrado.

Hablo del campo de la sociología, la política, la cultura, la antropología e incluso las ciencias de la salud y de la educación. Sería catastrófico intentar curar con cataplasmas o educar con los manuales de hace ochenta años.

En la política es igual. Pero más difícil de ver pues la pereza intelectual de varias generaciones acostumbró nuestras mentes a modelos reiterativos de prácticas y pensamientos.

Entonces hoy juzgamos escenarios con valoraciones propias de la revolución francesa del siglo XVII, de los escritos económicos de un mundo inexistente como el que analizaron Carlos Marx y su casi contemporáneo y liberal John Stuart Mill, o desde consignas que remiten a la revolución rusa de 1917 y desde ópticas nacionales algunos tomas frases que tenían sentido entre 1810 y 1854 cuando nuestra patria cursó su independencia y sus crueles guerras civiles y entonces palabras dichas por Güemes o por Chacho Peñaloza se consideran aptas para describir conflictos actuales.

Y así avanzando el tiempo hay una supuesta modernidad que cree inagotable las expresiones políticas de Juan Perón, cuando fueron hechas sobre objetividades contextuales definidas entre 1943 y 1974 (y lo realmente válido como continuidad histórica y con cierta permanencia en los tiempos es la faz filosófica del sabio general, su doctrina y su majestuosidad conceptual) y otros asumen que recitando consignas de los años 70 están dando en el clavo del mensaje necesario y los más cercanos y modernos aseveran que se puede hacer política con el idioma de los años 90. Nada de eso responde a lo que la actualidad demanda.

Y para enfrentar a un gobierno surgido de ciertas modernidades, pavorosas, pero ciertamente actuales en su gestualidad y formas, hay que esforzar la capacidad de comprender tiempos.

La iniciativa, creatividad, coraje intelectual y desapego por formas anquilosadas, son necesarias para romper moldes prietos y parir nuevas eras para un nuevo y mejor pais.

Hoy hay que discutir modelos de representación y formas de autoridad, tanto para ejercerla como para cuestionarla.

¡¿Cómo vamos a seguir diciendo lo mismo cuando varió todo?! Desde el consumo y sus nuevas maneras hasta como se genera y decodifica la información y por supuesto como incide como sustrato valorativo en la vida política.

Argentina vive situaciones de crisis permanente y eso provoca comunidades nacionales insatisfechas que en una suerte de ira pública van transformando a los partidos políticos, su sistema, los tipos de gobierno y jaqueando a todo tipo de autoridad.

En esa esgrima que confronta, comunidades y autoridades varias es útil saber dónde debe y quiere colocarse cada uno. Y, sobre todo, cada actor de la institucionalidad y la política.

Cambió todo, básicamente la organización social y su tarea productiva, dejamos de lado aquella sociedad fordista industrial y estamos en un modelo productivo que es el modelo productivo digital. Y eso cambia las condiciones económicas y los sujetos sociales que lo sostienen. Y esa mutación llega a la familia, a la escuela, a las iglesias y el discurso debe adaptar estos cambios.

La sociedad va dejando su verticalismo como modo cultural y básicamente en el desarrollo de la información y el conocimiento y ya no es de arriba hacia abajo. Aunque parezca increíble, hoy las elites, han perdido gran parte del monopolio de la información y eso conlleva pérdida de autoridad y están más débiles que nunca.

Pero entender esto es clave para aprovechar esa debilidad a favor de intereses nacionales, colectivos, mayoritarios y en lo posible populares. Es un momento crítico y disruptivo donde las sociedades buscan respuestas y gratificaciones y en cuanto no las hallan surge el firme cuestionamiento a cualquier jerarquía.

En la civilización, entendida como lo que es hoy, entra en crisis lo que fue el triunfo antropológico del sapiens moderno, y ya variables distintas como ciborgs, robots y otros, están en escena.

Las tensiones internas de los países y ciertos trances internacionales marcan una etapa de fuertes turbulencias y resultados inciertos para la resolución de esos conflictos.

En nuestra América cercana en las fases internas de la lucha políticos se percibe notoriamente una hiperpolarización dañina que pone en riesgo formas democráticas de las sociedades, o al menos es una amenaza para cierta calidad democrática.

En casi todos los países con vigencia de la democracia electoral, los pueblos eligen sus representantes y gobernantes y en algunos casos por márgenes cuantitativos importantes, pero cuando sienten que estos traicionan o fallan en el cumplimiento del contrato fijado en las campañas, se produce una ruptura y los mismos que votaron masivamente salen a las calles a pedir que se vayan sus antiguos preferidos.

La política y su sana práctica no puede ni debe ser un espacio para fanatismos y prebendas.

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