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En la gran acción que representó para la emancipación americana la batalla de Ayacucho, decisiva para poner fin al dominio realista, se encuentran personajes destacados, los que contribuyeron a ese enfrentamiento glorioso en la historia americana. En la jornada del 9 de diciembre de 1824, se ha destacado particularmente un salteño, Eustoquio Frías, nacido en Salta el 20 de septiembre de 1801. Sus padres fueron el teniente coronel don Pedro José Frías Castellanos y de la patriota María Loreto Sánchez Peón y Ávila, que junto con otras damas formó parte de una red de espionaje destinada a observar los movimientos de las tropas realistas y de su oficialidad.
En la jornada del 24 de septiembre de 1812, en la batalla de Tucumán, su padre perdió una pierna en la acción. En la misma acción bélica, el niño Eustoquio inicia un extenso periplo que lo llevará a ser protagonista en diversos escenarios: Argentina, Chile, Perú, Uruguay. Ya en la antes citada batalla, fue comisionado a alcanzar agua a los soldados, servicio sencillo en razón de su corta edad; tenía solo once años; pero que ya mostraba el temple del futuro gran militar.
El cuerpo de Granaderos
Cuando José de San Martín se hizo cargo del Ejército Auxiliar del Alto Perú en 1814, el jovencísimo Eustoquio conoció al Regimiento de Granaderos a Caballo, un cuerpo que supo ganar prestamente un gran prestigio, y aspiró a pertenecer a él. La oportunidad se presentó cuando su familia se mudó a San Juan. Por intercesión del comandante Mariano Necochea vio cumplido sus deseos. Necochea y su padre habían participado de las campañas del Alto Perú, y de allí venía este conocimiento.
El 11 de marzo de 1816 fue dado de alta como soldado del Regimiento de Granaderos a Caballo. En 1818 arribó a Chile con el último batallón de Granaderos y participó de la campaña de Chillán. Las próximas acciones lo encuentran bajo las órdenes de San Martín asistió a la campaña del Perú en 1820. Allí comienza un largo derrotero de acciones bélicas: tomó parte en las dos campañas de la Sierra, bajo las órdenes del general Arenales. Actuó en Puertos Intermedios. Se distinguió en los combates de Nazca y de Cerro de Pasco. Integró las fuerzas que sitiaban la fortaleza del Callao en 1821 y al año siguiente participó en la campaña de Quito, interviniendo en la acción de Río Bamba. Bajo las órdenes del general Sucre asistió a la batalla de Pichincha.
Cuando Lavalle regresó a Lima, dejó los Granaderos a cargo de Frías que los llevó hasta la capital peruana, unos meses más tarde. A mediados de 1823 participó en un combate menor en Chunganga, ocasión en que fue herido de cierta gravedad en el brazo derecho.
De Ayacucho a Ituzaingó
Al año siguiente se incorporó al ejército de Simón Bolívar en Huaraz, junto con otros ciento veinte granaderos. Con esta fuerza se batió en Junín. Posteriormente en Ayacucho en la jornada del 9 de diciembre de 1824 fue uno de los ochenta Granaderos argentinos que participaron de la victoria decisiva, aunque lamentablemente resultó herido en un muslo.
Por su acendrado patriotismo y el valor desplegado en todas las acciones fue condecorado.
Dos años después, en febrero de 1826 regresó a Buenos Aires con el Regimiento de Granaderos comandado por José Félix Bogado como portaestandarte. Disuelto que fue el Regimiento, tomó parte en la guerra contra el Imperio del Brasil, esta vez en el Regimiento de Caballería N° 16 en la campaña terrestre de esa contienda, a las órdenes de Olavarría. Participó en el combate de Ombú y fue activo protagonista en la célebre batalla de Ituzaingó, bajo las órdenes de Juan Lavalle. Al término de la batalla la oficialidad fue ascendida, Lavalle al grado de general y Eustoquio Frías a capitán.
Las guerras civiles
Concluida la guerra contra el Imperio de Brasil, intervino en las luchas civiles a las órdenes del general Juan Galo de Lavalle. Actuó en Navarro y Puente de Márquez. Permaneció en Buenos Aires cuando Lavalle se exilió. Posteriormente fue designado en la frontera oeste en la vecindad de los indígenas. En 1830 cuando se estaba organizando la campaña contra la Liga del Interior, Frías fue convocado, pero solicitó su retiro.
En un acto de asombrosa sinceridad, le escribió a Rosas que en ese momento era gobernador de Buenos Aires, expresando que: "pertenezco al partido contrario de Vuestra Excelencia y mis sentimientos tal vez me obliguen a traicionarle, y para no dar un paso que me desagrada, suplico a V. E. se digne concederme el retiro". Rosas manifestó su agrado por la franqueza de Frías, le concedió quinientos pesos, además del retiro, y le aseguró que en caso de necesidad acudiera no al gobernador, sino a Rosas.
Residió en Buenos Aires, dedicado al comercio, empero cuando la persecución de los partidarios de Rosas se hizo insostenible, en 1839 emigró a la Banda Oriental instalándose en Montevideo como muchos de sus contemporáneos que no compartían las ideas del Restaurador de las Leyes, don Juan Manuel de Rosas y que optaron por el camino del ostracismo.
En 1839, se incorporó al ejército de Lavalle. Fue uno de los oficiales del ejército correntino contra Rosas. Combatió en las batallas de San Cristóbal, Sauce y Quebracho Herrado. El general Lavalle lo nombró segundo jefe de la división del coronel José María Vilela, destinada a la campaña de Cuyo, con el grado de teniente coronel. En la derrota de Sancala, fue tomado prisionero y conducido a pie hasta Buenos Aires.
Un calabozo de un cuartel de Retiro lo alojó durante ocho meses. Luego de su liberación se fugó a Montevideo donde participó en las fuerzas de la defensa en el sitio de Montevideo, impuesto por el general Manuel Oribe.
Posteriormente se dirigió a Corrientes, para actuar bajo las órdenes del general José María Paz. Participó en la batalla de Vences, y tras la derrota huyó al Paraguay.
La noticia de la rendición de Oribe motivó su regreso a Uruguay. Posteriormente ofreció sus servicios al general Justo José de Urquiza, al pronunciarse el entrerriano contra Rosas. Fue parte del Grande Ejército Libertador que venció en la batalla de Caseros al gobernador de Buenos Aires. Apoyó la revolución del 11 de septiembre de 1852 y la defensa contra el sitio a Buenos Aires impuesta por los federales.
La próxima misión lo encontró como comandante de la Frontera Oeste con sede en Salto en 1855, realizando varias campañas al desierto a las órdenes del general Emilio Mitre. También bajo su mando, combatió en la batalla de Pavón el 17 de septiembre de 1861, lo que representa casi medio siglo de continuo servicio a las armas de la república. Por esta acción fue promovido al grado de general y regresó a su puesto en la frontera.
El guerrero sin reposo
El estallido de la guerra del Paraguay o de la Triple Alianza, lo encontró a Frías dispuesto a ser parte de la acción, pero no fue admitido por su avanzada edad, salvo en breves misiones de intendencia y administración. Después de la batalla de Tuyutí, fue ascendido a general de división.
El soldado, el patriota, el guerrero no podía admitir que se rechazara su presencia en el campo de batalla. En 1866 pasó a la lista de los Guerreros de la Independencia. En 1882 fue promovido a la alta jerarquía de teniente general en retiro.
En 1884 fue nombrado comandante de la Guarnición Militar de Buenos Aires, un cargo administrativo que cumplió con dignidad. Las agitadas jornadas que jalonaron la Revolución de 1890 lo encontraron en ese destino, aunque no tuvo participación directa.
Finalmente obtuvo su pase a retiro efectivo en diciembre de 1890. Había servido en el ejército desde 1812 hasta 1890, por casi ocho décadas.
Falleció en Buenos Aires el 16 de marzo de 1891. En las honras fúnebres, se le rindieron honores civiles y militares. En su sepelio pronunció un discurso de reconocimiento póstumo el presidente Carlos Pellegrini.
En el panteón salteño
Sus restos descansaron en el cementerio de la Recoleta durante setenta años, hasta 1963, cuando durante la intervención federal del ingeniero Pedro Félix Remy Solá, fueron trasladados al Panteón de las Glorias de Norte en la ciudad de Salta.
Al respecto el doctor Manuel del Campo, presidente del Centro Salteño de Residentes en Buenos Aires, expresó que "al cabo de setenta años, de su fallecimiento sus restos pasan a descansar definitivamente en suelo salteño", agregando que "los mismos estaban depositados en una urna construida con material bélico quitado al enemigo".
Hay hombres notables en nuestra Historia, que hacen lo que se debe, que responden a ideales nobles y lo sostienen como en este caso con la espada, que se posicionan del lado correcto, que demuestran valor a lo largo de una extensa vida, que no rechazan seguir trabajando a edades en que el resto se refugia en una mecedora en espera de la parca.
Y son por ello ejemplo de valentía, de rectitud, de honorabilidad, de disciplina. Son guardianes y defensores de la república a la que contribuyeron a emancipar y también llevaron su lucha por el espacio americano.
Y es que el teniente general Eustoquio Frías, encarnó todas las virtudes militares, pero también las cívicas, poniendo su brazo al servicio, primero de la emancipación, luego a desterrar la dictadura y por último en la defensa de la Nación.
Es menester rescatar a este salteño de extensa e impecable trayectoria, de firmes convicciones, de coherencia de ideas y de acendrado patriotismo. Su vida ejemplar es un faro que ilumina nuestro complejo presente.